.Isabel Ferragut Pallach “…ellos sabían que podían matar a mi hijo y no lo evitaron. Lo mataron y nada les importó haberlo hecho. Sólo dijeron: “Si nos quieren denunciar que nos denuncien porque a nosotros no da igual”. Palabras de los doctores Benjamín Guix Melcior y Enrique Rubio García.
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Avance: Capítulo: III. Contiene:
<<Escribir es otra forma de hacer justicia cuando la instituida falla estrepitosamente. La injusticia no puede quedar impune pero si esto sucede nunca hemos de permitir que quede en el silencio ni pase al olvido.>>
De los capítulos anteriores ....<<La separación de los seres queridos arrancados de nuestra vida por la distancia y sobre todo por la muerte, constituye uno de los mayores dramas sentimentales de mayor alcance y de más hondo raigambre en el corazón humano.>> He aquí el bello tema conmovedor y delicado de este libro. El autor no lo ha imaginado, no lo ha inventado, sino que lo ha vivido con toda su intensidad, lo que comunica en estas páginas es un gran acento de sinceridad, de auténtica emoción, y le confiere un gran valor humano y universal. Dolor de padres: La muerte del hijo, crueldad contra natura que el Destino descarga contra no pocos mortales, y que se lleva clavada en el corazón como un dardo que no puede arrancarse nunca, se agrava todavía cuando la carne de nuestra carne es tronchada en fresco, la vida que es continuidad de nuestro ser, cortada en esa edad florida en que el cuertpo semeja una flor lozana y fragante..., en que las risas suenan a música de fiesta en el hogar..., en que no extinguido todavía el encanto de la infancia, hay en los ojos ingenuo mirar y brota el estusiasmo al más leve soplo y la incipiente fantasia tiene siempre en ejcución un programa de gozo y por las rodasas mejillas corre ardorosa la sangre, y hay en los gráciles movimientos un canto a la alegría de vivir. 145 |
¡Cuántos proyectos no se habían levantado con el hijo arrancado temprano de la vida! En adelante, la mejor música semejará oírse a través de un disco gastado y roto, y los mejores manjares parecerán sazonados con salsa amarga. ¡El hijo que llenaba la casa, la madre que llenaba al hijo, el amor que llenaba el corazón!... La reacción instantánea del que se ve robado, desposeído de esos bienes por un enemigo cobarde y vil, es la de lanzarse impetuosamente contra el usurpador para despedazarlo. >>
En memoria de mi hijo Arturo: |
| ....Gracias, hijo mío, gracias por haber nacido. Gracias, por ser un buen hijo y habernos querido tanto. Gracias, por ser un buen nieto. Gracias, por ser un buen amigo. Gracias, por tu música. Gracias, por la rosa y el libro que cada año me regalabas el día de Sant Jordi. Gracias por todos tus regalos, ¡Y…, por tantas cosas más!… .....Pero, sobre todo, ....Gracias, por ser una buena persona: Una persona honesta, cariñosa, respetuosa y tolerante. ...¡Gracias! hijo mío. ¡Gracias, por todo! 147 |
.....Sintesis: Explicar en unas hojas de papel lo que se siente ante la muerte de un hijo, resulta muy difícil por no decir del todo imposible. .....¡La pérdida de un hijo!.....De aquel hijo tan esperado y tan querido ya antes de nacer y que un día llegó al hogar de unos padres ilusionados llenándolos de alegría, de gozo y felicidad. ¡La venida de un hijo!... ¡Qué gran joya! ¡El primer beso que le das en su frente tan tibia!… ¡Aquel contacto con su piel, la piel de un angelito!…¡Qué emoción más inolvidable! Una emoción tan grande que, afortunadamente, la mayoría de los padres podrán compartir con alegría durante toda su vida. Otros…, desgraciadamente, el Destino les tiene reservada esta crueldad contra natura como es la muerte del hijo tan querido. Y si es bien cierto que el recuerdo de su primer beso, como el de tantos otros les acompañarán durante toda su vida, la ausencia que produce la muerte de un hijo, se hará insoportable: Es el dardo, el puñal que se lleva clavado en el corazón y que no puede arrancarse nunca. ....Explicar esta dura experiencia, se hace imposible, porque por más que busques las palabras para poderla transmitir, nunca las encontrarás, al menos las que puedan reflejar la realidad con toda su crudeza. Es el sentimiento, el estado que nadie puede compartir por más solidario que uno sea, por más empatía que uno tenga. Para saberlo, para entenderlo, para sentirlo, se ha de pasar por el mismo trance y esto, no se lo puedes desear a nadie. ********** Para una madre, explicar cómo es su hijo siempre resulta fácil: su hijo es el más guapo, el más bueno, el más noble, el más inteligente, el más de todo. ¿Qué ha de decir una madre de su hijo? Después será verdad o serán imaginaciones suyas, y sólo podrán corroborarlo quienes conocieran al hijo. Entonces: ¿qué sentido tiene que la madre hable de su hijo si ya se sabe lo que va a decir? Todo y así, hay unos componentes que dejan bien claro como es una persona. Y, si ésta es bondadosa, honesta, cariñosa, solidaria…, queda a la vista de todos, y mi hijo, estos componentes los tenía a flor de piel. Es decir, así que le conocías ya veías como era, porqué era de una transparencia total. Y, en realidad, si bien todo esto poco importa en el caso que nos ocupa, que es su muerte, quiero dejarlo en el lugar que le corresponde debido a las atrocidades que han dicho de él, tanto los médicos que le mataron, los primeros, sus abogados, peritos de parte de los médicos, y lo que es aún peor, los jueces. Todo, para absolver a los culpables de un crimen execrable como el cometido contra mi hijo; a unos médicos, individuos peligrosos sociales como les han llamado muchos, y que tuvimos la gran desgracia de encontrarnos por el camino. |
En esta síntesis, puesto que el cómo era mi hijo (su vida hasta que le apareció la neurosis obsesiva, después su lucha contra la misma, y cómo llegó a lo que sería su trágico final) está explicado en el Segundo Capitulo de este nuevo libro y también en partes de esta página Web, sólo explicaré muy escuetamente que mi hijo fue un niño que nació sano y fuerte, y creció con salud y fortaleza; alegría, cariño y con muy buenos sentimientos que ya demostró desde muy pequeño, tanto hacia las personas como hacía los animales. Tanto era así, que cuando él creía que a un niño pequeño lo maltrataban o maltrataban a un animal, enseguida se le llenaban los ojos de lágrimas y quería ir a decirles a “aquellas personas” que no estaba bien lo que hacían, porque a los niños no se les maltrata, ni a los animalitos tampoco. Como que no había ningún maltrato, sólo que el niño era tozudo y la madre le reñía, y el perro no obedecía y le tiraban de la correa para que siguiera, pues a la gente le sorprendía que un niño tan pequeño se preocupara y sufriera por los demás. Más de uno me decía: “¡Señora, cuanto padecerá su hijo en la vida si no cambia!” Terminaban diciendo que, ¡era un niño encantador! .....Amante de la familia, amante de tener amigos, conservó a los amigos de la infancia… Amante de la Naturaleza y de las Bellas Artes en todas sus manifestaciones, auque destacaría la música, carrera que elegiría para dedicarse. Mi hijo era una persona extraordinaria que incluso hoy día quienes le conocieron, lo siguen encontrando a faltar. Y siguen sin comprender, ni su psiquiatra tampoco, porqué siendo como era Arturo, a él se le pudo desarrollar una neurosis obsesiva. Cuando mi hijo Arturo contaba diecinueve años, es cuando se le desarrolló la neurosis. Neurosis obsesiva que él mismo se diagnosticó, estando acertado en su diagnóstico. Dijo que utilizaría todos los medios a su alcance para solucionar los absurdos que le pasaban: lavado repetitivo de manos, un exagerado sentido de la perfección, necesidad de comprobarlo todo…, angustias que le hacían sufrir en demasía… En fin, una cantidad de cosas que, eso, le angustiaban y le hacían perder el tiempo que necesitaba para dedicar a sus estudios y llevar a cabo todos sus proyectos. Tenía que solucionarlo lo antes posible para que “no fuera a más”. Primero se puso en manos de un psicólogo que le aconsejaron unos amigos de la familia, y más tarde, de un psiquiatra: el único que ha tenido. Y, así, con su filosofía de que, “si una persona tiene un problema y una posible solución a manos es absurdo no aprovecharla”, y con su espíritu luchador y empeño, consiguió resolver su problema psicológico. .....Mi hijo, después de regresar de cumplir el Servicio Militar que finalizó con una hoja perfecta de servicio pasando a la reserva, se sometió a un tratamiento “novedoso” a base de “rayos gamma”, que le habían “vendido" como "el tratamiento del futuro", en la "prestigiosa"
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Clínica privada DEXEUS de Barcelona. .....Pero, mi hijo, en vista de que, aparentemente, el tratamiento de la DEXEUS no le había dado ningún resultado, sólo fue una pérdida de tiempo y dinero, como él mismo dijo, se puso en manos del doctor Juan Antonio Burzaco en Madrid, lo que había sido su primera intención, pero que, parte de la familia y amigos se lo habían sacado de la cabeza. Fue una mala decisión dejar correr lo del doctor Burzaco en aquel entonces. A los tres días de haber regresado de Madrid, de haberse puesto en manos del doctor Burzaco, mi hijo me dice: “Mamá, he probado todo lo que tenía que probar y ahora sólo depende de mí. He perdido demasiado el tiempo y ya es hora de recuperarlo. Mañana empiezo a trabajar contigo ininterrumpidamente. Puedes contar conmigo para todo lo que necesites. También he pensado que, como para dar conciertos ya es demasiado tarde, me sacaré el título de profesor de piano, y si te parece bien, combinaré el negocio con las clases de música”. Como que Arturo tocaba muy bien el piano, era la carrera que estudiaba y había elegido para dedicarse (avanzado en unas líneas más arriba y ampliado en el “Capitulo II”, le dije que terminara lo que le faltaba de carrera y se dedicara a dar conciertos que era lo suyo. Me contestó que ya lo pensaría, porqué lo que decidiera ahora ya tendría que ser lo definitivo. Nunca podremos saber si fue debido al tratamiento del doctor Burzaco, o como él dijo, “ahora sólo depende de mí”; tampoco podremos saber si las “manías” le hubieran vuelto o no, porque no nos dieron tiempo a saberlo, el caso es que mi hijo se puso muy bien: como si nunca hubiera tenido nada. Como decía siempre su psiquiatra: “Arturo es un caso muy especial”. ..Arturo, prácticamente, cogió las riendas del negocio, del cual por otra parte ya conocía desde jovencito y en el que trabajaba cuando su problema se lo permitía. Y así pasaron seis meses. Seis150 |
meses en los que Arturo no faltó ni un solo día al trabajo. .....Nuestra vida estaba llena de proyectos que se iban convirtiendo en realidad, y a pesar de la muerte de su padre, mi querido esposo, al que tanto encontrábamos a faltar, intentando superarlo de la mejor manera posible, conseguíamos momentos de felicidad. Pero un día…
Este Capítulo empieza en la mañana siguiente .....Una de las veces, mi hijo saliendo del despacho con semblante sonriente, me dice: “¿Qué te parece, madre, si hoy terminamos el día de fiesta? Te invito al teatro y a cenar a un restaurante que se que te gustará”. Le contesté que aceptaba encantada. Fuimos al teatro, a cenar y pasamos una velada extraordinaria. Hablamos de las vacaciones, de los locales que habíamos visitado para ver cual de ellos nos podría interesar más para ampliar el negocio, ya que en ello estábamos. Él me habló de sus proyectos personales, de su carrera de piano…, de su novia… ¡Hablamos de tantas cosas!... Ignorantes que el Destino o lo que fuera nos tenia reservada la peor de las jugadas. EL PRINCIPIO .....A la mañana siguiente de esta cena, de esta velada tan agradable, mi hijo se levantó para ir a trabajar como cada día a las siete de la mañana. Él me llevaba con el coche, y aunque yo también conducía prefería que lo llevara él. Pero esta mañana, vi como mi hijo al andar, arrastraba un poco los pies, le vi la boca un poco torcida y un ojo medio cerrado. Al verle de aquella manera le dije que tenía que ir a que le viera el médico sin falta. Él, que con toda seguridad no se estaba dando cuenta de lo que le pasaba, me contestó que, “ya iría otro día, porqué hoy tenia mucho trabajo en la tienda y no podía desatenderlo". Le insistí, pero era un poco tozudo y no podía llevarlo a rastras como si fuera un niño pequeño. |
.....Durante todo el día, las dependientas y yo estuvimos pendientes de él, y si bien parecía que aquellos síntomas iban despareciendo, él ya no iba con la rapidez que acostumbraba, ya no tenía la energía de siempre, parecía que se paraba de vez en cuando, como algo desorientado. Aunque yo insistía para que fuera al médico, él me repetía que ya iría otro día, que no me preocupara tanto. Y, así, pasaron tres días, y como que era tan fuerte y tenía tanto aguante, nadie podía llegar a imaginar lo que estaba pasando en su cabeza. .....Al tercer día de haber aparecido estos síntomas que como digo apenas se notaban, fuimos a comer invitados a casa de un matrimonio amigo. Si bien Arturo de carácter estaba como siempre, con un rostro alegre y con el buen humor también de siempre, incluso quiso ir a comprar unos pasteles y unas flores para los amigos (detallista como siempre), nuestros amigos ya lo vieron distinto. Les expliqué lo que estaba pasando. .....Ese día, al llevarse las primeras cucharadas de comida a la boca, vomitó. Entonces me puse “dura” y le dije que aquello ya no podía esperar más y que tenía que ir al médico sin demora. Nuestros amigos también le insistieron. Nos dijo que aquella misma tarde iría. Nosotros terminamos de comer deprisa para marcharnos también deprisa. Arturo me dejó en la tienda y se fue al médico. Aparentemente, tampoco parecía que le pudiera pasar nada grave. .....Cuando los abogados de los médicos que mataron a mi hijo, dicen que soy “una tía loca con un amor desmedido por su hijo”, creo que he sido más bien una madre despreocupada, porque lo normal, era que yo hubiera acompañado a mi hijo al médico, pero, es que, Arturo era tan fuerte, había estado siempre tan sano que estaba segura de que nada malo le podía pasar. .....Él me había dicho que iría a ver a la que había sido su psicóloga. En un momento determinado cambió el psicólogo por la psicóloga, porque era del mismo equipo de su psiquiatra. Le dije que no era la persona indicada, pero me respondió que, ella, quizás le adelantaría alguna cosa y que, como hacia tiempo que no la veía, así la saludaría y le llevaría el regalo que le debía. ¡Él, siempre con sus atenciones! La psicóloga, era una chica muy atenta y muy buena persona y que, además, desgraciadamente en esta ocasión, no tardaríamos en constatar que se comportaría como una auténtica amiga. .....Como he contado, Arturo me dejó en la tienda quedando yo convencida que después de dejarme se iba directamente a la psicóloga. Pero, al poco rato de haberse marchado, me llamó mi madre por teléfono muy preocupada para decirme que Arturo había hecho una cosa muy extraña. Me contó que primero había ido a nuestra casa y al no encontrarla, fue a buscarla al restaurante 152 |
donde estaba comiendo. Cuando a veces nosotros nos quedábamos a comer por los alrededores de la tienda para aligerar el trabajo, mi madre también iba a comer a este restaurante que era muy familiar. Me explicó que le había preguntado a Arturo si quería alguna cosa para comer y él le respondió que no, pero la dueña del restaurante, le dijo sin que él la oyera: “Su nieto ha pedido todos los platos expuestos en el mostrador y al parecer ahora no se acuerda”. Le dije a mi madre que estuviera tranquila, porque aquella misma tarde iba al médico y yo, ya le llamaría para ponerle al corriente. .....A los pocos minutos, me llama la doctora para decirme que había ido a verla Arturo, que estaba muy contenta de verle, que ya sabía que había resuelto su problema con éxito, pero que ahora tenía que decirme que estaba muy preocupada por como le veía. No sabía lo que le podía pasar, pero era urgente que le viera un neurólogo. Añadió, que ella conocía a uno muy bueno, además de ser muy buena persona, y que si queríamos le llamaría para que nos recibiera aquella misma tarde. Le dije que sí, ¡claro! También se ofreció para acompañarnos. .....Fui a buscar a Arturo para ir con la doctora a la consulta del neurólogo que ya estaba dispuesto a recibirnos. La doctora nos dijo que esperáramos un poco, porque estaba terminando de atender a un paciente; unos quince o veinte minutos. Arturo quiso aprovechar para ir a comprar un disco a una tienda que estaba enfrente mismo de la consulta, y como que nos quedaban todavía unos minutos, nos sentamos a tomar un refresco en un bar que también estaba allí mismo. El disco se le cayó de las manos un par de veces, el vaso también y si al principio se angustió, después no le dio importancia. También le vi mucho más desorientado. Por como le veía, ya tenía que haberme inquietado mucho, pero como también continuaba con una conversación tan animada!... La verdad, es que no se estaba dando cuenta de su situación, ni yo llegar a imaginar que fuera tan grave a pesar de lo que me había dicho su psicóloga. Pensé que podían ser exageraciones suyas, o es que yo no quería ver la realidad. Pero aquella situación iba empeorando a pasos agigantados. Después me pregunté, cómo Arturo había podido llegar solo a la consulta de la psicóloga. .....Fuimos a buscar a la dotora, y ya en el taxi, cerca de la consulta del neurólogo, Arturo no sabia dónde se encontraba y eso que nos encontrábamos cerca de unos de los colegios que había ido antes. Preguntaba dónde estábamos, que era lo que hacíamos por allí, si era que íbamos al cine o a dónde, ya no se acordaba de nada. |
Cuando llegamos a la consulta del doctor (Policlínica Tibidabo), al bajar del taxi, Arturo dio un traspiés, que de no haberlo cogido a tiempo, se habría caído al suelo. Ya no tenía estabilidad. Todo iba muy deprisa. .....El doctor, primero de todo, le hizo unas cuantas preguntas para ver como respondía. Arturo no supo contestar a ninguna o casi a ninguna. El doctor le enseñó el anillo de casado que llevaba en el dedo, la alianza, y le preguntó si sabía lo que era, pero tampoco supo que responder. Para ver si reaccionaba, le dije al doctor que le preguntara alguna cosa en inglés ya que lo hablaba muy bien; contestó algo pero no le dio importancia. Al final, el doctor le dijo que escribiera alguna cosa, aunque sólo fuera su nombre. Eso si lo entendió y al querer escribir, trazó una línea recta. Se quedó pensativo y exclamó para sí: “¡Qué extraño! ¡No puedo escribir!”. No dijo nada más. .....El doctor me hizo salir un momento de la consulta. Se quedó con mi hijo y la doctora. Al cabo de pocos minutos, me llama y me dice que no me preocupe, que ya creé saber lo que tiene mi hijo. Me dice que creé que se trata de un virus que se aloja en la parte, no la recuerdo bien, del cerebro que altera la parte motora y de la memoria, pero que esté tranquila, porque si era cierto que antiguamente éste era un virus que causaba graves problemas, hoy en día con los antibióticos de los que disponemos no revestía ningún peligro, que era aparatoso y nada más. El doctor me dice que ya le podría recetar, porque el tratamiento se puede seguir estando casa, pero que antes le gustaría hacerle unas pruebas para estar más seguro. Me dice que si quiero se las pueden hacer en el Hospital del Mar, que es el hospital donde él trabaja y si ingresaba aquella misma tarde ya podrían empezar a hacérselas y, así, a la mañana siguiente dispondría de ellas y podría recetar con la máxima seguridad. Como que el psiquiatra de Arturo también trabajaba en este mismo hospital, me pareció muy bien. Aunque le quería hacer las pruebas, yo ya estaba tranquila con lo que me había dicho del “virus”. .....Recordaré, que a partir del tratamiento del doctor Burzaco, Arturo ya no necesitó tratamiento psicológico. No obstante, quedó y siguió más que una buena amistad con su psiquiatra doctor Ros Montaban, al que llegó a apreciar mucho, como el doctor a él. Quedó una buena amistad en la familia. El doctor Ros, como he contado, fue su único psiquiatra, por tanto cuando me refiera al doctor Ros, lo haré como su psiquiatra. Bien: al salir de la consulta del doctor Carlos Oliveras Ley, que así se llamaba el neurólogo, la doctora acompañó a mi hijo al hospital entretanto yo iba a casa a buscar cuatro cosas para pasar la noche; poca cosa puesto que de una sola noche se trataba.
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.....En el Hospital de Mar me dan la trágica noticia: mí hijo se muere .....Cuando llegué al hospital, empezaban a quitarla la ropa a mi hijo para hacerle las pruebas. Estaba muy asustado. No entendía nada de lo que le estaba pasando, me miraba desconcertado y como interrogante, hasta creo que no me reconoció. Le intenté tranquilizar, pero cada vez estaba más asustado y desorientado. ¡Me daba mucha pena mi hijo!... No quería separarme de él, pero tenían que hacerle las pruebas. No se dejaba tocar, terminé riñéndole como si fuera un niño pequeño. Le dije: “¡Va, hombre! ¡Con lo valiente que tú eres y ahora hacer este papel!”. Pero él, ¡pobre! ya no entendía nada, se encontraba del todo perdido. Tuve que dejarlo. Me quedé en la sala de espera del hospital toda la noche. .La psicóloga, doctora Hernández, se quedó un buen rato con él, lo que le agradeceré mientras viva, después tuvo que marcharse. .....Durante toda la noche nadie me dijo nada, pero yo estaba tranquila con lo del “virus”. Además, nadie enferma así, de la “noche a la mañana”, y mi hijo estaba muy sano, nunca había estado enfermo. ¡Mi hijo estaba muy sano! .....Sobre las ocho de la mañana, viene mi cuñada, la mujer de mi hermano. Mi madre les había dicho que estábamos en el hospital. Le digo que estaba esperando al doctor, que me daría la medicación, recogería a Arturo y ya nos iríamos para casa. También le digo que no hacia falta que dijera nada a mi hermano que estaba esperando nuestra llamada para saber lo que tenia que hacer. .....Hacia las ocho y media me llaman por el megáfono. Vamos decididas a la consulta del doctor Oliveras. Me daría la medicación, recogería a Arturo y para casa, como le había dicho a mi cuñada, pero… Pero, inesperadamente, recibo el golpe más duro y terrible que se le puede dar a una madre. El rostro del doctor Olivera denotaba preocupación, pero sobre todo, una gran tristeza. El doctor, con voz grave y con la cabeza baja, me dice que me tiene que dar una muy mala noticia. De momento no le entendí con aquello de “la muy mala noticia”, si mi hijo estaba tan sano. Le pregunté por el virus. Me contestó que ojalá hubiera estado acertado pero que no lo estuvo, y que lamentaba mucho tener que darme aquella mala noticia, me tenía que decir que mi hijo estaba muy mal, muy mal, repetía. Yo, incrédula y con aquella media sonrisa de, eso, de incredulidad y de pensar “este hombre no sabe lo que está diciendo”, le dije: “Bueno, muy mal, muy mal, pero algo se podrá hacer. Mi hijo es una persona que está muy sana, si hoy, exactamente, hace cuatro días que me invitó al teatro y a cenar, pasamos una noche estupenda y estaba tan bien, le ha pasado esto de ahora, pero”… Me iba escuchando y diciendo que no, con la cabeza baja. Yo, ya muy nerviosa, le pregunte: “¿No me dirá usted que mi hijo se está muriendo?, con la seguridad de que me diría: "¡No, mujer!", pero me dijo que sí, con la cabeza baja. Sin poder entender nada de lo que estaba pasando, el mundo se hundió bajo mis pies. |
Mi cuñada, incrédula, le preguntó, si no se estarían equivocando, le respondió con toda seguridad, que, no! .....Pregunté al doctor, que era lo que tenía mi hijo para no habernos dado cuenta y no poder hacer nada para salvarle la vida. Me contestó que, en un principio se creían que podría tratase de un tumor cerebral, en la gente joven cuando da señales, a veces, ya es demasiado tarde. Podría ser el caso de mi hijo. Pero tenían que seguir haciéndole pruebas para poder determinar con exactitud de que se trataba, auque, sentenció: sea lo que sea, es irreversible. .....No le conté al doctor nada de la neurosis que había padecido ni de los tratamientos a los que se había sometido, porque aparte de que esto ya estaba olvidado, no tenía nada que ver con lo que ahora le estaba pasando. Al menos esto era lo que creíamos, aunque no tardaríamos en saber que estábamos muy equivocados. .....Hay quien cree que fueron muy duros al darme la trágica noticia de aquella manera, pero la situación era demasiado grave para que fueran con engaños. Tenia que estar preparada. No querían que les reprochara el haberme engañado en una situación de gravedad tan extrema.
Mi hijo quedó ingresado en .....Mi pobre hijo se moría!... Qué injusticia y crueldad tan grande era lo que le estaba pasando a mi querido hijo! Cómo podríamos soportar su pérdida? Y, su abuela? Pobre mujer! Pobre madre mía! Cómo lo podría resistir? Y, él? Todos los esfuerzos que hizo para resolver su neurosis, toda su lucha, sus ilusiones, sus esperanzas, todos sus proyectos, su juventud, su vida!…Todo perdido así de repente, sin dar tiempo a nada! Me preguntaba: pero que era lo que estaba matando a mi hijo? Me preguntaba: pero quien había decidido que mi hijo tenía que morir siendo tan joven y además sin poder hacer nada para evitarlo? Nada, para poderle ayudar?... Sentí un frío y una soledad indescriptibles! .....Después de que el doctor Oliveras me diera la fatal noticia, me fui a estar junto a mi hijo. Lo miraba y parecía que estaba profundamente dormido. El día anterior todavía habíamos tomado un refresco en aquel bar… Hacía cuatro días que estábamos disfrutando de la obra de teatro, de la cena, hablando de las vacaciones, de los locales que habíamos visitado, pateándonos todas las 156 |
calles de Barcelona... ¡Tantos proyectos como teníamos en común!… Y, él, ¡sus proyectos!…Y, ahora!… ¡Ahora!… .....Le aplicaron un fuerte tratamiento, pero hicieran lo que hicieran nada iba a servir para nada, tal era el estado en que se encontraba mi hijo. Los médicos me dijeron que aquel tratamiento era una “arma de doble filo” en un caso como el de mi hijo que no tenía salida, pero…¿qué podíamos hacer? .Era muy duro decir: “como no tiene solución, que se muera”… Pasaban los días. No me movía de su lado ni de día ni de noche. Su abuela venia cada día a estar un ratito con él, acariciándole, hablándole, explicándole las cosas que harían cuando estuviera bien; no se si en aquellos momentos él la podrá oír, yo creía que no, pero su abuela creía que si la escucha… .....Mi madre, pobre abuela, no quería aceptar de ninguna de las maneras que su querido nieto fuera a morir. Cada día llevaba flores a la Virgen del Mar que estaba en una capillita que, por aquel entonces, se encontraba en el jardín del hospital. Le pedía que cuidara a su querido “fillet” (hijito), como ella le decía. Quiero recordar que mi madre vivía con nosotros, fue como una segunda madre para mi hijo. Abuela y nieto se adoraban. El tiempo pasaba lento y angustiante; tiempo de dolor, de miedos… Oía como en voz baja el personal sanitario decía: “Este pobre chico se muere. ¡Que pena da!”. Lo cierto es que empezó a tener unos vómitos que parecía que se estaba deshaciendo por dentro…Todo y así, para sorpresa de todos, mi hijo no murió cuando todos creían, pero lo cierto es que si yo hubiera sabido lo que resistiría y el calvario que le aguardaba para morir igualmente, no hubiera permitido que le hubieran puesto nada y lo hubiera dejado morir entonces por más terribles que puedan resultar mis palabras. Sentimiento que creo comparten conmigo más de uno de los médicos que trataron a mi hijo en aquel camino cruel e infernal hacia la muerte. En aquel camino sin posibilidad de retorno.
Resistencia frente a la muerte |
Cuando los médicos supieron con toda seguridad el resultado del diagnóstico, me dijeron que ya sabían el porqué se moría mi hijo. Y, seguidamente me preguntaron en que lugar lo habían irradiado. Me quedé sorprendida y de momento parada, pensando… Insistieron: “¿Dónde irradiaron a su hijo? En algún lugar tuvo que ir a que lo irradiaran porque lo que tiene su hijo es un exceso de radiación”. .....Me vino a la cabeza el tratamiento del doctor Burzaco, pero cuando empecé a contarles, me cortaron diciendo que lo del doctor Burzaco, que sabían que utilizaba la técnica de la radiofrecuencia, no tenía nada que ver con lo de mi hijo. Me explicaron que la radiofrecuencia le podía haber dado resultado o no para su problema, pero que no le podía causar ningún daño porqué era una técnica inofensiva, no invasiva como la radiación. Volvieron a insistir: “¿En qué lugar fue su hijo a que lo irradiaran? ¿En algún lugar tuvo que ir?”. Entonces me vino a la cabeza lo que ya estaba olvidado del todo: el tratamiento que hacía quince meses le habían aplicado en la Clínica DEXEUS. Pero insistí en que aquello no podía ser, porqué nos habían asegurado que no podía correr ningún riesgo. Si precisamente fuimos a aquella clínica por la seguridad que nos dieron, por su prestigio… Además, ¿qué sentido tendría ir pagando a una clínica privada para correr riesgo cuando los teníamos sin pagar en el Hospital del Valle de Hebrón puesto que nos lo cubría la Seguridad Social? Si precisamente desechamos el tratamiento que nos ofrecieron en un principio en este hospital por los riesgos que comportaba. Los médicos del Mar, siguieron preguntando; ¿Qué tipo de radiación le aplicaron? Contesté, “rayos gamma”, lo que nos habían dicho. Cuando les conté cómo llegamos a esta clínica, a través del Hospital del Valle de Hebrón y de manos del doctor Pera Nogués, amigo de un amigo mío, y todo lo que había sucedido (explicado en el Segundo Capítulo de este libro), me preguntaron que, cómo después de lo todo lo que les contaba seguimos confiando en aquella “gente”. Les dije que “ellos” eran los médicos y nosotros confiábamos en los médicos y que no podíamos imaginar de ninguna de las maneras que el doctor Nogués, que sabía que mi hijo no iba a aceptar ni el más mínimo de los riesgos, nos vendiera “otro tratamiento", esta vez, "con gran alegría por su parte", con riesgo de muerte más grave todavía que el primero que nos había ofrecido. Como decía mi hijo: “Yo vengo a curar una neurosis obsesiva y no a buscar lo que no tengo”. .....Me confirmaron, sin dudarlo, que mi hijo moría debido a un exceso de radiación. Uno de los médicos del grupo comentó: “Este pobre chico está más que muerto”. Otro, bajando por el ascensor del hospital, me dijo: “Le han dicho que le aplicaron “rayos gamma” que son tan peligrosos, pero aún y así vaya usted a saber lo que le han puesto a su hijo esta gente. 158 |
.....El exceso de radiación suele aparece a los quince meses después de su aplicación según los estudios médico-científicos realizados, tal y como sucedió con mi hijo. Aunque en algunos casos tarda más, pero los quince meses es lo más corriente, cuando la radiación está mal aplicada. El exceso de radiación queda silencioso en el cerebro como una bomba mortal de relojería que cuando ya nadie se acuerda de ella hace su aparición de forma destructiva y mortal. .....Como declaró el doctor Burzaco, en calidad de testigo, en una de las vistas orales del juicio: “las radiaciones aplicadas a Arturo Navarra Ferragut, son lo mismo que en Chernóbil: unos murieron enseguida, otros al cabo de unos meses y otros al cabo de unos años”. .....Siempre que se habla de exceso de radiación, va ligado a tumores cancerosos, porque por temas de neurosis no se aplican las radiaciónes ionizantes. En el caso de mi hijo, ha quedado demostrado que fue víctima de uno de los engaños más brutales, de una de las estafas más brutales, y de uno de los experimentos más brutales que se hayan cometido nunca en la medicina de nuestro país.
.....Me puse en contacto con mi abogado para que hiciera la gestión. Mi abogado me dijo que antes de hacer la solicitud al juzgado, primero intentaría hablar con el doctor Rubio, pero en vista que no le cogía el teléfono, me dijo que haría una última gestión: hablar con los de la Clínica DEXEUS, que al fin y al cabo era donde irradiaron a Arturo. Al doctor Rubio se le intentaba localizar en el Hospital del Valle de Hebrón, porqué era su lugar fijo de trabajo. |
.....Me pareció bien lo que me decía mi abogado, pero a la hora que le dicen de hablar con el doctor Guix, ya que tenía que hablar con él como Jefe de Radioterapia que era, mi abogado tenia un juicio fuera de Barcelona y me preguntó, si no me importaba hacer yo la llamada. Como que creía que el doctor Guix no tenía nada que ver con el drama que estaba viviendo mi hijo, le dije que no me importaba.
Conversación telefónica con el doctor Guix .....La centralita de la clínica, me pasa con el despacho del doctor Guix. Él mismo coge el teléfono. Le digo quién soy, recalcándole que soy la madre de Arturo Navarra. Le pregunto si se acuerda de nosotros. Se dio prisa en decirme que sí con una voz que apenas se le oía. Le pregunté si sabía lo que estaba pasando con mi hijo. Me dijo que sí y que lo sentía. Me dijo que se trataba de hacer una pequeña lesión… Le corté diciéndole que ahora no me interesaba saber de lo que se trataba, porque de lo que no se trataba era de matarlo que era lo que habían hecho. Sin intuir que él estaba implicado en el hecho, le dije: “Y di al doctor Rubio que si mi hijo se muere, tengo muy claro lo que voy a hacer”. En mi subconsciente me negaba a creer que no hubiera ninguna esperanza para mi hijo. .....El doctor Guix, me repetía que lo sentía y que lo entendía, dejándome creer en todo momento que el único culpable de la grave situación que padecía mi hijo, era el doctor Rubio, cuando en realidad, como después supimos, era él quien había aplicado la radiación. Un gran cínico y cobarde este doctor Guix, quien se había presentado ante mi hijo, como un buen amigo que le ayudaría a superar su problema: “¡Háztelo, Arturo, háztelo, no te arrepentirás!”... .....Le reclamé el informe que el doctor Rubio no nos quería entregar, diciéndole que, aunque poco o nada de valor podría tener porque después de haber pasado tanto tiempo podían poner lo que les diera la gana, que lo quería. Le dije que si no lo entregaba con urgencia, lo solicitaría por vía judicial. Al día siguiente de esta llamada, la doctora Hernández recibía el informe. Informe que confirmaba que el cerebro de Arturo había sido irradiado durante dos horas y veinte minutos. Dos horas y veinte minutos con intensidad letal sobre un cerebro físicamente sano. ¡Una salvajada!, como han repetido tantos. .....Como que nada más vimos al doctor Rubio en la clínica, fue él quien se llevó a mi hijo a la sala de Radioterapia, como que el doctor Guix me dejó creer que quien irradió a Arturo fue el doctor Rubio y como que el informe iba firmado sólo por el doctor Rubio, pues la querella fue sólo en contra del doctor Rubio. Más tarde, como ya queda explicado en el capítulo IV de este libro, la ampliaría el Ministerio Fiscal. Además del doctor Rubio, quedaron implicados el doctor Guix y la Clínica DEXEUS, ésta como 160 |
responsable civil subsidiaria. .....Los médicos del Hospital del Mar, también me pidieron el informe del doctor Burzaco. Éste lo tenía pero con los nervios no lo encontraba. Lo tuve que pedir. A diferencia del doctor Rubio, el doctor Burzaco lo envió urgentemente a través de la “Empresa Seur”. .....Cuando los médicos del Hospital del Mar me confirmaron lo que tenía mi hijo, me puse en contacto rápidamente con el doctor Burzaco para contarle. Se puso al teléfono su secretaria, una chica muy maja que ya nos conocía. Me dijo que trasladara a Arturo a Madrid, que yo sabia que el doctor Burzaco era el mejor en estos temas, aunque, añadió, “¡si se trata de un exceso de radiación!”… Le agradecí el ofrecimiento, pero le dijo que no podía trasladarlo porqué se me podría morir por el camino. El doctor Burzaco, todo y sabiendo que no había ninguna solución para mi hijo, se puso al servicio de los médicos del Hospital del Mar para ayudarles en todo lo que hiciera falta. Un caballero, como dijeron los médicos del Mar. Y una actitud que siempre agradeceré.
.....Arturo iba resistiendo sin que nadie pudiera . Todavía tengo presente su rostro cuando le dije, “creo que mi hijo se está muriendo”. Me miró y con una profunda tristeza me dijo: “es que su hijo se muere”, como queriendo decir, ¿es que todavía no se ha dado usted cuenta? Sabía que el doctor lo decía con una pena muy grande, pero aquellas confirmaciones!... Yo no quería de ninguna de las menras que me engañaran, pero... 161 |
El psiquiatra de mi hijo, doctor Ros, que se encontraba fuera de Barcelona cuando empezó todo, cuando regresó y le contaron lo que estaba pasando, no se lo podía creer, se hundió. Vino rápidamente al hospital, y yo al verle, autoinculpándome, le dije: “¡Maldita ignorancia! ¡Maldita! ¿Cómo pudimos caer en una cosa así? ¿Cómo? ¡Pobre Arturo, tanto luchar, tanto confiar en los adelantos de la ciencia para terminar así! ¡Qué gran desgracia! ¡Qué injusticia tan grande!”... Todos los médicos me dijeron que no me culpara de nada, porque nadie podía imaginar que aquella “gente” hiciera una cosa así. Pero después, siempre después, salieron muchas voces, mucha gente que sí sabía quienes eran aquel par de individuos, malas y peligrosas personas. Mi hijo, para su desgracia, no murió cuando todos esperaban; era joven y fuerte, y aunque su muerte era inevitable, él no quería morir. Pasados unos días de su ingreso, en los cuales como ya he contado, oía el personal sanitario decir, “este pobre chico se muere. ¡Qué pena da!”, mi hijo, abrió los ojos, me miró, y creo que me sonrió. No se si en este momento me reconocería, creo que no! .....¡Qué pena tan grande me daba mi hijo!: la boca torcida, un ojo casi cerrado, su sonrisa era más bien una mueca extraña…, quería hablar y no podía…Yo procuraba estar serena, pero para mis adentros, decía: ¡Dios, mío! ¡Dios, mío! ¡Qué han hecho contigo! ¡Que han hecho contigo este par de asesinos sin alma!... Fueron pasando los días con la gran angustia de no saber cuando se podría producir el desenlace fatal. El medicamento que de momento le mantenía con vida, podía dejar de surtirle efecto en el momento menos pensado o acabar con él del todo. Pero, él, aguantaba y aguantaba… y, nosotros sin un vivir!… Es muy duro ver a una persona que se aferra a la vida desesperadamente, y más si esta persona es tu hijo, sabiendo que no tiene salvación. ¡Esto es muy cruel! Un día, haciendo un gran esfuerzo, mi hijo consiguió pronunciar unas palabras acompañadas de gestos. Palabras sin sentido, incoherentes, pero pudo pronunciarlas. Pedía cosas, no sabía el qué, tuve que aprender a descifrar aquellos gestos, aquellas palabras. Él, no dejaba de mirarme 162 |
con una mirada llena de tristeza, pero también, como…, no se, como si estuviera en un mundo desconocido para él. ¡Qué tristeza más amarga me daba mi hijo! A veces me preguntaba, si en realidad me reconocía. En aquellos primeros episodios, no lo pude saber. Explicaré tan sólo un ejemplo para ilustrar un poco la forma de expresión o la manera que tenía mi hijo para intentar que le entendieras: Al principio, sólo le entendía yo, después fueron entendiéndole los médicos, enfermeras, su abuela… Poco a poco, todos. Después empezó a hablar con más claridad, pero decía tantos disparates que nos hacia reír sin ganas, y él, que, aún con la cabeza tan perdida no había perdido su sentido del humor, cuando se daba cuenta de los disparates que decía, se reía de sí mismo. Su rostro que no parecía el de Arturo por lo desfigurado que estaba, nunca perdió su encanto ni su dulzura. Los médicos y el personal del hospital que tuvo trato con él, le llegaron a apreciar mucho, enseguida se dieron cuenta de que era una persona muy noble, muy bondadosa. Mi hijo Arturo era una excelente persona y un hijo extraordinario! Y mi hijo iba resistiendo, con muchos esfuerzos, sintiendo mucho dolor, con muchos sufrimientos…Prestándose a todas las pruebas que le iban realizando, que, en realidad, ni sabia el porqué se las hacían ni el porqué se encontraba en el hospital. La situación de mi hijo era muy dramática, muy triste. Recordaré que mi hijo había sido una persona muy fuerte, muy inteligente y que siempre había dicho que, "antes de ser un deficiente mental o un tullido que tuviera que depender de los demás, preferiría estar muerto", y, ¡ahora!... Y, fueron pasando los días…Días de vigilancia extrema, de vigilia, esperando…, siempre esperando... Visitas de familiares y amigos que salían de la habitación sin poder contener las lágrimas o los sollozos preguntándose, que era lo que habían hecho con Arturo… Arturo, recibía visitas de los propios enfermos que se hallaban en la misma planta, de sus familiares, también de algún que otro médico de otras clinicas y hospitales que cuando se enteraron del caso de Arturo, quisieron venir a conocerle. Todas las personas, sin excepción, decían lo mismo: "¡Si esto se lo hacen a un hijo mío, los mato!". Otros: "¡Estos hijos de puta ya no estarian en este mundo!". Tal era la indignación que despertaba el horror que habían cometido con mi hijo.
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También vino a verle su amigo médico, que padecía, o había padecido, una neurosis como la que había padecido Arturo. Recuerdo que Arturo me contaba que su amigo le decía, “que no se dejara hacer cosas extrañas que te dicen que son una cosa y después resulta que no es nada de lo que te han dicho y pasa lo que pasa”. Había terminado la carrera, era un chico alto, muy bien plantado, elegante… Recuerdo que cuando vino a saludarme me dijo: “Ve, señora Isabel. ¡Si Arturo me hubiera hecho caso!... Él no tenía porque meterse en todo ese mundo. Él tenía capacidad para poder salir sólo de su problema”. Creo que podía tener toda la razón, los amigos se conocen bien, pero ya era, desgraciadamente, demasiado tarde.
Cómo y porqué salió mi hijo la primera vez Según me explicaron los médicos, el corticoide Dexametasona, intentaba frenar la expansión del edema producido por la radiación, y de esta forma proteger las células sanas que todavía le quedaban. Para que mejor se entienda, era como si el corticoide hiciera de muralla protectora, pero el daño era tan grande, que para contenerlo la cantidad de corticoide que se debía suministrar era tal, además de continuado, que éste también podía causar su propio daño; un daño muy grave. Por eso los médicos me decían que en el caso de mi hijo, el corticoide Dexametasona era un "arma de doble filo". 164 |
Un día, los médicos me comunicaron que ya no podían seguir manteniendo a mi hijo en aquellas condiciones porque era muy peligroso. Querían decir, seguir suministrando el corticoide a través del suero. Aquello de “muy peligroso” no lo entendí demasiado bien porque, si le retiraban el suero, con la medicación iba a morir... ¿Qué más peligroso que esto podía ser?... Me dijeron que probarían de suministrarle el corticoide por vía bucal, es decir, con pastillas. Si lo asimilaba, podría vivir un poco más, si no, ya no podían hacer nada más por él. Y, Arturo con su fortaleza que parecía de otro mundo, asimiló la nueva forma de medicación, y sin saber lo que sería de él el mañana de cada día, seguía viviendo. Mal, ¡pero viviendo! Y llegó un día en que los médicos me propusieron que si yo me veía con fuerzas de llevarme a mi hijo a casa, ya podía hacerlo. Ellos ya no podían hacer más de lo que hacían y sólo cabía esperar. Habían pensado que, como Arturo aún estando tan mal, cuando la demencia le procuraba aquellos momentos de lucidez, no había perdido la ilusión por las cosas, estaría mejor en su casa, en su propio ambiente, con todas sus pertenencias, sus posibles recuerdos, que no en la fría habitación de un hospital. Esto si yo me veía con ánimos. Recuerdo que mi hijo, en medio de su falta de memoria, del caos que era su cabeza, a veces, le venían recuerdos, y entonces les hablaba de música…, de los viajes que había hecho…, de hechos que recordaba… Eso sí, todo tan revuelto, que yo tenía que ir aclarando los conceptos porque sino, no se entendía nada de nada. A él le pasaba lo mismo que a los abuelos que padecen demencia senil: ahora se acordaba de hechos pasados y de los presentes no, ahora mezclaba unos con otros, ahora se inventaba cosas que no eran reales, que no habían sucedido pero él creía que sí eran reales, que sí habían sucedido… Su cabeza era una mezcla de hechos que no podía precisar en el tiempo, pero que cuando se daba cuenta, le hacia padecer mucho. Pero… ¡Pobre hijo mío!, todo y con tanto mal como tenía, todavía ilusionado…Aunque, a veces, su mirada me angustiaba: una mirada tan llena de tristeza, de interrogantes… Parecía que su mirada me preguntaba lo que tantas veces me preguntaría a lo largo de los años, impensables, como viviría: “Madre, ¿qué me pasa? ¿Por qué estoy así? No me decís nada con claridad, me tratáis como si fuera un tonto, y tú sabes, madre, que no lo soy”. Qué difícil me resultaba ver a mi hijo en aquella situación, no poderle decir la verdad, él, que como he repetido tantas veces, decía que antes de ser un deficiente mental o un tullido que tuviera que depender de los demás preferiría morir, y 165 |
ahora, ni siquiera le habían dejado un lugar entre los discapacitados, entre los enfermos mentales, en su caso, no le habían dejado un lugar en ninguna parte. Como que tan sólo se trataba de administrarle el corticoide Dexametasona y algunos medicamentos complementarios más, muerta de miedo, de una angustia indescriptible por lo que le pudiera pasar a mi hijo, dije que sí: que me lo llevaba a casa. Es importante tener en cuenta, que si yo no me hubiera visto con ánimo de llevarme a mi hijo a casa, él hubiera vivido en el hospital hasta su muerte, porqué, en aquellos momentos nadie podía llegar a imaginar que pudiera vivir tanto cuando en realidad ¡pobre hijo mío! tenia que estar muerto. Quizá me lo hubiera podido llevar a casa los fines de semana, o a dar un paseo entresemana los días que estuviera más fuerte, pero el hubiera vivido en el hospital. Y aunque después llegara a hacer cosas impensables en una persona en su estado, esto nadie lo sabía. Nadie podía llegar a imaginar que mi hijo fuera una persona tan fuera de lo corriente, con una naturaleza y fuerza de voluntad tan excepcional. De todas formas, si después contamos las veces que estuvo en casa y las veces que tuvo que estar ingresado, estuvo más tiempo en el hospital que en casa. Desgraciadamente, el Hospital del Mar, se convirtió en nuestro segundo hogar, porque, aunque los médicos ya no podían hacer nada por él, a mi me resultaba muy difícil aceptar que ya se terminaba todo y así, sin esperanzas, volvía y volvía a ingresarlo, sin darme cuenta de que le estaba alargando una vida que ya no le pertenecía: una vida de sufrimientos inútiles... También tengo que decir que nuestra casa se convirtió en un “anexo” del Hospital del Mar, como se verá a través de mi relato. Hecho que por más extraño que parezca a los jueces que han juzgado el caso, nada de todo esto les ha importado para nada. ¡Quizás si se hubiera tratado de sus propios hijos, hubiera sido muy distinto!... A mi hijo, “ellos”, los malditos que le condenaron a muerte, le convirtieron en un ser inválido, lleno de sufrimientos y con una demencia senil que a veces llegaba a cotas de un dramatismo aterrador. Me lo llevé a casa padeciendo fuertes paralizaciones, diabetes, cuando él nunca había sido diabético; con el cuerpo llenos de tejidos rotos que le producían un gran dolor, su musculatura antes tan fuerte, quiero recordar que había sido un buen deportista, ahora la tenía totalmente debilitada, a veces sin ayuda no podía mantenerse en pie. Se le tenía que medicar, lavar, limpiar de sus necesidades más íntimos lo que cuando se daba cuenta le hacia padecer mucho; no podía hacer nada por sí solo… La demencia senil le jugaba tan terribles pasadas como quedarse sentado 166 |
en la silla de ruedas y con la cabeza caída hacia delante, se iba enrrollando la camiseta mientras le caía la baba… Aunque después se recuperaba, era una visión desgarradora y que me hacia decir aquella frase tan repetida contra los médicos Guix y Rubio de: “¡Os mataré! ¡Os matare! ¡Hijos de puta!”. En estas condiciones me llevé a mi hijo a casa, y en estas condiciones, el Juez José Maria Assalit Vives, tiene el cinismo y la pocavergüenza de decir, en su sentencia absolutoria que, “con la Dexametasona mi hijo experimentaba tan gran mejoría que podía dejar el centro médico y hacer una vida “prácticamente” normal”. Mayor burla y provocación por parte de un juez parece imposible de superar, pero, sí: ha habido otros, incluso peores que él; al fin y al cabo, él tuvo la digamos “honradez” de reconocer el daño que le habían causado a mi hijo, los médicos Benjamín Guix Melchor y Enrique Rubio García. Aún, que después!…
Llega el día de llevarme a mi hijo a nuestra casa Cuando la ambulancia nos dejó en el portal de casa, los porteros de la finca, un matrimonio, muy buenas personas que ya hacía años que los teníamos y unos vecinos que se encontraban en el vestíbulo, saludaron a mi hijo con grandes muestras de afecto, haciéndole saber lo contentos que estaban por tenerlo otra vez en casa. Arturo respondió a aquellas muestras de afecto con mucho cariño, pero la realidad, es que en aquellos momentos no reconocía a nadie de los que allí estaban, aunque él disimuló para no herir los sentimientos de aquellas "buenas personas" que le 167 |
recibían con tantas muestras de afecto”. Esta forma de hacer era una cosa muy suya; no herir nunca los sentimientos de los demás. Por más perdida que Arturo tuviera la cabeza, este sentimiento, siempre lo tuvo intacto. Cuando Arturo entró en la vivienda, tampoco la reconoció; creía que se encontraba en otra dependencia del hospital. Lo llevamos directamente a su habitación, estaba totalmente agotado. Seguidamente, preguntó por sus enfermeras y sus médicos… Poquito a poquito, digamos que Arturo fue recuperado la “memoria”, aquella memoria que le hacia aquellas cosas tan extrañas…, el sentido de la orientación!… Cuando tuvo fuerzas para levantarse, le acompañamos a dar una vuelta por la casa, era un piso bastante grande…, lo llevamos a la terraza que estaba llena de flores y plantas, a él le gustaban mucho las flores y las plantas; recuerdo que, él, prefería regalar flores plantadas que no cortadas, ¡cosas de él!… Se paró delante del piano pensativo, abrió la tapa e intentó tocar un poco pero las manos no se le sostenían. Más adelante podría tocar un poco. Se paró delante de la mesa del despacho de su padre, donde le había dejado su correspondencia. Aunque en su habitación también tenía una mesita de despacho, la correspondencia se la había dejado en la de su padre. La miró: cartas de amigos, invitaciones a fiestas, a conciertos, programas de estudios… Dijo que ya la leería otro día, porque, “¡hoy no puedo!”… Y, así fueron pasando los días, siempre expectantes, siempre esperando a ver que sería lo que nos podría suceder al día siguiente o incluso en el instante siguiente. Era vivir en una angustia constante. Y siempre esperando a ver que era lo que estaba haciendo aquel extraño medicamento en el cerebro de mi hijo. Medicamento que nos tenía en vilo. ¡Grandes contrasentidos de la medicina!… Pero a mi hijo, se le sumo otro sufrimiento añadido, y fue que, al recuperar su “memoria”, su “conciencia”, darse cuenta de su terrible realidad sin poder comprender el porqué de la misma. No de la causa, ésta no la supo nunca. Aquellas, digamos “mejoras” que le dejaban estabilizado, rebajándole el “medicamento”, que se veían obligados a rebajarlo por el daño que le causaba, se acababan e iba directamente hacia la muerte. Una situación difícil, dramática y desesperante a más no poder. Pero como yo me resistía a aceptar lo que había, llamaba inmediatamente al doctor Oliveras, que ¡el pobre! venia lo más rápidamente que le era posible, y, con toda la pena del alma, le volvía a subir la dosis que “milagrosamente” hacía que pudiera remontarse del momento inminente de lo que podría ser su final, y vuelta a empezar. Otras veces, directamente llamaba a una ambulancia y lo ingresaba en el hopsital. Pero lo mismo que la Dexametasona le "rescataba" momentaneamente de la muerte, 168 |
también le estaba matando. ¿¡Qué hacer!? ¿¡Que hacer!? Recuerdo que un día, el doctor Oliveras se encontró con el doctor Ros en casa: los dos habían venido a visitar a Arturo. Nos sentamos en la terraza que era bastante grande en un lugar apartado de la habitación de Arturo para que no nos pudiera oír ya que la habitación daba también a la terraza. Era verano y se estaba bien. Arturo, así que podía se levantaba sosteniéndose con lo que tenía a mano, a escuchar. Él, quería saber!... Teníamos que estar vigilantes... El doctor Oliveras me dijo que, aunque nadie podía vivir mucho tiempo con lo que tenía Arturo en la cabeza, con él, habían cogido esperanzas. En su caso, viendo que era tan fuerte y resistía tanto, creyeron que quizás, por su naturleza, la radiación se detendría y no moriría, y aunque limitado, podría vivir, pero al ver como reaccionaba cuando le rebajaban el corticoide Dexametasona, ya vieron que no había nada que hacer. No me lo habían dicho antes para no hacerme coger esperanzas que luego resultaran fallidas, como así resultaron. En una ocasión, había hablado con el psiquiatra de Arturo, doctor Ros, sobre la intención, o más bien la necesidad que tenia de visitar al mejor, o a uno de los mejores especialistas del mundo en temas de radiación. Queria saber, por mí misma, si podía existía algo nuevo para mi hijo que no supieran los médicos del Mar. No obstante, no queria de ninguna de las maneras que se sintieran ofendidos pensando que no les tenía la suficiente confianza, cosa que no me hubiera perdonado nunca. El doctor Ros me dijo que les hablaría sobre el tema, pero aquella parecía una buena ocasión para decírselo personalmente al doctor Oliveras.
Viaje a Bergen, Noruega |
En aquellos días, dentro de lo posible, mi hijo se encontraba un poco estable, porque de lo contrario no me hubiera arriesgado a marcharme. Pero cuando le comuniqué a mi hijo que me iba unos días, se angustió mucho y me preguntó el motivo. Le dije que iba con el doctor Ros a ver a un doctor extranjero que nos daría una medicación para sus llagas y esquinces que tanto le hacían padecer y porqué nos habían dicho que era un gran especialista en estos temas. Mi hijo se mostró sorprendido pero estuvo conforme y recordó que el doctor Ros era una buena persona y agradeció que se preocupara tanto por él. Cuando nos despedimos, que a pesar de su desconcierto, se debía dar cuenta de mi preocupación, quiso tranquilizarme a su manera, diciéndome: “Mamá, vete tranquila y no te preocupes por nada. Yo me ocuparé de que a la yaya no le falte nada”. Pero… ¡qué pena tan grande me daba mi hijo! A pesar de todo, él seguía como siempre había sido, preocupándose por todos, cuando él necesitaba toda la ayuda del mundo!. ¡Pobre hijo mío! ¡Pobre Arturo! ¡Él se ocuparía de que a la yaya no le faltara nada!... Dejé a una persona de mucha confianza para que ayudara a mi madre aparte de la señora fija que teníamos desde hacia muchos años y quería mucho a mi hijo. Además, tenía a mi familia y amigos que también se ofrecieron y, muy importante, tenia al doctor Oliveras que estaría pendiente por si mi madre lo necesitaba. Podía marcharme tranquil, pero... Todo y así me fui con una gran angustia pensando si hacía bien en marcharme, porqué… y si mi hijo empeoraba mientras estaba de viaje?... No sabía bien lo que hacer pero el Profesor Backlund nos esperaba y necesitaba verle. Cuando llegamos a Bergen, contraté a una intérprete. Una chica que junto con su marido, resultaron ser unas personas encantadoras. Tanto fue así que incluso nos invitaron a comer a su casa y nos presentaron a su hija y a la abuela de la niña que también resultaron encantadoras. Pero lo cierto es que después de haber mantenido la entrevista con el Profesor Backlund!... El Profesor era un hombre muy sencillo y muy amable que nos atendió con mucho interés dedicándonos todo el tiempo que necesitamos con mucha holgura además. El Profesor nos preguntó que era lo que habían dicho los médicos que hicieron aquello a mi hijo. Le contesté, la callada por respuesta, es decir, peor: dijeron que “si queríamos denunciarles que les denunciáramos porque a ellos les daba igual". El Profesor nos dijo 170 |
que, “era lo que solían hacer quienes hacían aquellas cosas”. También nos dijo que agradecía que nos hubiéramos desplazo para consultarle a él, pero que en España teníamos un especialista muy bueno, un número uno, que también nos hubiera podido atender: el doctor Burzaco. Le dijimos que era precisamente quien había atendido a mi hijo pero desgraciadamente cuando ya fue demasiado tarde; después de haber recibido la radiación. Mi hijo, afortunadamente, estaba en casa y se había levantado de la cama. Recuerdo como si lo estuviera viendo ahora mismo. Cuando me vio llegar, me dijo con una expresión de sorpresa y alegría reflejada en el rostro: “¡Hombre! Ya has llegado, madre. ¡Qué alegría más grande me da el verte!”. Y dirigiendo a su abuela: “¿Verdad, yaya que nos da una gran alegría el que haya regresado?”. Y me dio un gran abrazo. Un abrazo tembloroso y sin fuerza porqué él ya no tenia fuerza, y que lo siento como un abrazo perenne, bueno, como todo sus abrazos. Recuerdo cuántas veces nos había cogido a su abuela y a mi por los hombros y nos había dicho: “Aquí tengo a las dos mujeres más guapas del mundo y a las que más quiero”. ¡Siempre tan cariñoso!... Mi madre, contestado a su pregunta le dijo, “claro que si que estamos contentos”, pero mi madre estaba impaciente por saber lo que nos había dicho el doctor. Y, aunque yo procuraba mostrarme contenta, mi madre se dio cuenta de la terrible realidad, aunque después, tampoco la quiso aceptar. Mi madre nunca quiso aceptar aquella terrible realidad de que mi hijo iba a morir. En el aeropuerto de Bergen había comprado algunas cosas, viniendo de Noruega no podía faltar el salmón. A mi hijo le hizo ilusión, a veces era como un niño pequeño. Pero al querer desenvolver el paquete se le cayó al suelo quedando el envoltorio, que era un envoltorio especial, roto. Sus manos sin fuerza le jugaban malas pasadas. Se puso a llorar diciéndonos que no servía para nada, sólo para darnos trabajo. Le tranquilizamos, y le enseñe unas pomadas diciéndole que eran las que me había dado el médico extranjero. Se calmó y lo agradeció. Eran las mismas pomadas de siempre que me había puesto en el bolso. ¡Qué fácil era engañar a mi hijo!, aunque, a veces, no se si en realidad lo engañaba o él me lo hacia creer. No sé… Pero en esta ocasión, sí que su estado no le permitió distinguir el engaño de la realidad. |
Cuatro años y seis meses de En los cánceres, por más avanzados que éstos estén, como he explicado tantas veces en mis escritos, puedes resistirlo con la esperanza de poder llegar a un final feliz, como afortunadamente, hoy en día tantos casos conocemos. Es cierto que el tratamiento es duro, difícil, y en muchos casos muy doloroso, pero hay una esperanza, una luz… En los casos de “exceso de radiación”, no hay esperanza ninguna, porque no hay tratamiento para detener la radiación. El exceso de radiación mata las células por reacción en cadena, vives hasta que la radicación dice ¡hasta aquí hemos llegado! Así es de duro. Por eso los médicos me dijeron que mi hijo no tenía salida alguna. ¡No tenía ninguna! El caso de mi hijo fue un asesinato puso y duro. Un asesinado que no podía tener paliativo alguno. Algo que lo jueces hubieran tenido que tener muy presente, pero que nada les importó: Repetiré una vez más: ¡Quizás si hubieran sido sus hijos las cosas hubieran sido distintas!… Pero, en el caso de mi hijo, ¿por qué vivió todos estos años impensables? Pues nadie se lo explica, lo que si queda claro es que mi hijo era una persona que había estado muy sana, que era muy fuerte, que era joven y con unas ganas de vivir como nadie. “Como decía siempre su psiquiatra: “Persona más sana que Arturo no hay otra”. Aparte de repetir: “Arturo es un caso muy especial”. A mi hijo se le mantenía subiéndole la dosis del corticoide Dexametasona, cuando caía en picado, y volviéndola a bajar cuando se estabilizaba un poco. Y así iba resistiendo, aunque los efectos de la “medicación” le estaba destrozando. Tanto era así, que en una de aquellas entradas 172 |
en el hospital, aquellas entradas en que yo lo ingresaba sin esperanza ninguna, pero… ¿qué podía hacer?, los médicos me dijeron que ya no le administrarían más corticoide Dexametasona, porque “no querían que Arturo se les muriera a ellos por algo que habían hecho los otros”. Lo comprendí, pero…, ¡qué duro fue aceptar aquella determinación! Y no es que se le dejara morir sin asistencia ¡no!, es que no había tratamiento para mi hijo. ¡No había nada! ¡No existía! Cuando se tomó aquella dura determinación, mi hijo había ingresado sin conciencia; en casa ya no reconocía a nadie y se quedó como dormido. Parecía que el edema, la radiación ya lo estaba invadiendo todo. Nos miramos inquietos, angustiados, con una pena tan grande!…Y, los médicos con una responsabilidad tan grande! Pero, ¿qué podíamos hacer si mi hijo nos estaba mirando fijamente, con aquella mirada tan angustiosa, esperando una respuesta que le pudiera confirmar que sí! que iba a “salir de ésta”, como nos estaba preguntando? 173 |
Todo y así, antes de llegar a su autentico final, mi hijo todavía tuvo que pasar por otro hecho muy doloso que de no haber vivido tanto, de no haber sido tan fuerte, se lo hubiera podido ahorrar: La operación cerebral. Una operación, que no era para salvarle la vida, porque esto ya era un imposible, sino para intentar que padeciera lo menos posible en su camino imparable e infernal hacia la muerte. Hecho que explicaré más adelante y que sus verdugos no han de olvidar jamás. ********** Cuando empiezo a escribir, mi intención es la de ser liguera en mis exposiciones, intentar no cansar, que su lectura sea fácil… Pero, explicar el drama que vivió mi hijo para morir, no es fácil, y aunque me propongo mantenerme fría, estar serena, no alterarme, porque de nada me sirve ya alterarme y lo único que consigo es enfermarme más de lo que ya estoy, todo y así, me resulta muy difícil mantenerme según mis intenciones cuando escribo sobre mi hijo. .....Es muy duro tener que recordar, revivir todo de nuevo una y otra vez! Una y otra u otra vez!...Y unque todo su recuerdo y el drama que vivió está dentro de mí día a día, no cabe duda que al escribirlo, lo revives con mucha más fuerza. Entonces: ¿Por qué lo hago si tanto me angustia y me hace sufrir?, me preguntan algunos. Sólo tengo una respuesta: Porqué a mi hijo no se le hecho justicia, y de una u otra forma hay que hacérsela. No sé si con mis escritos consigo que se le haga un poco. Como digo en el principio de este libro, creo que, “escribir es otra forma de hacer justicia cuando la instituida falla estrepitosamente”. Mi hijo, era una persona extraordinaria, y la lucha de titanes que llevó a cabo para intentar salvar su viada, perdida para siempre, merece ser reconocida y recordada. Una lucha desesperada contra “aquella cosa maldita, letal, que unos malditos le colocaron en su cabeza aquel maldito 3 de marzo de 1988”. |
Cuatro años y seis meses impensables vivió mi hijo llevando la muerte encima. Cuatro años y seis meses de sufrimientos atroces y de lucha inimaginable. .....Quizás, si mi hijo no hubiera sido una persona con tantos intereses en la vida, no tan enamorado de la vida, quizás sus esfuerzos hubieran sido distintos, no se!… Pero, la realidad es que llevó a cabo, no una, sino dos luchas sin cuartel: la de él, por sus intereses personales e intentar seguir con lo que había sido su vida, a pesar de la demencia impuesta por la radiación, y contra la misma maldita radiación que no le daba tregua. Dentro de estos años impensables en los que mi hijo vivió- muriendo su cruel destino, se vivieron episodios que si no se explican resultan muy difíciles de creer que hubieran sido posibles en una persona con las condiciones en las que se encontraba mi hijo, pero Arturo era una persona, muy especial, que dejaba a los médicos que le trataban sin explicación.
Un viaje increíble a Andorra .... Los médicos, para animarle, le decían que si podía, le era bueno salir y caminar, y él, ¡pobre!, sacando fuerzas de donde podía, caminaba: unas veces ayudado con el bastón, otras con las muletas, con bastón en una mano y apoyado en mi brazo con la otra…, y así, según el día. Muchos días, sólo podía salir con silla de ruedas… Siempre salía con ilusión, aunque a veces esta ilusión se le truncaba, porque sólo poner los pies en la calle, ya teníamos que regresar, porque no podía con su alma. Entonces, se ponía a llorar desconsoladamente preguntándose, y preguntándome, qué era lo que le pasaba si él salía con tanta ilusión y hacía todo lo que le decían los médicos. Preguntas que quedaban siempre sin respuesta… En una de aquellas salidas, nos paramos delante del escaparate de una agencia de viajes que estaba cerca de casa. Hoy día todavía sigue allí mismo. |
Empezamos a mirar los viajes que anunciaban, y una cosa inesperada para mí, fue que, mi hijo, en uno de aquellos momentos de claridad que la demencia senil le procuraba, me preguntó: “Mamá, ¿tú y yo no teníamos un viaje pendiente? No teníamos que ir a…No sé, no lo recuerdo bien!…”. A mi hijo, aunque de forma confusa, le vino a la memoria aquel viaje que estábamos preparando aquel fatídico verano de 1989....Le dije que sí, pero que este viaje lo haríamos cuando él estuviera recuperado del todo. Y, sin pensar demasiado, quizás de una forma inconsciente, le dije: “Pero si quieres, ahora podemos hacer uno de cortito a Andorra”. Mi hijo se quedó sorprendido y su rostro se le iluminó: “¡Madre, que alegría más grande me das! Pero, ¿lo dices de verdad?”, preguntó reaccionando. Le dije que si. Me dio un abrazo y me dijo: “Te quiero madre, y mucho”. Esto, mi hijo, me lo decía muy a menudo…, cosa que yo, se lo decía muy pocas veces… .... Cuando les comenté a los médicos lo que quería hacer, me dijeron que ya sabía a lo que me exponía pero si le hacia tanta ilusión, pues adelante, si él, ¡pobre!, ya no tenia nada que perder, otra cosa era si lo podría resistir y cuanto tiempo. Era una de las incógnitas que presentaba mi hijo, él ya había sobrepasado todos los límites, es decir: a él no le dejaron ningún límite que sobrepasar. ¡No le dejaron nada! Empezamos a preparar el equipaje: él sus bártulos y yo los míos. A él le hacia ilusión prepararse su ropa y lo que quería llevarse, pero no acertaba, nunca se acordaba de que ya no podía hacer las cosas como las hacia antes. Tuve que ayudarle, porque la mayoría de las veces lo que cogía se le caía de las manos y se angustiaba; sus manos sin fuerza, tan torpes!... Aunque, por aquellas cosas extrañas que le pasaban, sus manos sin fuerza no eran tan torpes cuando se sentaba al piano a tocar un poco, aunque como se cansaba enseguida, tenía que dejarlo apenas haber empezado. Otra cosa que le angustiaba y hacia que terminara con los ojos llenos de lágrimas…Otras veces sin poder contener los sollozos… .....Bien: mis bártulos consistían principalmente en: sábanas para proteger las sábanas del hotel de la pomada que cada noche le ponía a mi hijo para las llagas y esguinces - tejidos rotos-, y que, 176 |
puro dolor!. Otra pomada para para el cabello, para la caída y las pupas que se le hacían. Él, que siempre había sido tan pulido y tenía el pelo tan bonito!; las pastillas de Dexametasona, que ya sabíamos lo que hacían pero que, contradictoriamente, de momento lo mantenían con vida; las protectoras del estómago, las de calcio, un exprimidor y naranjas. .....Las naranjas eran por si por el camino tenia sed y no se veía con ánimos de bajar del coche o no teníamos ningún bar cerca. El, se deshidrataba con mucha facilidad y tenia que estar muy pendiente de que bebiera, y con las naranjas bebía y se alimentaba. Contraté un taxi de esos que hacen viajes continuados a Andorra, y nos preparamos para el viaje. .....Cuando Arturo iba a esquiar a Andorra, siempre le compraba esta colonia a su abuela porque sólo la vendían en Andorra. Nunca se olvidaba. Mi madre, al hacerle este encargo, fue como darse confianza a ella misma de que volvería a verlo. ¡Pobre abuela!... Arturo me hizo un guiño de complicidad y bajito me dijo: “Qué tonta es la yaya, si ya pensaba comprarle la colonia sin que me dijera nada”. Y, curiosamente, mi hijo se acordó de aquella colonia que le compraba a su abuela cuando iba a esquiar a Andorra y que con toda su neurosis, disfrutaba tanto!... Arturo tenía su propio dinero, pero no quiso despreciarle a su abuela, aquel que le daba con tanta ilusión. ....Al despedimos, le dije a mi madre que rezara por nosotros. Recuerdo que, ¡pobre mujer!, me dijo: “Nena, que te crees que soy como tú. Ya sabes que rezar más no puedo!”. Me lo decía, porque sabía que yo no era, no soy creyente, aunque lo haya intentado. |
que no estaba bien; físicamente, saltaba a la vista, mentalmente, a veces desorientaba un poco, aunque al rato de hablar ya se veía, pues en medio de una conversación en un principio coherente, se le iba la cabeza. “¡Aquel edema, aquella radiación que llevaba en su cerebro como una bomba mortal de relojería, estaba jugando con él una partida muy cruel!” Al llegar a Andorra, fuimos a un hotelito que nos había aconsejado el taxista, una persona muy amable y con mucha paciencia que nos ayudó en todo, poniéndose a nuestra disposición para todo aquello en que le necesitáramos. Después de tantos años de haber estado en Andorra, podía haber reservado una habitación en uno de los hoteles a los que solíamos ir, pero con los nervios se me olvidó hacer la reserva y fuimos al que nos aconsejó el taxista. .....No hace falta decir, que mi hijo llegó extenuado, y así que entramos en la habitación cayó sobre la cama sin fuerza ninguna y con grandes muestras de dolor. Pensé que había sido una mala cosa haberle propuesto aquel viaje, pero ya era demasiado tarde para arrepentirme. Me quedé sentada en una butaca contemplándolo y pensando en tantas cosas!... Estaba segura de que a la mañana siguiente, mi hijo no se podría levantar, pero…, haciendo esfuerzos titánicos, como todos los suyos, se levantó. Le dije que sería mejor que aquel día se quedara en la cama para descansar del viaje, pero él se quiso levantar para ver Andorra que hacia tanto tiempo que no la veía. De esto, en aquel momento, sí se acordaba. .....A Arturo, lo habíamos llevado a esquiar a Andorra desde muy pequeño; la conocía muy bien. Recuerdo que una vez, siendo pequeño todavía, me dijo: “Sabes, mama, me gusta mucho Andorra. Creo que me la querré” – “Saps, mama, m’agrada molt Andorra. Penso que me l’estimaré” - Así era Arturo de apasionado. .....Yo iba siguiendo un poco al compás de mi hijo…No sabía qué hacer… Además, mi hijo me daba tanta pena que, cómo no iba a seguirle en lo que él creía que podía hacer por más contraproducente que me pareciera. Contraproducente!… Qué podía ser contraproducente para él si ya lo tenia todo perdido?... Como digo, a la mañana siguiente de la llegada, mi hijo se levantó, le ayudé a asearse y a vestirse, y después, él repasó su cartera y sus bolsillos por si le faltaba alguna cosa que él creía que pudiera necesitar. Las ganas de vivir y de disfrutar de las cosas de cada día le hacían sacar fuerzas de donde apenas le quedaban. Los médicos me dijeron después, que si no hubieran visto con sus propios ojos lo que era capaz de hacer y resistir mi hijo, nunca se lo hubieran creído. |
Dentro de los pocos días que pudimos estar en Andorra, mi hijo tuvo días de todo: Había días en que no se veías con ánimos de salir del hotel; otros, se levantaba animado para ir a desayunar fuera del hotel y dar un paseo, lo que conseguía. Quería ver escaparates para comprar regalos. Nos llevamos las muletas, aunque la mayoría de las veces se tenía que sostener, también en mi brazo. Otros días que salía con mucha ilusión, al poco teníamos que regresar al hotel: le fallaban las piernas, se mareaba, los dolores se le agudizaban, la confusión mental no le dejaba concentrarse y todo se le hacia irresistible. Entonces le invadía la desesperación, se ponía a llorar y con gran amargura me preguntaba: “Madre, ¿por qué me pasa esto? Yo no lo entiendo, si me he levantado con tanta ilusión y con ganas de hacer tantas cosas… ¿Por qué me pasa esto, Dios mío? ¿Por qué?”. Viendo a mi hijo de aquella manera, se me rompía el alma en mil pedazo!… Pero, sin embargo, otros días, aunque con unos esfuerzos que me hacían padecer, sentándose aquí o allá, o en taxi, conseguía aguantar todo el día, y hasta consiguió hacer unas buenas fotografías. ..... Como había días que a mi hijo las piernas no le sostenían, pero la mente la tenía “lúcida”, en uno de esos días, me preguntó: “¿Madre, por qué no nos apuntamos a unas de esas excursiones que hacen en “jeep?”. Así podremos disfrutar de las montañas de cerca como hacíamos antes. ¿Qué te parece?”. Había días que, aunque entremezcladas, se acordaba de muchas cosas!… Creo que nos apuntamos a todas las excursiones; si las podríamos hacer o no, era otra cuestión que no nos planteábamos. .....Bajamos del jeep, siempre ayudados, tanto para subir como para bajar - ya lo había acordado con la empresa de los coches, aunque siempre encontrábamos buenas personas que también nos ayudaban. Los malditos que le habían hecho aquel daño terrible, lo habían convertido en una especie de espectáculo; espectáculo triste, lo que pasaba era que mi hijo eran tan atento y agradecido, que la gente lo trataba con gran deferencia, incluso con afecto. Se daban cuenta enseguida de que era una buena persona que había padecido una desgracia. |
Al bajar del coche, Arturo, se sentó en una gran piedra y se quedó pensativo un buen rato mirando hacia lo alto de la pista. Le veía tan acabado!... Era tan joven y parecía un viejo tan lleno de achaques!... A Arturo, no se le podía considerar una persona muy alta, pero tenia una estatura correcta, era más bien delgado, pero fuerte y lleno de energía! y, ¡ahora!... Pensaba: “¡Aquellos hijos de puta pagaran por lo que le han hecho!”. .....Al cabo de un rato, con la mirada todavía en lo alto de la pista, con voz que transmitía un sentimiento muy profundo de…,¿incertidumbre?…, ¿de miedo? ¿Inseguridad? ¿Quizás de pensar cómo sería su futuro y si tendría futuro?..., me preguntó: “Mamá, ¿tú crees que algún día podré volver a esquiar como antes?” Y prosiguió: “Te lo pregunto porque veo que esto que me pasa no se acaba nunca, no se acaba nunca!”… .....Mi hijo me dejó muy sorprendida, inquieta y con un gran dolor en el corazón, porqué cuando parecía que estaba ausente, que no se daba perfecta cuenta de su situación, no de la física, que esto, no era que fuera evidente, era que la sufría continuamente como ya va quedando explicado, sino a su situación de no tener salida alguna, no era así, y esto me dejaba destrozada. Respondí a su pregunta: “¡Claro que sí, hijo mío! ¡Claro que podrás volver a esquiar como antes! ¡Sólo es cuestión de un poco más de paciencia!”. ¡Paciencia!… Arturo llegó agotado al hotel, y una vez más, vi como las lágrimas le caían en silencio… En otra excursión, antes de llegar al final de trayecto a un de las montañas más altas de Andorra, paramos a comer a un restaurante-casa de campo muy conocida por sus costilladas a la brasa, sus ensaladas, pan con tomate… Arturo, con semblante alegre y conversador, dentro de lo que cabía. Su dolor se lo guardaba para él, siempre decía que no tenía porque amargar la vida a los demás con sus cosas… .....Si bien disimulaba su mal todo lo que podía, ese día apenas comió ni bebió. Arturo no era de comer grandes platos, pero él disfrutaba de la comida y más en salidas como ésta: ¡Una muy mala señal! Eso quería decir que podía ir hacia abajo rápidamente. Todo y así, disfrutó del día. El conductor del jeep, era un experto en maniobras “descabelladas”, formaba parte de la excursión y aparte de los sustos que nos daba, era divertido. En lo alto de la montaña, tuvimos el placer de ver el vuelo de una águila majestuosa… En lo alto de la montaña, con aquel gran silencio, fue muy impresionante. Nos prometimos que volveríamos otra vez. |
..... Llegamos al hotel y se quedó en la cama sin fuerza, casi desmayado. Incluso me costó ponerle las pomadas y darle la medicación. Me planteé llamar al taxista para que no viniera a recoger por la mañana y regresar a Barcelona. .....Pero mi hijo, como un ser de otro mundo, como incluso decían alguno de los médicos que le conocieron en ésta sí su gran desgracia, a la mañana siguiente, como pudo se levantó, y quiso continuar con su visita a Andorra. Mi madre, tenía una amiga que vivía en “Les Escaldes”- localidad cercana Andorra. Al saber que estábamos en Andorra, nos invitó a comer. Cuando le pregunté a mi hijo si se veía con ánimos de aceptar aquella invitación, me dijo: “¡Claro, mamá, no se la vamos a despreciar!”. Cogimos un taxi para que nos llevara a “Les Escaldes”. .....La casa de la amiga de mi madre era un chalet de dos pisos, de esos de montaña tan bonitos. Dio la casualidad de que estaban haciendo obras en las escaleras y auque era fácil subir para cualquier persona, digamos, normal, a él, le resultó muy complicado y fatigoso. Se entristeció y pidió disculpas por el trabajo que nos daba. Siempre me daba tanta pena mi hijo, pero tanta!… Agradeció muy mucho la invitación, alabando la comida que cocinó la amiga de mi madre; siempre quería hacer sentir bien a las personas que pudieran estar a su lado, aunque ese día comió muy poco. Ya hacia días que a penas comía nada. ¡Muy mala señal!… .....Ese mimo día, por la tarde, quiso entrar en un “Polideportivo”. Nos sentamos un ratito en las gradas para ver a los chicos y chicas que patinaban sobre la pista de hielo. Arturo los miraba en silencio y con mucha tristeza. Se debía de preguntar, si podría volver a calzarse las botas de patinar. Él no me preguntó nada, ni yo tampoco a él; pensaba que podría romper a llorar. Recuerdo que me decía que se había vuelto muy llorón y que esperaba que se le pasara pronto. Sus botas especiales de patinar sobre hielo, las tengo colgadas en el armario. Arturo, aguantaba un día y otro día, pero de tal manera, que esperaba que de un momento a otro cayera al suelo desmayado. Pero, todavía resistió. A mí, a veces, me daba la sensación de que era como si se estuviera dando cuenta de que le quedaba poco tiempo y quería aprovecharlo todo lo que pudiera. ¡No sé!… ¡No se!... |
Agotando las pocas fuerzas que le quedaban, quiso ir a visitar un camping, que recordaba había estado algún verano con sus amigos. No los encontró. Me dijo que lo sentía mucho, porque le hubiera gustado volverlos a ver. .....Para rematar este viaje a Andorra, Arturo quiso ir a comprar los regalos. Le dije que lo dejara correr, si es que, ¡ya no podía más! Pero insistió en que los tenía que comprar. Y con las muletas y apoyándose en las paredes cada dos por tres para descansar, fuimos a comprar los regalos: Primero de todo, compró la colonia para su abuela que la vendían en una sola farmacia; después, los regalos para la familia y amigos, incluso tuvo ilusión para comprar unas cosas para él: una figura muy bonita y unas copas de champagne de diseño también muy bonitas: Tenía muy buen gusto Arturo. .....Bien, y para mí me compró unos regalos muy bonitos. Cuando le dije que no quería nada para mí, que no se gastara el dinero conmigo, que se lo guardara, me dijo unas palabras que las tengo gravadas en el corazón. Me dijo: “Madre, no me los desprecies los regalos, ¡por favor! Ya sé que lo que tú haces por mí no se puede pagar con regalos por más valiosos que éstos sean, pero entretanto no puedo pagártelo de otra forma, como tú te mereces, ¡por favor! ¡No me los desprecies!”. Aunque yo le decía que no me tenía que pagar nada, él, de una forma o de otra quería demostrarme su agradecimiento. Era una persona extraordinaria mi hijo! Los que mataron a mi hijo, nunca podrán comprender la crueldad que cometieron con él. Si se me rompía el alma cuando la demencia le llevaba a aquellas situaciones extremas en que no sabía ni quién era, ni en dónde estaba, que lo veías tan perdido, indefenso, tan deshecho!…Cuando le veía con aquella lucidez, siendo el Arturo que siempre había sido, sabiendo que en cualquier momento podría volver a lo mismo de antes…Es muy difícil poder explicar los sentimientos que me invadían! ¡Muy difícil! Aunque como se puede imaginar, terminaba diciéndome la misma letanía de siempre: ¡Los mataré! ¡Los mataré! .....A la mañana siguiente de haber llegado a Barcelona, vino a verle el doctor Oliveras. A verle y a “controlarle” un poco la medicación. Arturo estaba agotado, pero todo y así, tuvo ganas de explicarle al doctor, lo que recordaba del viaje. En otra ocasión no se hubiera acordado de nada, 182 |
pero en ésta… Se quedaron solos un ratito. .....El doctor Oliveras, cuando venía a casa para visitarle, se quedaba siempre un ratito para hacerle compañía y hablarle un poco de las cosas que sabia que a él le podrían hacer ilusión o interesar: le hablaba de las películas que habían estrenado con actores y temas de su interés, también si habían inaugurado algún restaurante que sabia que a él le podría gustar, quedando para ir a comer o a cenar todos juntos cuando estuviera recuperado!… ¡Mentiras piadosas!... El doctor Oliveras, al igual que su psiquiatra doctor Ros, hacían todo lo que podían para mantenerle la ilusión. ¡Muy buenos hombres los dos y a los que les debo mucho!
Los ingresos en el Hospital del Mar A veces, cuando Arturo llevaba unos días en casa, me decía: “Madre, no se lo que me pasa pero creo que tendré que ingresar otra vez al hospital”, y lo decía con tanta amargura! No se lo que debía sentir, pero era así, al poco le tenia que ingresar… Y siempre con la angustia de no saber si en alguno de aquellos ingresos saldría con vida. Le volvían a subir la dosis de Dexametasona y volvía a remontar, pero como que el corticoide lo machacaba tanto, así que se estabilizaba un poco, volvían a rebajárselo con lo cual, a los pocos días volvía a caer en picado. Algunas veces se quedaba sin poder orinar…, otras sin conocer a nadie…, otras sin poder hablar…, y así iba viviendo una auténtica tortura, pero… como que mi hijo era como un ser de otro mundo!…
Otro viaje. Esta vez a Madrid |
Un día, le pregunté si se veía con ánimos de ir a Madrid a ver al doctor Burzaco que tan bien se había portado con nosotros. Él, siempre dispuesto a todo, me dijo enseguida que sí. Mi madre, ya no puso ninguna objeción, como que Arturo, a pesar de lo que decían los médico e incluso de las situaciones de gravedad extrema en que caía y que parecía que lo íbamos a perder para siempre, se recuperaba, mal pero se recuperaba e iba resistiendo, pues mi madre, si había tenido alguna duda, al final cogió la creencia de que no moriría. Me decía: “Nena, ya veras como Arturo – el niño -, no morirá. Es fuerte. Los médicos están equivocados. Él no morirá!”. Y lo decía tan convencida!… Pero, ¡pobre mujer!... Ella estuvo de acuerdo en que le viera el doctor Burzaco, pensó que le haría bien, no obstante, si que salieron otras voces que me dijeron que si era que estaba loca por llevarme a mi hijo en aquella situación tan caótica en que ya se encontraba. Su cuerpo ya estaba prácticamente destrozado, no se sabía si podría soportar el viaje. ¿Los médicos?, lo de siempre: si le hacia ilusión!… Se quedaban expectantes, claro! ante un caso tan fuera de lo normal. Una anécdota: En el aeropuerto, al pasar por el control de los equipajes, vieron la imagen de un cuchillo en mi maleta. Rápidamente nos apartaron de los pasajeros y me hicieron abrir la maleta. El cuchillo estaba debajo de todo, para sacarlo, tuve que vaciar la maleta. Primero de todo, salieron las naranjas, cosa que hizo que mi hijo me mirara muy sorprendido, como preguntando, que hacen las naranjas en la maleta? Después, toda la ropa, la bolsa con los zapatos, la bolsa con los medicamentos, la del aseo personal, y, al final de todo, la bolsita con el cuchillo, cuchillito, que era para pelar las naranjas. Mi hijo que desconocía el contenido de mi maleta, me miraba sonriendo pero extrañado a la vez. Los policías me miraron y miraron a mi hijo, se dieron cuenta de que no estaba bien. Les dije que el cuchillo no era para matar a nadie, aunque ganas no me faltaban. Sonrieron y nos hicieron pasar. .....La verdad es que no tenía necesidad de llevar naranjas, porque directamente del aeropuerto nos íbamos al hotel, no era como en Andorra, pero ya era como una costumbre, siempre pensando en que no se deshidratara, en que bebiera, y a la vez se alimentara. Tomar zumos naturales era mejor que tomar agua sola. La verdad es que ahora pienso, cómo quedarian las 184 |
naranjas dentro de la maleta. .....De todas maneras, lo del aeropuerto fue divertido. Le dije a mi hijo: “Se ve que se creían que con este cuchillo queríamos atracar a los pasajeros”. Dentro de la pena, teníamos estos momentos de “buen humor”. Bueno, mi hijo, a no ser en sus momentos más graves, no perdía nunca el buen humor. Formaba parte de su propia naturaleza. .....Hacia el atardecer, salimos a dar una vuelta y a cenar a un restaurante. En aquellos momentos, era el Arturo de siempre, aunque nunca consciente de su auténtica realidad. En esta cena tan agradable, pero tan triste para mí, comentamos el ambiente, hablamos sobre Madrid…Él me hablo de sus planes de futuro!… Porque él, creía que tenia futuro!... Cuando digo que había momentos en que mi hijo, “era el Arturo de siempre”, puede parecer que cuando no era “el de siempre”, era como si no fuera mi hijo. Claro que no! Pero esto que le pasaba dejaba patente la gran “putada” añadida que le habían hecho, porque ver a una persona que había sido tan inteligente, padeciendo aquellos cambios tan bruscos, de pasar a ser una persona, al menos aparentemente normal en algunos momentos a pesar de su demencia, que te contaba sus esperanzas, sus proyectos, que disfrutaba del momento…que le veías con ilusión, y, después, de golpe y porrazo, quedarse convertido en un ser, ¡pobret! que ni siquiera sabia donde se encontraba, perdido... ¡Es muy duro! Ver a mi hijo, oírlo hablar, haciendo planes para el futuro, sabiendo yo, que no tenía futuro que planificar, ¿qué puedo decir? Y más duro, en una persona como repito tantas veces, decía que, “antes de ser un deficiente mental o un tullido que tuviera que depender de los demás, preferiría estar muerto”. Los pocos días en que estuvimos en Madrid, todavía aprovechamos para dar algunos paseos, pasar un día en el Retiro, visitar algunos lugares que todavía no habíamos visitado. El esfuerzo que tenia que hacer mi hijo para resistir levantado, era tan grande que no se podía creer que fuera posible en una persona tan destrozada como él. Pero lo de siempre: era como un ser irreal. |
Llegó el día en que habíamos quedado con el doctor Burzaco. Ya estamos en su consulta. Nos saludamos muy entrañablemente. Después de comentar las primeras impresiones, mi hijo me sorprendió una vez más por la coherencia de su conversación con el doctor Burzaco, tanto fue así que el doctor le dijo que le encontraba muy bien e incluso le dijo que ya que estaba tan recuperado, tendría que empezar a hacer un poco de ejercicio, un poco de yoga que le iría muy bien - el doctor no le había visto el cuerpo. Y mi hijo: “Si doctor, esto ya lo tengo en mente, pronto empezaré”, y así siguiendo con la conversación. Y no es que él le engañara, es que él creía en lo que decía, y además lo dijo tan convencido, que hasta creo que el doctor se lo creyó. .....Yo tenia que hablar a solas con el doctor, pero para no angustiar a mi hijo, no le dije nada. Pensé en llamarle más tarde. Nos despedimos y quedamos en vernos otro día. Pero lo que no sé, si el doctor llegó a saber que cuando salimos de su consulta, Arturo ya no sabia a quien habíamos visto ni de donde salíamos. Así de terrible le pasaban las cosas por la cabeza de mi hijo. .....Nos sentamos en un bar de la Gran Vía a tomar un refresco. Arturo con una expresión de extrañeza me dijo: “Madre, veo las ramblas muy cambiadas, ¿es que están haciendo obras?” Mi hijo se creía que estábamos en las Ramblas de Barcelona. Recuerdo, que en una de esas veces que yo ingresaba a Arturo, sin esperanza, pero... ¿qué podía hacer?, uno de los médicos que estaba en urgencia me dijo: “Ya sabe que en uno de esos ingresos su hijo no saldrá con vida. Su hijo tenia que morir la primera vez que ingresó en este hospital. Nadie sabe como sigue vivo”. Eso era lo que comentaban entre los médicos. Yo le dije que ya lo sabía, pero ¿qué podía hacer? .....Había un médico joven en el hospital, doctor Fueyo, que también llegó a apreciar mucho a mi hijo. Cuando mi hijo estaba ingresado, hacía escapaditas para verle y contarle cosas divertidas para hacerle la estancia más agradable, esto, claro, cuando salía de los momentos de extrema gravedad. Cuando le comenté lo que me había dicho uno de los médicos de urgencia, me respondió enfadado: “¡Esto ya lo sabemos todos, pero no hace falta que te lo digan cada vez que ingresáis!”. |
Podría parecer que los médicos que estaban de urgencia en aquella ocasión, eran gente cruel, pero, no!, les conocía y eran buenas personas lo que ocurría era que no querían que me hiciera ilusiones para después tener que sufrir más. Yo les decía que no se preocuparan por mí, porque ya tenía asumida la muerte de mi hijo. Pero, me estaba engañando, porque la muerte de un hijo no puede asumirse nunca, y mucho menos, cuando se produce por un hecho terrorífico, cruel, gratuito y sin sentido como en el caso de mi hijo. Uno a uno me iban confirmando lo que legalmente, jurídicamente, nadie me podía negar, pero…
Episodios dramáticos e increíbles .....Para que se comprenda un poco la situación angustiante en la que nos habían condenado a vivir, o mejor dicho, condenado a un “sin vivir” aquellos indeseables, pondré un ejemplo que, quizá visto desde fuera, pueda parecer un poco “peliculero”, pero que visto desde dentro, era en realidad como nos sentíamos: bien, nos sentíamos la familia, porque mi hijo a pesar de su mal, de sus grandes sufrimientos, luchaba con la creencia de que, "el día siguiente de cada día", sería mejor para él.¡Pobre, hijo mío!... La situación angustiante en la que nos encontrábamos inmersos todo el tiempo, era la de como si nos estuvieran persiguiendo sin tregua alguna y nosotros intentando escapar. Escapar!… Escapar, que en realidad era lo que estábamos haciendo, intentando escapar de lo que perseguía implacablemente a mi hijo: la muerte! Pude parecer “peliculero”, pero era así: cada día que pasaba, un intento más de burlar a la muerte para arrebatarle un día más de vida para mi hijo. Aunque, como se sabe…, nadie puede burlar a la muerte, porque ella siempre tiene la partida ganada cuando lo decide. A veces, era como si nos hubieran lanzado a un corredor lleno de puertas que teníamos que cruzar sin saber tras cual de ellas encontraríamos el precipicio que nos llevaría al final de todo. Era una situación tan desesperada que no sabes como explicarlo para que se pueda entender con toda la angustia, todo el dolor que ello comportaba. Cada día intentando vivir un día más!... Cada día! Pero lo peor: ¡sin esperanza ninguna! Quizás si mi hijo no hubiera sido un chico tan vital, con no tantos intereses, quiero decir, que hubiera perdido el interés para disfrutar de todo aquello que había formado parte de su vida, de su propia naturaleza, quizás, no sé, su lucha no hubiera sido tan intensa ni tan dramática. Quizás se hubiera quedado en cama sin ánimos para hacer nada… No lo sé… porque la demencia a veces alcanzaba cotas de extrema dureza!…O, claro!, que no hubiera sido un chico tan fuerte, tan saludable. Creo que la lucha que llevó a cabo mi hijo contra la radiación fue como de ciencia ficción, cosa que también decían algunos de los médicos que le atendieron en aquella su gran desgracia, y que no daban crédito a su fortaleza física ni a su fuerza de voluntad. Con lo mal que estaba!... También decían que si ni hijo se hubiera quedado en el hospital desde el principio, quizás no hubiera vivido tanto porque los cuidados especiales que tuvo en casa, en el hospital no se los hubieran podido dar. Siempre me he preguntado, si hice bien llevándomelo a casa… .....Como que Arturo cada vez se sostenía menos de pie, para que no se quedara inválido del todo y confinado a una silla de ruedas antes de morir, que hubiera sido una cosa añadida terrible para él,
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- aunque él ya padecía fuertes paralizaciones, se volvía a recuperar, mal, pero se recuperaba y podía volver a andar acompañado, claro, del bastón, muletas… -, como ya he explicado anteriormente, se le animaba a caminar y también a hacer recuperaciones, y con tanto dolor como sentía, él lo hacia esperanzado con la confianza de que así su recuperación seria mucho más rápida, aunque después su esfuerzos le pasaran una gran factura. Una de las veces que salimos del Hospital del Mar - de uno de sus múltiples ingresos -, fuimos directamente al Hospital Pera Camps, porqué nos habían dicho que era el mejor hospital para hacer las recuperaciones que necesitaba mi hijo. Antes, habíamos ido al Instituto Gutman, centro especializado en todo tipo de paralizaciones, principalmente, para personas tetrapléjicas debido a accidentes de tránsito o malas caídas. A mi hijo no lo aceptaron, porque con lo que tenía en la cabeza se les podía haber quedado muerto a ellos y no quisieron asumir esta responsabilidad, además las recuperaciones que allí hacían no eran para su caso. Claro! si las recuperaciones a mi hijo fueran como fueran no le iban a servir de nada!, pero para hacer algo!… Cuando me preguntaron el porqué se encontraba en aquellas condiciones y les conté, como todo el mundo, dijeron que aquello “clamaba al cielo”. Mi hijo me preguntó, el porqué no lo admitían, le dije, porqué “él estaba demasiado bien para estar allí”. Cuando estaba “claro” y parecía el Arturo de siempre, me sentía tan mal por tenerlo que engañar, pero la verdad no se la podía decir, y si se la hubiera dicho, ¿qué hubiera conseguido? Quitarle todas las ilusiones, hundirlo del todo, hacerle volver loco al saber que no tenia solución?... .....El primer día que llegamos al Hospital Pera Camps, a la hora de acostarse – la noche! otra pesadilla para mi hijo -, me dispuse a lavarlo y a ponerle las pomadas. Vino la enfermera y un poco enfadada, me dijo que “aquello” era trabajo suyo. Quizás pensó que la menospreciaba. Le di los trapitos de hilo que llevaba para secarlo, y el jabón especial que me habían dado en el Hospital del Mar. Me dijo un poco altanera que ellos ya tenían sus propios jabones. No dije nada, pero cuando le quité la chaqueta del pijama y vio todo su cuerpo con todos aquellos grande esguinces, las pupas y todo como estaba, se echó para atrás asustada, decidiéndome que aquellos casos ellos no los trataban, que tenía que saber que mi hijo estaba allí por la recuperación, como si yo no lo supiera! Le dije que por eso iba preparada. Quiso saber que era lo que le había pasado y cuando le conté, no se lo podía creer y como todos, “¡esto clama al cielo!”. Después de aquello, resultó ser una chica muy amable, pero yo tuve que seguir lavando a mi hijo y poniéndole las pomadas. Siempre me he preguntado, que hubiera pasado si mi hijo no hubiera tenido a nadie que se hubiera 188 |
ocupado de él en ese hospital. Estuvimos muy pocos días, porque a parte de que no iba a servir para nada lo que allí hacían, corría el riego de caerse. Incluso tuve unas palabras con el médico que estaba de jefe. Cuando un día le pregunté, cómo veía a mi hijo, me contestó que: “mi hijo tenía “demasiada madre”. Me quedé perpleja. Le contesté que no sabia si tenia demasiada madre o no, pero en todo caso mejor para él, otros no tenían. Le dije que se mirara el “historial” de mi hijo que con toda seguridad no se lo había mirado. Si se lo mira, le dije, verá que él tiene madre pero no tiene vida, y si encima por un descuido se cae y se le rompen los huesos que es a lo que siempre está expuesto, entonces ya me dirá si tiene demasiada madre o no. Miró el “historial” y me pidió disculpas. Afortunadamente, no he tenido la desgracia de encontrar a médicos de este tipo durante el camino doloroso que se vio obligado a que recorrer mi hijo hasta su muerte, sino todo lo contrario. Después me enteré de que a este médico le habían dado una paliza. No me extrañó. Las recuperaciones también se intentaron en un centro especializado privado. Las corrientes, que era lo que utilizaban en este centro, sólo las pudo soportar un par de días o poco más. Con mi afán de que no se viera impedido y confinado en una silla de ruedas, contraté a un especialista para que viniera a casa. Le puso unas “férulas” para intentar que los huesos se reforzaran y pudiera mantenerse de pie. ¡Todo tan absurdo! porque sus huesos ya no se podían regenerar, además, la Dexametasona que se lo impedía, lo de siempre, si se la retiraban, moriría con rapidez… ¿Qué hacer?... Cuántas veces le veía llorar por el dolor que sentía con aquellas recuperaciones, repito tan absurdas, pero que todo y así, él ¡pobre!, se prestaba a ello con resignación. ¡Cuánta lucha inútil!... .....Cuando Arturo estaba ingresado en el hospital y estaba un poco estable, la fisioterapeuta del hospital le hacia unos masajes muy suaves, un tipo de recuperaciones sólo con las manos. Era una gran profesional y con mucha paciencia. Como el Hospital del Mar era como una segunda casa para mi hijo, pues a la señora Maria Rosa Buendía que así se llamaba la fisioterapeuta, ya la conocíamos bastante. Le hice la propuesta de que si podría venir a casa un par o tres de días a la semana cuando Arturo estuviera de vuelta, claro! en el supuesto de que volviera. Aceptó y atendió a mi hijo hasta su muerte. La señora Maria Rosa se convirtió en una buena amiga de mi hijo y de la familia. 189 |
.....Sobre los masajes, cuando a veces veía a mi hijo tan acabado, que eran las más desgraciadamente, y le decía que dejara correr lo del masaje - eran muy suaves, pero como se encontraba tan mal… -, el me decía: “No mamá, porque Maria Rosa hace un gran sacrificio viniendo y además lo hace con mucha ilusión; sería un gran desprecio por nuestra parte”. Maria Rosa le contaba cosas divertidas y él, en medio de gestos de dolor, se distraía. Se que cuando mi hijo murió, Maria Rosa sintió una profunda tristeza. Se que lo llegó a querer mucho, como Arturo a ella. Más de una vez habíamos ido juntas a la Catedral a rezar por el alma de mi hijo. Siempre la tengo en mi recuerdo. Se que puede parecer contradictorio que diga que fui a rezar por el alma de mi hijo a la Catedral si no soy creyente, pero hay momentos…, que sí necesitas creer, agarrarte a alguna cosa!… Para poder salir a pasear los días que Arturo necesitaba la silla de ruedas, que era cuando tenia los episodios de invalidez, es decir, que no se aguantaba de pie con nada, como que cuando tenía ganar de orinar no podíamos entrar con la silla de ruedas en los lavabos de las cafeterías y entonces necesitaba a un camarero que nos ayudara, pues se producía una situación embarazosa. Para evitar estas situaciones, fui a buscar una solución a un centro de disminuidos físicos que además tenían un servicio de ambulancias. Les conté el caso y, bien, lo mismo de siempre, se quedaron espantados y me preguntaron si tenía denunciados a los que le habían hecho aquello a mi hijo. Les dije que sí pero que tenia que esperar al resultado del juicio. Me dieron la solución que ellos utilizaban. Se trataba de una especie de preservativo que iba unido a un tuvo unido a la vez a una bolas que se ataba en la pierna. Parecía una buena solución. Pero mi hijo tenía los tejidos tan deteriorados que no lo pudo utilizar. Cuando salíamos y teníamos que utilizar la silla de ruedas, rogábamos para que no le vinieran ganar de ir al lavabo. Era una angustia continua para él y para mí. Aunque así que podía, se sostenía con el bastón… muletas… en mi brazo… .....Quiero recordar que, desde la primera vez que Arturo salió del Hospital del Mar, no pudo hacer nada por si solo. Necesitó que le ayudaran en todo. Le recuerdo tan lleno de tristeza cuando me decía: “Madre, no sabes cuanto siento todo lo que tienes que hacer por mí. Te prometo que cuando esté bien te resarciré por todo. ¡Te lo prometo, madre!”…Simpre padeciendo y queriendome agradecer todo lo que hacia por él!... ....Quiero recordar los momentos en que caía en picado, y como después no se acordaba de nada de lo que le había pasado, ni de lo que había hecho antes. Pero a pesar de todo esto, por una de aquellas cosas de mi hijo, de su espíritu luchador, de no parar de hacer cosas, de seguir interesándose por todo, una de las veces que estaba un poco más estable, me volvió a sorprender cuando animado me dijo: “Mama, me gustaría asistir a una academia que hay de "Imagen y sonido" para perfeccionar la fotografía. ¿Qué te parece si me apunto?”. De momento me quedé si saber que decir. Me asustaba cuando me proponía cosas como ésta o parecidas y me hablaba 190 |
con tanta claridad, con tanta aparente lucidez y convencido de lo quería hacer. Arturo, como cuento en el capitulo anterior, era una persona muy culta: tenía una buena y extensa biblioteca con buenas colecciones de libros, Arturo había viajado bastante, primero con nosotros (su padre y conmigo), después ya combinaba los viajes con los amigos y nosotros… Era un apasionado de la ópera… De jovencito había ganado algún que otro concurso de baile en las fiestas del barrio de Gracia con una amiguita jovencita como él, algún que otro concurso de sardanas…, cuando se pusieron de moda las sevillanas fue a aprender a bailarlas… Tenía un buen equipo de música, y también de fotografía con laboratorio incluido, pues gustaba de revelar él mismo las fotografías que hacia. Por eso, dentro del caos que era su cabeza, como que todo esto formaba parte de su vida, cuando la demencia le procuraba aquellos momentos de lucidez, él recuperaba parte de esos recuerdos y parte de todas estas necesidades… Este curso de “Imagen y Sonido” era caro como son la mayoría de estos cursos especiales y que además se tienen que pagar por adelantado. Fuimos a que lo matricularan. No faltaron voces que me dijeron que aparte de tirar el dinero, no le haría ningún bien, pues cuando se diera cuenta de que ya no aguantaría ni podría hacer sus buenas fotos, que se derrumbaría. Sé que me lo decían de buena fe, pero el dinero era de él, de la herencia de su padre y de la parte del negocio que le correspondía, y aunque él, buen hijo que era, me decía que no quería nada para él, que todo su dinero era mío “porque no había dinero para pagar todo lo que yo hacia por él” - de hecho era yo quien administraba sus bienes -, yo no podía privarle de aquellas ilusiones aunque después resultaran fallidas además de dolorosas. En aquella ocasión, pasó desgraciadamente lo mismo que en otros ocasiones: ya se sabía. Los poquísimos días que pudo asistir, salía desilusionado y triste. Recuerdo que me decía: “Yo no entiendo, mama, como cosas que hacía con tanta facilidad, ahora no puedo. Es como si nunca hubiera aprendido nada. Me he vuelto un inútil”. A veces arrancaba a llorar. Todo y así, todavía consiguió hacer unas buenas fotografías de estudio y otras. .....Estos poquitos días en que asistió, yo lo llevaba, me esperaba en una cafetería y lo recogía. Le recuerdo bajando los pocos escalones que separaban la puerta de la academia del vestíbulo de entrada. Bajaba despacio, pesado…, con una mano agarrándose a la barandilla como podía, con la otra, el bastón y la cartera y la máquina colgada en la espalda, no sé como podía con todo. 191 |
.....Todos los otros muchachos y muchachas y también personas adultas puesto que era un curso para profesionales también, bajaban deprisa, ya se habían marchado todos y él todavía estaba bajando los cuatro peldaños… En otro tiempo hubiera tenido su grupo, hubieran bajado todos juntos y con toda seguridad se hubieran ido a tomar un refresco y a contarse sus experiencias, y ahora, se quedó solo. Yo, desde el vestíbulo le hacia una señal por si quería que fuera a ayudarle, pero me decía que no, y con una sonrisa y guiñándome un ojo, hacia un gesto como diciendo: “¡Que le vamos a hacer! ¡Paciencia!”... Alguno de los días en que pudo asistir a esta academia, si no estaba demasiado cansado al salir, nos sentábamos en una cafetería del Paseo de Gracia ya que la academia estaba muy cerca del paseo. Me hablaba de sus proyectos – mi hijo siempre me hablaba de sus proyectos…-, de sus esperanzas…, desesperanzas…, de las dudas que tenia sobre su situación; sobre aquel mal que persistía y persistía… Llegaba a casa agotado teniéndose que acostar seguidamente. Otros, como otras tantas veces, veía como el rostro se le llenaba de lágrimas. Lloraba en silencio para que yo no le oyera… Creo que mi hijo no me explicaba todos sus miedos, todo lo que sentía en cuanto a su situación… Le habían convertido en un demente senil, pero no era un tonto. Con toda la razón del mundo y con mucha tristeza, más de una vez me decía: “Madre, no me hables como si fuera un tonto porque sabes que no lo soy”. Quizás algunas veces, por no entrar en profundidades sobre algunas de las preguntas que me hacia, le hablara ligeramente, como si no me enterara muy bien de lo que me preguntaba. No me daba cuenta, pero le hacia sentir mal, le hacia sentir que “estaba solo con sus males y sus miedos”… En medio de todos estos años, también en algunos de los días en que se encontraba un poco más fuerte, íbamos al cine, al teatro, a comer o a cenar a algunos de los restaurantes en los que habíamos ido antes juntos; restaurantes especiales que mi hijo descubría por la ciudad o también por las afueras… Siempre había estado al día de todo, queriendo compartirlo todo con los amigos y familiares…. Lo dramático de estas salidas era que, la mayoría de las veces, después de ver, por ejemplo, una buena película escogida por él mismo, al salir, me cogía del brazo y como si se encogiera, me preguntaba: “Madre, ¿de dónde venimos? ¿Qué hacemos aquí?”. ¡Era trágico! .....Otro episodio muy duro en una de aquellas idas y venidas con la ambulancia, fue cuando mi hijo, con una expresión de dolor y angustia que resulta difícil describir, exclamó: “¡Madre, tengo miedo!”. Aquel “tengo miedo" dicho de aquella forma cuando mi hijo por más mal que se 192 |
encontrar nunca había dado muestras de tener miedo en el sentido que me lo decía, me dejó sin poder respirar: ¿Es que mi hijo por primera vez se estaba dando cuenta de que algo muy grave le estaba sucediendo? Y, si se había dado cuenta, nunca me lo expresó de aquella manera. Esta era una de aquellas veces, uno de aquellos ingresos en el hospital, que podría ser el última, pero, no! ¡Pobre hijo mío! Todavía le faltaba lo peor. En otra ocasión, también yendo con la ambulancia hacia el hospital, mi hijo empezó a mirarme fijamente, como escudriñándome. Al cabo de un rato de no sacarme la vista de encima, me preguntó: “Madre, ¿dónde está aquella chica que venia con nosotros y estaba tan triste?”. Para mi hijo, yo también, en algún momento, fui aquella chica tan triste que venia con nosotros en la ambulancia. Me dije que tenía que disimular más mi pena. En cuanto a la chica, le dije que estuviera tranquilo, porque se había ido a su casa y ya no estaba tan triste. Hizo un gesto con la cabeza como diciendo: “¡Está bien!”. Le cogí las manos fuertemente y él también hasta donde pudo sin sacarme la vista de encima. Las cosas extrañas que le hacia la radiación en su cerebro… Otra vez que mi hijo tuvo que ingresar de urgencia, cuando su psiquiatra el doctor Ros lo supo, vino a estar con nosotros. Era muy tarde de la noche. Desde el Hospital del Mar lo llevaron a la Quirón para que le realizaran un TAC de urgencia. Los médicos que estaban atendiendo a mi hijo, le dijeron al doctor Ros, “Esta vez este chico ya no sale con vida. Nadie puede vivir tanto con lo que tiene en su cerebro”. Me preparé para lo peor, pero Arturo salió con vida otra vez… .....Arturo era tan atento y delicado, que incluso estando en el hospital y volviendo a salir, como siempre, de las puertas de la muerte, así que se recuperaba un poco y recobraba la conciencia, más de una vez me había dicho: “¿Verdad, madre, que estas enfermeras son muy atentas y buenas personas? Hemos de hacer alguna cosa. Mira, me prestas dinero que ya te lo devolveré cuando lleguemos a casa, y les compras unos ramos de flores bien bonitos”. Le recuerdo escribiendo las tarjetitas con las dedicatorias. No podía: el bolígrafo se le caía, no se entendía nada de lo que escribía, pero cuando le decía que me dejara escribirlas a mí, me decía que no, “porque hubiera sido una falta de atención hacia ellas”. Al final conseguía que se entendiera alguna cosa. Las enfermeras se lo agradecían mucho. Después de tantos años de conocerlo, llegaron a apreciarlo mucho, sobre todo las más antiguas que le conocían desde la primera vez que ingresó y que creíamos que no iba a salir con vida. Era también tan sufrido y comprensivo mi hijo, que cuando alguna enfermera le pedía perdón por el daño que le podía haber causado al ponerle alguna inyección, le decia: 193 |
“Perdonarme vosotras a mí por el trabajo que os doy. Sé que me he vuelto un “quejica”. ¡Pobre Arturo! A veces llevaba el catéter en una arteria porque no tenía venas donde pincharle… Me recrimino tanto el daño que le causaba a mi hijo por intentar ayudarle!...Cuando lo ingresaba en el hospital con fiebre muy alta y casi deshidrato, para que no tuvieran que volverle a pinchar porque para él era otra tortura añadida, yo insistía en que bebiera; si conseguía hidratarse de forma natural se ahorraría el suero puesto que las venas se le rompían, el liquido se le desparramaba por el brazo, éste se le ponía como una bota y…, bueno, todo eran sufrimientos y más sufrimientos… Lo hacia padecer, porque yo le reñía, quería que se esforzara en beber, y él, ¡pobre! lleno de dolor me decía: “Madre, no insistas ¡por favor! No es que no quiera beber, es que no puedo, compréndelo ¡por favor!”. Los médicos me decían que no era cuestión de voluntad, era cuestión de que el cerebro no daba la orden para beber. Al final tenían que volver a administrarle el suero en vena o arteria con todas sus males y complicaciones. En uno de los numerosos ingresos, Arturo en una ocasión se quedó sin poder andar, ni siquiera mantenerse sentado en la silla de ruedas. Después de unos días, las enfermeras le dijeron en tono cariñoso: “Espabila Arturo, que tienen que empezar a andar un poco, ya sabes que es por tu bien. No te puedes quedar para siempre en la cama, Además, hoy te vamos a bañar en la ducha”. Y Arturo, muy sorprendido, pero siempre dispuesto a colaborar: “¡Ah! ¿Si? ¡Pues me parece muy bien!”. Siempre prestándose a todo sin rechistar, al contrario, con agradecimiento debido a lo mucho que se preocupaban por él, como él decía. Dos enfermeras le pusieron debajo de la ducha sosteniéndole como podían, y mi hijo, que se le doblaban las piernas, agarrándolas por todas parte. Mi ¡pobre hijo! preocupado, les iba diciendo: “¡Perdonadme! ¡Perdonadme!”. Terminaron riendo y haciendo un poco de broma. Una vez bañado y vestido, le dijeron que tenía que empezar a caminar un poco. .....No puedo describir la pena tan grande que me daba mi hijo! Las enfermeras, cogiéndolo por debajo de los brazo y él pasándoles los brazos por la espalda, lo llevaron a dar un pequeño paseo por el pasillo del hospital. Era de agradecer el esfuerzo que hacían aquellas chicas! Él, iba arrastrando los pies sin poderlos apoyar en el suelo; en el pasillo encontramos a un paciente al que ya conocíamos de otras veces en las que habíamos coincidido; un muy buen hombre! Al verle, le dijo: “¡Pero, Arturo! ¿Tú otra vez por aquí?”. Y, él, con cara de sorpresa y sonriente: “¡Hombre! ¡Qué alegría me da verle de nuevo! ¿Cómo está?”. Como que no podía hablar demasiado porque las pobres chicas no podan sostenerle por mucho tiempo, Arturo, le dijo: "Yo, ya lo ve. Otra vez 194 |
por aquí. Que le vamos hacer. Pues, ¡ánimo, hombre! ¡Hay que seguir, que le vamos a hacer”, repetía. Y así, se despedía, con aquella expresión tan bonita que tenia, medio sonriente, medio de tristeza. Aquel buen hombre les explicaba a las personas que se encontraban en el pasillo lo que le habían hecho a mi hijo, personas que lo miraban y saludaban de forma amable y cariñosa. “¡Pobre muchacho! ¡Pobre muchacho!”, decían. Y así, volvía a su habitación arrastrando todo su mal con un rostro que denotaba un gran dolor y agotamiento. ¡Cómo maldecía a aquellos “hijos de puta” de Guix y Rubio que le habían causado aquel terrible mal a mi hijo! ¡Cómo los maldecía!”. A pesar de sufrir auténticas paralizaciones, estando en el hospital, mi hijo más de una vez me había pedido para ir a dar un paseo por el “Paseo Marítimo”, “para ver el mar y los viandantes”, me decía. Íbamos con silla de ruedas, claro! También me había perdido que le llevara la máquina de fotografiar y que le llevara a dar una vuelta por el jardín del hospital que en aquella época era un jardín muy bonito, con árboles frondosos y centenarios, algunos traídos expresamente del Brasil. Arturo fotografió el jardín desde diferentes ángulos y la capillita de la Virgen del Mar a la que su abuela le llevaba flores. Los médicos se quedaban impactados ante el poder que tenia mi hijo de sobreponerse a su caótica situación, de poder salir de aquellos momentos tan críticos en los que parecía que todo se había terminado para él, y de la capacidad que tenía de poder disfrutar del mar, de los viandantes, del jardín… Se que los médicos se desesperaban viendo que no podían hacer nada por mi hijo; por aquel muchacho que luchaba tan desesperadamente para salvar su vida, aunque él ignoraba que la tenía perdida para siempre. El jardín y los árboles desaparecieron cuando remodelaron el hospital para convertirlo en el “Hospital Olímpico”. Todo fue tirado al traste a pesar de las voces que se levantaron del propio hospital para conservarlo. Voces a las que se unieron la de mi madre, la de mi hijo y la mía. ¡Todo fue inútil! Recuerdo que el capellán del hospital, un buen hombre que cada día venia a ver a mi hijo cuando estaba ingresado, estaba muy disgustado por todo aquello. Un día, cuando vio todos los árboles arrancados y tirados por el suelo, y los pájaros revoleteando alrededor de los nidos buscando a sus crías, dijo que, “se había cometido una autentica masacre”. Y tenía razón. No había necesidad de arrancar aquellos árboles con sus nidos de mala manera. Árboles que según me contaron, en aquella época traerlos expresamente del Brasil para el Hospital del Mar, costaron una fortuna. Un buen arquitecto lo hubiera podido solucionar sin destruirlos, pero… .....¡Cuántos sufrimientos de mi hijo se esconden en el Hospital del Mar!... Cuatro años y seis meses 195 |
de lucha desesperada, de esperanzas y desesperanzas, de entradas y salidas interminables con las ambulancias, miedos, esfuerzos sobrehumanos… ¡Todo tan inútil! Recuerdo aquellas noches en las que mi hijo se quedaba un poco dormido, sólo un poco dormido debito a tanto agotamiento, que yo aprovechaba para salir un ratito a la terraza del hospital. Iba a pensar!…Pensar!… Siempre pensando!… La terraza daba al paseo, delante tenia al mar. Aquel mar Mediterráneo tan nuestro y que siempre lo había encontrado tan bonito con sus salidas de sol. Recordaba que cuando Arturo era pequeño, más de una vez lo habíamos llevado a la playa para que viera salir el sol… No dormía pensando en la salida del sol… Y, ¡ahora!… ¡Qué triste me parecía!… Desde aquella terraza, vimos como empezaban las obras del Puerto para los JJOO. Decíamos que no las terminarían a tiempo. Cuatro años duraron las obras del Puerto. Mi hijo viviría cuatro años y seis meses. Seis meses más después de haberlas terminado. Recuerdo, ¿como no?, que tenía una gran ilusión para asistir a la inauguración de los JJOO. Me dijo que no dejara de comprar las entradas para no perdernos ni un juego. No pudo asistir ni a uno sólo. Los médicos que asistieron a la inauguración, le contaron como había ido. Él se lo agradeció mucho. Cuando mi hijo se dio cuenta de que ya no podría asistir a ningún juego, sin perder los ánimos, dijo: “A ver si por lo menos podemos asistir a la clausura”. ¡Pobre hijo mío! Sólo pudo ver el resplandor de los juegos artificiales y tan sólo de refilón desde la cama del Hospital del Mar, en una de aquellas entradas en las que no se sabía ni saldría con vida. Siempre expectantes y llenos de un terrible miedo y dolor!… .....Arturo salió una vez más de aquel inminente peligro y volvimos para casa de nuevo. Bueno, con el mismo peligro de siempre, pero un poco recuperado. Él, seguía recibiendo correspondencia de amigos que se quedaba sin contestar porque sólo coger los sobres se le caían de las manos y se entristecía mucho, y contestar las cartas, mucho menos. Siempre decía que ya les “contestaría más tarde”. Y, lo de siempre, cuando le decía que me dejara que les contestara yo: “No porqué sería una falta de atención por mi parte”. Arturo seguía recibiendo invitaciones a conciertos, a fiestas, algunas invitaciones de boda de algún amigo suyo que se casaba lo que le causaba mucha alegría. En algunas había asistido, sus amigos le habían venido a buscar para que estuviera en la boda y después lo traían de vuelta a casa. Eran buenos amigos, de la infancia. Un día, no se cómo, entre la correspondencia quedó un programa de música abierto encima de la 196 |
mesa de despacho: Anunciaba un concierto de Lluís Llach en el “Moll de la Fusta” (Puerto de Barcelona).
.....Concierto de Lluis Llach Al principio de esta petición, puse una excusa para ver si se la podía sacar de la cabeza, pero me dijo: “Madre, tú sabes que si pudiera ir sólo no te molestaría, pero no puedo y hace tanto tiempo que no voy a ningún concierto. Si me pudieras acompañar, “te lo agradecería tanto!… “¡Hazme este favor, madre!” ¿Cómo podía negarme si con toda seguridad seria el último concierto al que podría asistir? Pero, me preguntaba: ¿cómo llegaríamos con la silla de ruedas en medio de tanta gente como con toda seguridad habría? Cuando llegó el día del concierto, Arturo no quiso coger la silla de ruedas porque dijo que se encontraba más “fuerte”. Todavía me asusté más. Pero tenia que disimular porque sino, enseguida me preguntaba si era que alguna cosa mala pasaba o si no me encontraba bien y no podía hacerle aquella mala pasada si aquella salida le podía dar a su cruel vida un poco de felicidad. Ese día estaba sereno y muy animado, valía la pena probar y si podía disfrutar un poco del concierto!… Cogió las muletas y yo una silla plegable, no sabía si allí encontraríamos sillas vacías, y, el número de teléfono de la ambulancia; no estaba segura que ni hijo pudiera resistir mucho tiempo en el concierto, y por si acaso!… Pero con la ilusión, y con aquellas fuerza que sacaba de donde no sabias, aunque como un viejo lleno de achaques, aguantó todo el concierto. ....Se emocionó con las canciones de Lluís Llach y con la orquesta. Incluso al terminar el concierto, quiso ir a dar una vuelta por el recinto que estaba en fiestas, Incluso se puso a cantar bajío canciones de Lluís Llach que sabía, y las tenia olvidada y ahora le había venido a la memoria. De aquí a aquí, no se acordaba de nada y de aquí a aquí, le venían a la memoria las tetras de canciones, de poesías…, y eso era una gran “putada”, porque cuando él se daba cuenta de lo que le pasaba, le hacia sufrir. A veces, con todo lo que le pasaba, decíamos, bueno, lo decía 197 |
yo, que hubiera sido mejor que lo hubieran dejado loco del todo. No se!... A veces, pienso que decía disparates… La ilusión que sentía mi hijo en ésta y otras salidas, los esfuerzos tan grandes que tenia que hacer, además de tener que soportar los sufrimientos que le causaban su cuerpo tan maltrecho, le pasaban una gran factura!… Llegamos a casa, él, como se puede suponer, totalmente agotado, blanco con un sudor frió que me hacia temer lo peor… Cayó de bruces encima de la cama, todo y así, con voz que apenas sí se le oía, me dijo que no me preocupara porque estaba bien y que le había valido la pena el esfuerzo. Mi pobre hijo, siempre que le preguntaban, cómo se encontraba, decía que bien. Yo le decía que no tenia porque disimular, pero el me repetía: “Madre, no tengo porque amargar la vida a los demás contando mis historias. Bastante que lo tenéis que soportar vosotros. ¡Qué ganas, Dios mío, tengo que todo esto se acabe! ¡Qué ganas!” Él, tenía esperanza, y aunque a veces se desesperaba tanto que parecía que la perdía, rápidamente la volvía a recuperar. ¡Luchador hasta el final!
Empiezan las caídas aparatosas Si bien podíamos decir que las crisis de paralizaciones las teníamos controladas, algo muy importante porque tal y como tenia los huesos si se caía se le podían romper, hecho que he reflejado cuando he contado la “historia” del Hospital Pera Camps, a partir de un momento determinado, la musculatura le empezó a fallas estrepitosamente, y a pesar de que estuviera apoyado o bien agarrado en algún lugar o incluso cogido de mi brazo, se le doblaban las piernas y se desplomaba con tanta rapidez que no te daba tiempo a cogerlo. Estas caídas eran muy peligrosas, porque se había engordado mucho y caía como un peso muerto y por sorpresa. Otro sufrimiento añadido, porque estas caídas no avisaban. Y, aunque le seguían haciendo recuperaciones por aquello de hacer alguna cosa, la verdad es que nada servia para nada. La musculatura se estaba deteriorando también a pasos agigantados. Cuando parecía que ya no podía estar peor, pues sí, cada vez con cosas añadidas nuevas; ahora ni siquiera podía salir a andar un poco con la tranquilidad de no caerse. .....En un principio, yo dormía en mi habitación que se encontraba cerca de la mi hijo dejando las puertas de las dos habitaciones abiertas. Después, tuve que trasladarlo a la habitación de matrimonio que era bastante grande y yo con él. Así podia estar más pendiente, porque él, no era 198 |
consiente o no se acordaba de que podía caerse y por la noche se levantaba, se desorientaba, se daba golpes contra los muebles y al final se caía al suelo. Y, si se quejaba, como a penas se le oía, pues así estaba más tranquila. Todo y así, se levantaba despacio y si me quedaba dormida, me despertaban las golpes que se daba. Cuando le preguntaba el porqué no me llamaba, me decía: “Madre, es que te veo tan cansada que no quería despertarte”. Todo y tan enfermo, siempre preocupándose por los demás!... Otra noche que también me quedé dormida, lo cierto es que iba muy cansada, me despertó un golpe muy fuerte. Arturo se había levantado muy silenciosamente y se había caído. ¡Qué cuadro más doloroso! Estaba caído al suelo todo lo largo que era con la cara hacia arriba y sin poderse mover. Con las manos en la cabeza con un gesto de desesperación, llorando, iba diciendo: “Déu meu! Déu meu! Ajuda’m!” - “¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Ayúdame!”. En otra ocasión, oí unos gemidos. Otra vez, que cuadro tan doloroso!: mi hijo se había querido levantar como otras veces, y quedó medio colgado y retorcido en la cama sin poderse mover. Sólo gemía. Estaba tan pálido, tan acabado!… Maldije una y mil veces aquel par de asesinos sin alma ni conciencia que ni una sola vez, ni una sola quisieron saber cuanto sufría mi hijo. A la mañana siguiente de este hecho, llamé al doctor Oliveras, bien de hecho siempre le estaba llamando. Pero, que podía hacer, ¡pobre hombre! Por hacer algo, se le intensificaron un poco las recuperaciones…¡Nada! .....A pesar de las recuperaciones, que ya sabemos que no servían para nada, Arturo caía en cualquier lugar en que se encontrara: en un comercio si estábamos comprando algo, en mitad de la calle, al cruzar… Con aquello de que los médicos le decían que le era bueno caminar, pues él siempre que podía quería salir a caminar. Cuando se caía, eran varias las personas que venia a ayudarle a levantarse. Él, agradecido como siempre, recuerdo que les decía: “¡Gracias! Muchas gracias, pero no se molesten ¡por favor! ¡Muchas gracias!”. La gente que nos ayudaba nos miraba interrogantes, como preguntándose que era lo que le debía haber pasado a aquel muchacho tan atento y educado, pero nadie se atrevía a preguntar. Cuando se marchaba mi hijo me decía: “Qué amable es la gente, ¿verdad, mamá?”. Siempre tan agradecido… Pero todo y así cuando le decía de coger la silla de ruedas para evitar las caídas, no quería, porque decía que mientras pudiera andar, que él andaría que era lo que le decían los médicos. A veces se tenía que apoyar en la pared de algún edificio y pálido y sudoroso se ba deslizando hasta quedar sentado en el suelo. Los esfuerzos que hacía para intentar recuperarse eran dramáticos. Más de una vez, lo había tenido que dejar para ir a buscar la silla de ruedas. Naturalmente, nos encontrábamos cerca de casa. 199 |
Si se encontraba un poco más fuerte, aprovechábamos estas salidas para ir a comer en algún lugar bonito, a algunos de aquellos restaurantes que antes, con su neurosis nos había invitado. También habíamos ido a alguno de los que había en el Paseo de Colón, que ya han desparecido, creo que tan sólo queda “La Gamba” de Mariscal. Ha sido una pena que quitaran aquellos restaurantes, porque todo aquello era muy bonito. Pero, desgraciadamente para mi hijo, ni siquiera de este gozo podía disfrutar. La comida que escogía y que naturalmente era la que más le gustaba y disfrutaba, se le volvía con un gusto extraño y amargo que se le hacía imposible tragar. Me preguntaba desesperado: “¿Pero, ahora que es lo que me pasa? Yo no lo entiendo, cuando no es una cosa es otra. ¿Cuándo se acabara todo esto, madre? ¿Cuándo se acabará?”. Su cerebro, por la maldita radiación le jugaba todo tipo de malas pasadas. Tanto era así, que más de una vez se quedaba sin poder articular palabra. Recuerdo que una vez sentados en un bar, mi hijo quiso pedir los refrescos. Se quedó sin poder hablar, no podía articular palabra. Fue muy dramático y doloroso para mi hijo querer hablar y no poder. De todo esto los señores jueces no ha querido saber nada, si hubieran sido sus hijo!... Como que mi hijo se pasaba casi todas las noches sin apenas dormir debido al malestar y dolores que sufría, si durante el día me parecía que descansaba un poco, le dejaba la puesta abierta de la habitación y aprovechaba para hacer alguna cosa de la casa o quedarme con mi madre en la sala. A veces, al poco rato se levantaba como podía y se presentaba a la sala para darnos una “sorpresa”, decía. Otras veces, en plan de broma nos decía: “Creía que os habíais ido y os habíais olvidado de mí”. Yo ante esto le decía que no hiciera aquellas cosas, que me tenía que llamar porque un día se iba a caer y entonces “la íbamos a bailar todos”. Como que no me vio enfadada, siguiendo lo que consideró una broma, ¡pobre hijo mío! se quiso poner a bailar, se fue contra la librería de la sala, tuve que levantarme corriendo, y la broma terminó con un gran susto. Me dijo muy triste: “¡Perdonadme! ¡Sólo quería hacer una broma!”. Como ya he explicado en este libro, Arturo había bailado muy bien, sobre todo los bailes rusos en los que se necesita una gran agilidad y fortaleza, él ¡pobret1, a veces se creía que podía bailar como antes. Si no hubiera tenido tantos intereses, creo que el día a día, aparte de su “condena a muerte”, claro está, no hubiera sido tan dramático. Recuerdo como algunas veces mirándose al espejo y viendo su cuerpo tan destrozado, decía para sí mismo: “¡Quien me tenia que decir a mí, que me podría pasar una cosa como ésta!”. 200 |
Me pasaba todo el tiempo maldiciendo a aquellos que habían condenado a mi hijo a muerte y que además le estaban haciendo padecer tanto, pero había situaciones en que lo tenía que decir gritando, y una de estas situaciones, fue un día que también, pareciendo que se había quedado un poco dormido, salí de la habitación. De vez en cuando iba a vigilarle, la habitación estaba al otro lado de la sala donde, como otras veces me quedaba con mi madre. Convencida de que estaba durmiendo, dejé pasar un ratito, quizás más largo de lo normal. Pero se me ocurrió ir a buscar un libro en la biblioteca del despacho de su padre, en la que encontré el libro “El drama de la ausencia”. Cuando tuve el libro en mis manos, oí unos gemidos, fui corriendo a la habitación y me encontré con un cuadro que me dejó sobrecogida: Mi hijo se había querido levantar, se cayó y quedó medio sentado en el suelo; la espalda contra la mesita de noche, la cabeza caída hacia delante, se había orinado encima, estaba todo mojado y helado. Arturo que había sido una persona tan fuerte, tan inteligente e independiente ¿terminar de aquella manera?... Grité, viendo reflejadas en mi mente las carotas de aquellos malditos de Guix y Rubio: “¡Hijos de puta! ¡Hijos de puta! Os mataré!”. Levanté a mi hijo, y le pregunte: ¿pero hijo mío, porqué no me has llamado? Y, con una voz, débil, sin fuerza para salirle del cuerpo y sin fuerza para levantar la cabeza, me dijo: “mamá, yo ya te llamaba, pero tú no me oías”… No puedo sacarme de la cabeza lo que debía sentir mi hijo, estando allí solo, pidiendo ayuda y sin que nadie le oyera, ni describir la gran pena que me daba, ni tampoco puedo describir el odio tan grande que siento por los hijos de puta de Guix y Rubio. Recordaba tanto cuando él me decía que antes de ser un eficiente mental preferiría estar muerto!… Recordaba tanto cuando me pidió que si alguna cosa habían hecho mal los médicos que no les hiciera nada porqué, ¡pobres! lo habrían hecho sin querer y lo estarían pasando muy mal!... ¿Muy mal? Sinvergüenzas, ¿cuando ni una sola vez se interesaron por él, ni una sola vez preguntaron a los médicos del Hospital del Mar?
....Ya vamos hacia el final de la vida de mi hijo 201 |
En esta ocasión, Arturo se encontraba en casa como otras veces. Llamé al doctor Oliveras porque le veía muy mal y esta vez no quería ingresarlo. Él ya se asustaba mucho y yo también. Tenía miedo de que si lo ingresaba no saliera con vida. ¡Contradicciones mías! El doctor Oliveras hizo venia a su enfermera para que le extrajera sangre para hacerle una analítica. Mi hijo prácticamente estaba desecho. Esta enfermera, que conocía a mi hijo desde un principio, lo hacia muy bien, con mucha paciencia y cariño. Son atenciones añadidas que le debo al docto Oliveras, como así al doctor Ros que también mandaba a su enfermera cuando la necesitaba. Aunque, como siempre, “ya se sabía lo que había”, en aquel momento el doctor Oliveras quiso saber analíticamente como se encontraba. La misma noche de ese día, también llamé a su médico internista. El doctor vino a verle y también lo encontró muy mal. Me dijo: “Qué quiere que le diga si ya sabemos lo que hay: Pobre noi!” –“¡Pobre chico!”. Creo que por decirme algo, me dijo que esperáramos los resultados de los análisis. Sin tener todavía los resultados de los análisis, al día siguiente de la visita de los médicos, mi hijo, en un estado de desasosiego no conocido en él, me pidió ¡por favor!, salir a la calle. Me pidió que lo llevara a la Plaza de Cataluña. Pensé: ¿quizá quiere hacer como una despedida?... No lo sé, pero algo muy malo le estaba pasando por la cabeza. Sin decirle nada le ayuda a asearse y a vestirse. No decía nada pero estaba como de mal humor, cosa no frecuente en él. Llamé a un servicio de taxis y fuimos a la Plaza de Cataluña tocando a las Ramblas. Arturo sólo cogió el bastón. Sin estar en condiciones de poder andar, se apoderó de él algo tan extraño que hizo que empezara a andar por las Ramblas hacia abajo, yendo de un lado para otro sin rumbo fijo, sin saber a donde iba. Además iba deprisa, cosa que hacia tiempo que no podía… En esta ocasión nos acompañaba una amiga nuestra de años que estaba asustadísima viendo a Arturo de aquella manera tan desconocida en él. Cruzó por delante de un autobús sin poder cogerlo, nos dio un susto de muerte, al poco, apoyado en una pared, quedó como medio desmayado. Lo cogimos y con un taxi lo llevamos para casa. Estaba exhausto. Se quedó en la cama con los ojos cerrados… ¿Qué no tenia que haber accedido a su petición en aquel estado? Seguramente. Pero, ¿qué podía ser peor de lo que ya tenía encima? Creo que no tenía porque prohibirle una cosa que en aquel momento necesitaba tanto. .....Cuando llamó el médico internista para saber cómo estaba Arturo y le conté lo sucedido, primero se quedó en silencio, después me dijo que no se lo podía creer, porque cuando él lo vio estaba para ingresas en el hospital pero no me lo había dicho para no asustarnos. Que parecía 202 |
irreal la resistencia que tenía mi hijo. “¡Pobre chico! ¡Pobre chico!”, terminó diciendo, como siempre. Del laboratorio me llamaron para que fuera a recoger los análisis. Me dijeron que los llevara rápidamente al médico. Les pregunté que era lo que veían para darme tanta prisa. Me contestaron: “Llévelos a su médico, él les dirá”. Se los llevé rápidamente al doctor Oliveras. Los resultados eran de gravedad extrema, bien, esto ya había sucedido otras muchas veces, pero en esta ocasión lo quise ingresar en el hospital. ¿Por qué? No lo se. Los médicos ya no me podían decir nada que ya no me hubieran dicho antes. Pero aquella situación tan angustiante, dolorosa, terrible que hacia tantos años que sufríamos, principalmente mi pobre hijo, no sé si, afortunadamente o no, estaba llegando a su final. Éste seria el último ingreso de Arturo en el Hospital del Mar.
Arturo volvía a ingresar en el Hospital del Mar .....El doctor Oliveras me llamó a su despacho. Mi hijo me preguntó inquieto: “¿Es qué pasa algo, madre?” Le dije que estuviera tranquilo. Recuerdo su mirada tan angustiosa diciéndome: “¡Madre, no me engañes, ¡por favor! Dime si pasa algo que yo no sepa”. Le repetí que estuviera tranquilo, no obstante, se fue angustiando tanto que, cuando salí de la habitación para ir al despacho del doctor Oliveras, sin apenas sostenerse, salió detrás de mi como aterrorizado. Las 203 |
enfermeras tuvieron que ir a socorrerle rápidamente para evitar que se cayera al suelo. ¡Era tan dramática la situación de mi hijo! ¡Pero tanto!... El doctor Oliveras me llamó para explicarme lo que realmente estaba pasado en el cerebro de mi hijo. Yo me dije: “si ya lo sé, pero ¿qué más le puede pasar a mi hijo si ya está todo dicho? Pero sí, desgraciadamente había más. El doctor Oliveras me explicó que el extenso edema estaba tan lleno de líquido encefalorraquídeo, que si no se le operaba para vaciarlo, podría empezar a sufrir fuertes dolores de cabeza que añadidos a los que ya tenía podría ser todavía más terrible para él. La operación era para quitarle la presión y procurarle un final menos doloroso. También habían pensado aprovechar la operación para extirparle las células quemadas que les fuera posible: “menos quemado menos daño”. Había llegado el momento en que la Dexametasoan ya era inútil. Mi hijo estaba llegando a su auténtico final… No obstante, era yo la única que debía decidir si se le operaba o no. Me dijo que entendía que era una decisión muy difícil de tomar, pero era yo la única que podía decidir por él. Que me lo pensara y cuando lo tuviera decidido le dijera alguna cosa al respecto. Entre tanto escuchaba al doctor con mucha atención, la cabeza me empezó a bullir y a dar vueltas. En medio de aquella nebulosa negra en la que me iba envolviendo, me pregunté: ¿Qué me dice el doctor? ¿Qué mi hijo tiene que pasar por una operación para morir igualmente? ¿Y si no le operaba sería peor para él? ¿Es que mi hijo no ha tenido bastante, para que ahora tenga que pasar por esto? Pero, ¡claro!, era yo la que tenía que decidir. Y, decidir ¿qué? Por otra parte me asaltó otra duda que le planteé al doctor Oliveras. ¿Y, si por aquellas cosas, mi hijo no muere y se le vuelve a llenar el edema, se tendría que operar otra vez, y así una y otra vez? El doctor no supo que contestarme, pero su mirada me estaba diciendo, “¿es que no se ha dado usted cuenta de que su hija ya se esta muriendo?”… Pensé, si ¡claro! ¡Pero esto ya me lo habían dicho tantas veces!… Pero ahora sí parecía que era su auténtico final, pero… todo y así en mi interior no podía aceptarlo, es decir, no me lo quería creer del todo. ¡No podía! Pero esperaban una respuesta y tenia que darla. Repitió que yo era la única que podía decidir. .....Antes de volver a la habitación con mi hijo, que con toda seguridad me estaría esperando con una angustia terrible - como me confirmaron después las enfermeras -, me fui a caminar por el 204 |
Paseo Marítimo. Bueno, a andar y a pensar, a pensar que era lo que tenia que hacer. Me preguntaba y me repetía una y otra vez: ¿yo tenia que decidir si le habrían el cerebro a mi hijo o no, para eso, para morir igualmente? Y, ¿si no daba la autorización y después mi hijo empezaba a padecer dolores de cabeza que lo pudieran volver loco?… Estuve rato y rato andando, con unas dudas tan grandes!. La cabeza estaba a punto de estallarme. Estaba hundida… Además, ¿quien era yo para decidir una cosa tan importante, no importante, tan grave como esta sin el consentimiento de mi hijo, cuando en realidad era él el único que tenía derecho a decidir? Pero si se lo preguntábamos teníamos que decirle la vedad del porqué y esto, ya se sabe que no podíamos hacerlo, hubiera sido muy cruel. Además, tampoco se garantizaba que saliera con vida de la operación. Entonces, ¿cómo se lo íbamos a explicar? Al final, di mi consentimiento: ¡Después, me he arrepentido y me arrepentiré mientras viva! .....Si por lo menos hubiera podido tener una bola de cristal verdadera para saber y poder decidir sobre lo que podía ser mejor para mi hijo?… Pero no la tenía, y una vez ejecutada la decisión, tienes que apechugar con tus remordimientos y esto, aunque los remordimientos ya no le vayan a servir para nada al pobre que se le ha hecho el daño. Aunque he de decir, también, que no intentar nada!… Resultaba muy difícil no intentar nada sabiendo que sus sufrimientos todavía podrían aumentar cuando esto parecía que ya era imposible. Pero es que la situación de mi hijo y de los médicos era más que difícil, era de desesperación total. Di mi consentimiento, y aunque no le podíamos decir la verdad sobre la operación, alguna cosa le teníamos que decir a mi hijo. El doctor Oliveras y yo se lo explicamos como pudimos. No voy a explicar exactamente cómo se lo planteamos, porqué no me acuerdo, fue tan difícil darle una explicación que pudiera entender y que no le asustara. Lo que sí puedo decir es que fue muy duro: mi hijo nos escuchaba con aquella mirada tan interrogante, tan triste, de una persona tan indefensa, tan asustada… La verdad, fue muy duro. Al final mi hijo sin entender demasiado el porqué de todo aquello, aceptó resignado. Pensó que si el doctor Oliveras se lo aconsejaba, debía de ser bueno para él. De momento se quedó conforme. .....Pero después, al rato de que el doctor Oliveras se marchó, empezó a llorar amargamente, y con una mirada profunda hasta el tuétano, todavía con signos de inteligencia, me preguntó: “Pero ¿por qué de todo esto, madre? ¿Por qué? Yo no lo entiendo. No entiendo nada de lo que me decís. Ahora una operación, pero ¿qué es lo que tengo? ¡No me decís la verdad! Siempre me estáis engañando!”... ¡Qué puedo decir!… Le veía tan indefenso, tan acabado... 205 |
.....Intenté calmarle, darle una explicación en la que pudiera confiar. No sé si lo conseguí. ¡Ni si tenia derecho a hacer lo que estaba haciendo!”… Una vez di mi consentimiento, se produjo un hecho extraño. Un médico de confianza, me contó que el hospital se encontraba con el conflicto de que ningún médico cirujano quería tocar a Arturo por miedo a que se le pudiera quedara muerto en la sala de operaciones. Nadie quería asumir este riesgo. Pregunté qué era lo que se hacía en estos casos. Al parecer tenía que ser el juez, el que tenía que decidir. Me quedé muy sorprendida. Pero al final, los médicos del Mar, decidieron aceptar la responsabilidad porque consideraron que después de tantos años de atenderlo, no estaba bien ahora dejarlo en manos de otros médicos que no le conocían de nada. Recuerdo que le dije a la doctora que iba a operar, para tranquilizarla, que no se angustiara, que si alguna cosa no salía bien que entendería que no era su responsabilidad. Todos sabíamos como estaba Arturo.
...La operación:Un hecho duro, doloroso y dramático .....Llegó el día de la operación. Le estuve animando y tranquilizando, demostrando, por mi parte, una actitud de, “como si no pasara nada”, lo que no se si a mi hijo le hacia bien, podía darle a pensar que yo no me enteraba de sus sufrimientos y de sus miedos. En realidad, no se si quería darle valor a mi hijo o dármelo a mi misma porque estaba muerta de miedo. Acompañé a mi hijo junto a la camilla hasta la puerta de la sala que precedía al quirófano. Por el camino él me miraba insistentemente con una mirada de infinita tristeza. No me decía nada, sólo me miraba. Tenia que haberle hablado más, él era una persona muy cariñosa y llena de ternura… Le cogí las manos, se las apreté y él también hasta donde pudo… Antes de entrar en la sala, le di un beso en la frente y le dije: "Hasta luego, hijo mío" . Él tambien me besó. Se lo llevaron, me fue siguiendo con la mirada hasta que se 206 |
cerró la puerta tras de él. Me senté en un banco que había en el pasillo enfrente mismo de la puerta por la que habían entrado a mi hijo. Esperaba que de un momento a otro, alguien me dijera algo. No se sabía si mi hijo saldría con vida de la operación. Esperaba, pero nadie me decía nada. Al cabo de mucho rato – dos horas -, salió un enfermero de quirófano. Era un muchacho al que le teníamos mucha confianza, le conocíamos desde el principio, nos tenía mucho aprecio. Le pregunté angustiada, si ya estaban terminando. Me contestó que “justo acababan de empezar”. “Que tenía las venas muy mal y hasta aquel momento no le habían podido poner la vía”. Me quedé aterrada. Pensé inmediatamente: Mi hijo, sin saber el porqué estaba allí, solo, muerto de miedo como estaría, intentando durante dos horas pincharle una y otra vez, y sin que nadie me dijera nada. ¿Por qué no me comunicaron lo que ocurría? Yo hubiera podido avisar al doctor Oliveras de lo que pasaba y con toda seguridad hubiera enviado a su enfermera para ayudar a mi pobre hijo, pero no me dijeron nada. ¡Mi hijo! muerto de miedo como estaría; yo le hubiera podido hacer un poco de compañía, consolarlo, ayudarle en la soledad que debía sentir, darle ánimos... Mi hijo, allí solo, padeciendo tanto y yo sin saber si le volvería a ver con vida!… Cuando a una persona la tiene que operar y sabe el porqué, es una cosa, pero cuando una persona se encuentra en una sala de operaciones y ni siquiera sabe el porqué, ha de ser terrible. Mi hijo, que había sido tan autosuficiente, que no aceptaba el engaño, que respetaba los derechos de las persona hasta el extremo, y ahora, él, sin tener ninguna opción para poder decidir nada sobre su persona, sin ningún derecho para poder decidir... Es una más de aquellas cosa terribles que tengo clavadas en el corazón. Los médicos y el personal sanitario del Hospital del Mar, siempre se habían portado muy bien con mi hijo, diría que con deferencia y todo, dándonos todo tipo de facilidades. Les daba mucha pena mi hijo, primero, por lo que le habían hecho aquellos malditos, pero también por lo bondadoso y atento que era con todos, pero en aquella ocasión, no se portaron muy bien. Ellos sabían que Arturo podía morir. Me tenían que haber dejado estar con él al menos hasta que se hubiera dormido., pero… .....Es posible que sea un poco injusta con los médicos y las enfermeras que estaban con mi hijo, porque les conocía bien y eran buenas personas, pero en aquella ocasión…, no se! Eran momentos muy duros, muy difíciles para mi hijo, podía ser su final y aunque yo ya lo asumía, aquello de tener que ir pinchándole sin encontrar la vena, tanto rato, allí, sin nadie de la familia 207 |
para poderle consolar un poco.... Me imagino que fue terrible para mi hijo. Si hubiera muerto entonces, que solo y abandonado se hubiera encontrado en el final de su vida!… Todo esto es lo que les debo a los malnacidos de Guix y Rubio. ¡Todo esto! Entretanto esperaba, no quería pensar en nada, ¡en nada! Pero sin querer, me vinieron recuerdos y hechos vividos en este hospital y como todo el personal sanitario sin excepción había sido siempre tan compresivo con mi hijo… Ahora, recordaba un hecho que alteró un poco la planta en la que se encontraba ingresado. Fue en uno de aquellos ingresos en los que no se sabía si saldría con vida. Siempre con un sobresalto y un dolor en el corazón. Después de la muerte de su padre que, como ya he contado en otro capítulo, murió de un infarto de miocardio según los médicos debido al tabaco, Arturo hizo todo lo posible para dejar de fumar y prácticamente lo consiguió. Para no perder el tiempo, empezó directamente con un régimen vegetariano que le habían recomendado y que cuando lo enseño a sus amigos, éstos apostaron a que no lo podría seguir. Era un régimen “draconiano”, a base de zumos de naranja, limon, zanahorias, etc. dificilísimo de tomar. Para que tuviera éxito se tenía que seguir al pie de la letra; no podías fallar ni una sola toma. Todos estábamos expectantes! Quince días duraba este régimen. Los últimos días parecía que ya iba a tirar la toalla, pero…, lo consiguió. Y, sí, le dio resultado! Estuvo bastante tiempo sin fumar, después algún cigarrillo de vez en cuando, pero pocos, parecía que los podía controlar. Y cuando apareció la radionecrosis dejó de fumar del todo, es decir, ya no le apetecía, ni siquiera lo nombró más. En el ingreso que nos ocupa, cuando se recuperó un poco, por cosas de esas extrañas que le pasaban en su cabeza, sintió un repentino deseo de fumar: qué cosa más extraña, después de tanto tiempo de ni siquiera nombrarlo!… Arturo me pidió un cigarrillo. Me sorprendió. Como que estaba en cama, no se podía levantar y estaba prohibido fumar en las habitaciones, le pregunté al doctor Oliveras si le dejaría fumar un cigarrillo, aunque tan solo fuera uno. El doctor, comprensivo como siempre y buena persona que era, me dijo: “Que fume todo lo que quiera. Si… ¡Pobrecito!"… .....Arturo empezó a fumar, pero de una forma compulsiva: un cigarrillo detrás de otro, aunque la mayoría se le iban cayendo de los dedos sin apenas haber dado un par de caladitas. Las enfermeras que iban entrando y saliendo de la habitación, le decían: “No sabemos que es lo que nos pasa cuando entramos en esta habitación que no vemos ni oímos nada, no nos enteramos de nada. Tú tranquilo, Arturo.”. Claro, se lo decían para que no se angustiara con esto del fumar. En los momentos más claro, Arturo les hacia una sonrisa de complicidad. Era una forma de darle las 208 |
gracias. Entretanto, los enfermos de la planta que podían salir al pasillo, con sus familiares venían a estar un ratito con él, pero le decían que era un “enchufado”, que a ellos no les dejaban fumar en la habitación, y que si de ahora en adelante cuando ellos estuvieran en cama no les dejaban fumar, harían una “protesta”. Mi hijo, escuchándoles con aquella sonrisa que le iluminaba el rostro y algo divertido, les decía. “Pues, ¡Hombre! Me parece muy bien”. En realidad, tampoco se enteraba demasiado de todo lo que le decían, pero él seguía la corriente. Lo que agradecía sobremanera, era el ratito que se quedaban con él. De esto era muy conciente. Alguna vez, cuando alguno de estos paciente “desaparecía”, ya nos podemos imaginar porqué, él sufría pensando en que si podía haberle pasado algo malo. En alguna ocasión tuve que engañarle diciéndole que ya le habían dado el alta, y que cuando fue a despedirse, él estaba dormido. Que habíamos quedado en que ya nos llamaríamos por teléfono. En alguna ocasión vi como le saltaban las lágrimas. No siempre le podía engañar tan fácilmente. Me vino a la memoria otra ocasión, en que mi hijo ingresó de urgencia, esta vez por quedarse sin poder orinar, con unos dolores terribles; no podían conseguir que orinara de ninguna de las maneras, creían que la radiación estaba tocando puntos vitales y que ya estaba todo perdido. Si no conseguían que orinara, era el final para mi hijo! Pero la naturaleza de Arturo reaccionó una vez más, pudo orinar y de momento se salvó. Cuento este hecho, porque el que Arturo consiguiera orinar, causó una gran “movida” entre el personal del hospital: se iban pasando la voz de unos a otro con gran alegría: “Arturo ya ha orinado!… Arturo ya ha orinada”…Todavía parece que los oigo ahora: “Arturo ya ha orinado!”…Pensaba: aquellas buenas personas preocupándose tanto por mi hijo y,… ellos, los malditos que le causaron este daño tan cruel, tan horroroso, ni una sola vez preguntaron por él, ni una sola vez! Mientras estaba absorta en estos pensamientos, me comunicaron que mi hijo había salido con vida de la operación. ¡Qué gran descanso! ¡Dios mío! Y qué gran alegría! ¡Si mi hijo no podía morir!… Me explicaron que tan solo abrir, saltó a presión una cantidad de líquido impresionante. Pensé, ahora quizás mi hijo podrá descansar tranquilo. Bien, estaba deseando verlo, estar junto a él. Pero, también me pregunté: ¿Qué pasara ahora con mi hijo? Me quedé en silencio, esperando… 209 |
A mi hijo, que se le operó para evitarle el máximo de sufrimientos en aquel camino imparable y doloroso hacia la muerte, se le añadieron nuevos sufrimientos: dejo de comer y beber por sí solo, se le tuvo que administrar alimento a través de la sonda nasogástrica que inconscientemente a veces se arrancaba por el malestar que le causaba, y que volvérsela a poner era un martirio. Tenia los tejidos tan mal, que un pequeño roces le causaba un gran dolor. En una de las ocasiones, fue terrible volvérsela poner, no atinaban y empezaron a salirle borbotones de sangre por la nariz y la boca, parecía que se iba a ahogar, me miraba aterrado, yo solo atinaba a decirle: ¡Aguanta! Arturo. ¡Aguanta!… Después de la operación, mi hijo perdió la alegría que siempre demostraba cuando salía de sus momentos más críticos. Perdió su sentido del buen humor, que ni siquiera en momentos muy difíciles había perdido. Después de la operación, se produjo una escena tan desgarradora, que hasta dejó a los médicos que estaban con él, llenos de amargura. Creo que fue el momento en que mi hijo de verdad se dio cuenta de que podía o iba a morir. Mi hijo, ya pálido como un muerto, con la sonda nasogástrica puesta y llorando, se abrazó a su médico, doctor Ros, y le suplicó: “¡Ayúdeme, por favor! ¡Ayúdeme!”. La escena fue dramática a más no poder. Ya nada podía ayudar a mi hijo, ni siquiera el tan temido corticoide Dexametasona. ¡Nada! ¡Todo se había terminado! Sentí una soledad inmensa, sentí que estábamos solos, como abandonados en medio de la nada, sentí un gran escalofrió. ¿Qué sería ahora de mi hijo? Pasaron unos pocos días desde de la operación y me volví a llevar a casa. Ya no volvería a ingresar. Era la despedida definitiva del Hospital del Mar. Al decir que estábamos como abandonados, no lo digo por los médicos, ¡no! Ellos nunca nos abandonaron, lo digo porque ya no nos quedaba nada para recurrir, que todo se había acabado para mi hijo. Todo y así, Arturo, aquel ser extraordinario que se negaba a morir, todavía viviría un par de meses más… .....Arturo seguía con la sonda nasogástrica puesta, pero ni con la sonda podía alimentarse: lo vomitaba todo acompañado de una cantidad de mucosidades que le ahogaba. Para que no se muriera por no comer - como si dependiera de eso! -, cuando me parecía que estaba un poco 210 |
dormido, con mucho cuidado le introducía por la sonda, un poco de leche, de zumo de fruta, de caldo de pollo, todo lo que me parecía que le podía alimentar, pero rara era la vez que no se despertara y que no me reprendiera. La cabeza, dentro de su demencia, todavía le funcionaba para su mayor desgracia. Recuerdo sus ojos que habían sido tan bonitos y luminosos, como ahora me miraban tan apagados y tan llenos de tristeza mientras me decía: “Madre, esto que haces no debes de hacerlo. Sé que lo hace por mi bien, pero no lo hagas ¡por favor! No se puede utilizar la voluntad de las personas cuando éstas no están en condiciones de decidir por ellas mismas. Yo te lo agradezco, pero avísame antes. ¡Te lo pido por favor!”. Mi hijo me decía que no se podía utilizar la voluntad de las personas cuando no están en condiciones de poder decidir por ellas mismas, y yo decidí por él, algo tan grave como fue su operación y cuando no tenía ningún derecho. Se que todo se hizo con buena intención, ¡como no! Con toda la buena fe del mundo, pero yo no tenia ningún derecho. Él tenía que morir igualmente. No era para salvarle la vida. ¡No tenía ningún derecho! Llamé al hospital haciendo caso a lo que me decía mi hijo, y en el hospital me dijeron que si no podía desembozarla, vendrían ellos a cambiársela. Le expliqué a mi hijo - que como cuento estaba tan sereno -, lo que me habían dicho en el hospital, pero también le dije que lo iba a intentar una vez más, a la vez que le pregunté: Arturo, ¿si no puedo desembozarla, no podrías intentar comer un poco sin la sonda?”. Me dijo que lo intentaría. Seguí intentando desembozar la maldita sonda inútilmente. Al ver que no podía, me dispuse a retirársela yo misma como había quedado con mi hijo, no hacia falta que vinieran del hospital. Pero mi hijo, que estaba tan sereno y consciente, dio un vuelco, cogió mi mano todo lo fuerte que pudo y, como aterrorizado, me dijo: “Pero, ¿qué haces, mamá? ¿No ves que no la puedes quitar, no ves que esta clavada con clavos?”. Fue terrible! Mi hijo se creía o notaba que tenia la sonda clavada con clavos. Al final pude desembozar la sonda y mi hijo pudo descansar y nosotros también, pero mi hijo tuvo que vivir la tortura de creer que tenia la sonda clavada con clavos en su rostro… .....Otra, de tantas noches, ¡con que amargura la recuerdo! Con mí miedo de que se muriera por no alimentarse, sin hacer caso a mi hijo, por mi tozudez, intenté introducirle un poco de alimento por la sonda: Empezó a vomitar, la cabeza no se le aguantaba, se ahogaba por culpa de la mucosidad que se le hacia. Fue terrible ver a mi hijo en aquellas condiciones. Fui a buscar unas toallas al baño que estaba en la misma habitación, y sin pesar en que mi hijo me podía oír, dije desesperada: “¡Qué gran desgracia, Dios mío! ¡Qué gran desgracia!” El que me oyó, ¡pobrecito! tan acabado como estaba, me dijo llorando desconsoladamente: “¿Soy yo la desgracia, verdad, mama? Pero, ¿por qué soy la desgracia?”. Me maldije mil y mil veces. Intenté calmarle. Le dije: “¡claro que no eres tú la desgracia, hijo mío! ¡Cómo has de ser tú la desgradia!"...
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.....Situaciones dolorosas a más no poder… Y, ellos, ¡los malditos!, entretanto, disfrutando a través del dolor y del dinero de sus víctimas, felices y protegidos descaradamente por los “estamentos judiciales”… ¡Una gran injusticia de nuestra llamada Sociedad de Derechos Humanos!! Durante el camino tan doloroso al que condenaron a mi hijo, él fue perdiendo la vista. Cuando mi hijo se dio cuenta, porque para encontrar alguna cosa tenía que ir palpando, espantado me preguntó: “¡Madre! ¿Qué quizás me quedaré ciego?”. Y, yo, mintiendo como siempre, le dije que, “no se asustara, porque era una cosa pasajera!”… ********** Dentro de tanto dolor y sufrimiento y estando al límite de su vida, pero con aquel espíritu de lucha que no se extinguía, mi hijo, seguía pidiéndome para salir a la calle. Como ya he contado, siempre me decía que, “salir a la calle y ver a la gente le ayudaba a sentirse mejor”. Después de la operación, salimos un par de veces con la silla de ruedas y la sonda nasogástrica puesta. Éramos como una especie de atracción, además, mi hijo ya tenía la muerte reflejada en el rostro. En este par de veces, tuvimos que regresar a casa más bien deprisa, porque no se aguantaba por lo débil que estaba y por como tenia el cerebro de destrozado. Todo y así, él, no quería dejar de luchar. No cabe duda de que su desesperanza era grande! Pero el seguía con la lucha de cada día! .....Recuerdo, que dentro de este poco tiempo de vida que “tenía regalado”, vinieron unas primas nuestras que vivían en Méjico. Eran muy queridas por nosotros, y antes, cuando Arturo estaba bien, “con sus neurosis”, las acompañaba con el coche a visitar distintos lugares de Cataluña. Nuestras primas venían una vez al año. En esta ocasión, habían dejado su coche en una de las plazas nuestras del “parquing” de casa. Cuando ya se tuvieron que marchar, Arturo, para despedirse de ellas, quiso bajar al “parquing”, al que se accedía por el ascensor desde el piso. Ese día no quiso coger la silla de ruedas. Dijo que “se encontraba bien”. Llevaba la bata de estar por casa y zapatillas y la sonda puesta. Estuvieron hablando un ratito, y mi hijo, con semblante todavía risueño, les dijo que, “como al año siguiente ya estaría bien del todo, las podría acompañar como hacía antes”. Les prometió que “volverían a visitar el Monasterio de Montserrat”. Lo decía convencido, todavía tenia esperanzas!…Nuestra primas tuvieron que hacer un gran esfuerzo para contener el llanto. Sabían que se estaba muriendo! Se abrazaron fuertemente y se despidieron hasta el próximo año. Ese día que 212 |
estaba animado, no quiso regresar al piso con el ascensor; quiso salir a la calle y entrar por la entrada principal. Tuvo que dar un pequeño rodeo, pero se cogió fuertemente de mi brazo y muy despacio, recorrimos el trocito que separaba la salida del “parquing”, de la entrada. Me dijo que quería respira el aire de Barcelona desde la calle. Decía que: “¡Qué bueno me es!”. Siempre había sido un gran enamorado de su ciudad natal, Barcelona. Le recuerdo como, ¡pobre hijo mío!, cogido muy fuerte de mi brazo y sonriente, me decía: “Mira, madre, que tú y yo somos la “coña”. ¡Salir así a la calle!”. Con tan poquita cosa era feliz!… Entretanto, los vómitos que padecía mi hijo no cesaban. Su médico internista le recetó unas pastillas que en aquella época eran de las más caras del mercado. Fui a buscarlas a la Seguridad Social. El médico, cuando vio la receta, me preguntó quien padecía cáncer en mi familia. Le dije que no se trataba de cáncer, y cuando le expliqué el caso de mi hijo, no se lo podía creer; tuve que enseñarle el informe de los médicos del Hospital del Mar donde constaba el diagnóstico de, “Lesión cerebral por radionecrosis diferida profunda e inoperable”. Me dijo que si no hubiera visto el informe del hospital no se lo hubiera podido creer. Desde entonces es mi médico de cabecera: ¡una muy buena persona! Debido a que ni con las pastillas ni con nada los vómitos cesaban, nos planteamos, con el doctor Oliveras, la posibilidad de retirarle la sonda nasogástrica, quizás la sonda le provocaba los vómitos y aquel malestar tan grande que tenía añadido. Me dijo que haría venir a una enfermera para retirársela, y luego que intentara alimentarlo con las poquitas cantidades que pudiera tomar. Cuando el doctor vino para ver a Arturo, y decidir también lo que íbamos a hacer con la sonda, mi hijo empezó con aquello vómitos tan terribles que le ahogaba. El doctor, al verle, dijo que no lo podíamos mantener en aquellas condiciones y que él mismo le iba a retirar la sonda. Pero, cuando el doctor se dispuso a retirarla, mi hijo prefirió que lo hiciera yo. El doctor le dijo que si tenía que esta más tranquilo, no había ningún problema. Mi hijo, siempre atento a no herir los sentimientos de los demás, le dijo al doctor: “No se moleste, ¡por favor! No ignoro que usted lo hace muy bien, pero en este caso preferiría que lo hiciera mi madre”. El doctor Oliveras le dijo que no se preocupara y que estuviera tranquilo. .....Con un gran miedo de que le pasara lo mismo del día en que se creía que tenia la sonda clavada con clavos, me dispuse a sacarle la sonda muy despacio, pero aquella sonda no terminaba nunca de salir, al final terminó de salir con el último tramo negro, negro. Pienso lo que tenia que hacer 213 |
aquello en el estómago de mi hijo. Mi hijo se quedó descansado, al menos aquellos vómitos tan llenos de mucosidad que le ahogaba, cesaron. El doctor Oliveras tenia razón al pensar que la sonda le podía provocar aquella mala situación. Siempre los grandes contrasentidos de la medicina! El doctor Oliveras, como siempre, atento, comprensivo y cariñoso con mi hijo hasta el final de sus días. Recordaré que nuestra casa se había convertido en una “anexo” del Hospital del Mar. A Arturo ya se le acaba el tiempo: El doctor empezó a darle conversación para ver como reaccionaba, y Arturo iba contestando a sus preguntas. Hablaron de varias cosas. Arturo era coherente. Comentaron las noticias que salían en los medios de comunicación, y el doctor le dijo que, cuando a él, una noticia le parecía interesante, la guardaba, hacia como una especie de colección. Arturo le dijo que él también lo hacia, y era cierto. Cuando Arturo podía salir a la calle, compraba los periódicos y revistas que a él le podían interesar; cuando no podía, se lo compraba yo. Muchas veces, debido a su estado se quedaban sin abrir. Últimamente, tan sólo podía leer los titulares, porque apenas veía, y las gafas no le servían para nada, puesto que no era cuestión de gafas. Esto, lógicamente, en sus momentos digamos “buenos” (¿…?). Todavía, hoy día, tengo guardados sus recortes y revistas. .....Durante unos minutos, Arturo habló con mucha coherencia, muy bien, muy agotado, pero muy bien. Pero se fue angustiando y como si se apoderada de él un gran desasosiego, inesperadamente, se levantó y empezó a andar de una lado para otra de la habitación, deprisa dándose golpes contra la pared y los muebles. Me levante rápidamente para cogerlo y llevarlo a la cama otra vez, pero el doctor me dijo que lo dejara un sólo instante. Y entonces hizo algo muy especial: hizo unos gestos como si, con un “florete” en una mano y con la otra en la cintura, se batiera con un contrincante imaginario. El doctor se quedó impresionado, incluso me preguntó si era que Arturo había tomado lecciones de esgrima, “porqué se le veía un buen estilo”, le dije que si, pero lo que menos me importaba en aquel momento era lo del estilo; cogí a mi hijo y lo llevé a la cama. Estaba blanco como el papel y mareado. Volvió a la realidad, y como si no hubiera 214 |
pasado nada, le dijo al doctor: “Le agradezco que me hay venido a ver, pero hoy me tendrá que perdonar, porqué no me encuentro muy bien”. Le ayudé a ponerse en la cama y se quedó con los ojos cerrados. El doctor, una vez más, como todos, dijo: “¡Pobre chico, qué pena más grande da! ¡Qué desgracia más grande ha tenido!” Mi hijo, sin apenas comer y beber muy poco, todavía seguía luchando. Se levantaba como podía de la cama… , decía que tenía que hacer cosas…, que tenía que estudiar…, se sentaba al piano para tocar un poco pero tenía que dejarlo porque no se aguantaba..., miraba la correspondencia que se quedó sin contestar…, me preguntaba si le acompañaría a tal o a cual sitio, lugares que el recordaba… Era una lucha angustiosa y constante la de mi hijo. Todo se le revolvía en su cabeza, todo era un caos, todo agolpado ahí como negándose a desparecer… Algo muy terrible y doloroso para mi pobre hijo. ¡Aquel buen y noble muchacho!... He de decir, que durante todos estos años pasados, dentro de su estado tan doloroso, Arturo consiguió tocar alguna pieza al piano, no entera, pero sí un trozo bastante largo, lo que incluso le emocionó al ver que todavía podía tocar, aunque después cuando volvía a intentarlo y ya no podía, como solía ocurrir, se entristecía y acababa con los ojos llenos de lagrimas y con las preguntas de siempre: “Madre, ¿por qué me pasan estas cosas? ¿Por qué me encuentro tan mal? ¿Qué razón hay para todo ello?”. Otras veces me había preguntado; “¿Es que quizás he tenido un accidente con el coche o con la moto y no me acuerdo? ¿Una caída esquiando?” Preguntas todas que quedaron sin la respuesta verdadera. La que le daba, no sé si le convencía… No lo sé…
Su Final .....Faltaba muy poco para Navidad. Arturo tenía la ilusión de hacer la lista de regalos para la familia y amigos: Navidad y Reyes. Ese día se levantó de la cama y se dispuso a hacer la lista para no olvidase de nadie. Pero me dijo que “notaba que la memoria le fallaba”. El bolígrafo se le cayó de las 215 |
manos tanta veces como lo cogió…Me preguntó si le podría ayudar a confeccionar la lista puesto que veía que él solo no podría, también me preguntó si le podría ir a la “Caja de Ahorros” a sacar dinero, lo necesitaba para comprar los regalos… También si le podría acompañar a comprar los regalos. Me dijo que nos quería dar una sorpresa, pero que ya veía que no podría salir solo, porque no se encontraba muy bien… No se acordaba que hacia años que no podía salir solo a la calle… Ese día vino una amiga de mi madre a visitarnos y le trajo una caja de polvorones. Muy agradecido, quiso coger uno y se le cayó de entre los dedos, otro, y lo mismo, y así unos detrás de otro. Se asustó, y exclamó: “Pero, ¡¿Dios mío, que es lo que me pasa ahora?!”. Después de aquello se quiso acostar; ya estaba acabado. Pero al poco rato se quiso volver a levantar para terminar la lista de los regalos. Era muy triste la situación de mi hijo, se le estaba terminado el tiempo, se estaba muriendo y él, todavía con la ilusión de Navidad y de hacer los regalos… No se si en estos momentos tenia la conciencia de que ya estaba al final de su vida. Yo creo que no, porque siempre tuvo la convicción de que saldría de su situación o de aquella “enfermedad” que no sabía exactamente a que se debía, pero que estaba seguro que se le solucionaría de un momento a otro. La realidad, es que no lo sé… Mi hijo se hallaba sentado en la silla de rudas delante de la mesa del comedor para repasar la lista de los regalos y también para escribir las tarjetas de felicitación. No podía, pero él lo seguía intentando. Mi madre, ¡pobre mujer! llena de tristeza, viendo que su nieto se le iba para siempre, le dijo: “Nen, fill meu!”, - nene, hijo mío -, déjalo, descansa, ya lo terminarás otro día”, pero él, cariñoso como siempre, le dijo: “No yaya, porqué si no lo hago ahora, no tendremos tiempo de hacer nada. No entiendo como me he podido retrasar tanto este año!”. Pero se encontró repentinamente mucho peor de lo que estaba, se quiso levantar de la silla y sin darnos tiempo a cogerlo, se cayó al suelo. Le ayudamos a ponerlo en la cama, estaba asustado y lloroso…Arturo ya no se podría volver a levantar. Era su autentico final. Después de ese día, ya no habrían más falsas recuperaciones, ni más luchas titánicas, ni más esfuerzos, ni más esperanzas, ni más nada de nada. Aquel ser que parecía invencible, ¡pobre hijo mío!, al final, fue vencido, humillado y machacado. La muerte dejó de jugar con él la partida que tenía ganada desde el principio de todo: desde aquel madito día 3 de marzo de 1988, en que los malditos Guix y Rubio le aplicaron en la cabeza aquellos malditos rayos: los “curalotodo del futuro”. ¡¡Malditos!! |
Sus amigos vinieron a verle, los de siempre. Le trajeron una botella de champán, dos barras de turrón y unos bombones. Él, se alegró de verlos y les dijo con aquel tan suyo: “¡Hombre, tíos! ¡Qué alegría más grande me da el veros! ¡Gracias por haber venido!”, a la vez que se saludaban como suelen hacer los jóvenes tocándose con la palma de las manos. Después les pidió disculpas por no levantarse, les dijo que aquel día no se encontraba muy bien. Sus amigos habían venido a verle casi todos los días, pero él no se acordaba. Comió un bombón. Fue lo último que tomó. Cerró los ojos… Durante las horas que siguieron hasta su muerte, mi hijo debió de sentir miedo, terror, terribles sufrimientos… Mi hijo estaba destrozado por dentro y por fuera… Además, quería hablar y no podía. Quería moverse y tampoco podía, tuvimos que ayudarle a cambian de posición. Se fue quedando todo paralizado, aunque que por su gran desagracia, en aquella ocasión, que tanto lo hubiera necesitado, no inconsciente. Tenía los teléfonos privados de todos los médicos, los cuales me habían dado por si los necesitaba con urgencia, pero no los localizaba, ¡cómo eran días de fiesta!…Podía haberlo ingresado en el hospital, pero ya no quería que lo molestaran más, si tenia que morir que muriera en casa como siempre habíamos dicho. No quería que le hicieran padecer más con pinchazos y más pinchazos que tanto daño le causaban. No obstante, vino a verle una amiga mía que a su vez vino con una amiga suya que era médico. Sólo verle, me dijo que Arturo se estaba muriendo!… Yo, no paraba de llamar a los médicos pero no los encontraba… La amiga doctora de mi amiga, se ofreció para llevarlo al Hospital Clínico, lugar donde ella trabajaba. Se lo agradecí, pero dije que esperaba a sus médicos. Siempre los había tenido a mano, pero aquel día!… Siempre me ha quedado la terrible duda de, si hice lo mejor para mi hijo. Los médicos me han dicho que sí, pero yo no lo sé… .....La noche del 26 al 27 de diciembre de 1993, mi hijo vivió las últimas horas de su vida. Estaba paralizado, y para mí, como dormido, pero cuando parecía que se iba quedando dormido del todo - o muerto, no sé -, de golpe, su corazón empezó a latir tan fuertemente que parecía que se le iba a saltan del pecho con unos latidos que retumbaban en el silencio de la habitación. Eran tan fuertes los latidos que hasta su cabeza hacia un gesto a cada latido. Y, yo intentado localizar a los médicos desesperadamente. El día 27 de enero, día siguiente de San Esteva, festividad en Cataluña, todavía la gente estaba de vacaciones. Como ya he dicho, podía haberlo ingresado en el hospital, pero, ¿cómo iba a trasladarlo si ya se estaba muriendo?... No sabía que hacer, mi hijo se moría pero su corazón tan fuete como había sido, se resistía a dejar de latir… Yo, únicamente repetía, 217 |
yendo de un lado a otro de la habitación e intentando localizar a los médicos: “¡Hijos de puta! ¡Hijos de puta! ¡Os mataré! ¡Os mataré!”. ¡Había llegado aquella hora tan temida! Sobre las ocho de la mañana, su corazón, de forma rápida, empezó a latir muy débilmente, apenas se oían los latidos, antes tan fuertes. Mi madre, ¡pobre mujer! que siempre había mantenido la ilusión de que su querido nieto no moriría, al ver que se iba para siempre, se quedó blanca y temblorosa, le cogió como un desmayo que si no la hubiera cogido a tiempo se hubiera caído al suelo. Ella que siempre me decía: “Ya verás como el “nen” no morirá, es fuerte. Los médicos están equivocados. Él, no morirá”… ¡Pobre madre mía! De todas formas, aquella noche viendo a mi hijo tan desecho y acabado, le rogué a Dios, que si era verdad que existía y no podía hacer nada para salvarle la vida, que se lo llevara, que lo sacara de aquel infierno, que mi hijo era una buena persona y no se merecía lo que le estaba pasando. Que lo dejara descansar en paz. Le rogué: “¡Si es cierto que existes, atiendo mi ruego, te lo pido por favor!” Y, Dios me escuchó! Como que mi hijo había estado toda la noche sin beber nada, yo, de forma absurda y como una autómata, sin saber porqué, porque si me parecía que ya estaba más en el otro mundo que en este, levantándole un poco la cabeza, le acerqué un vaso de agua a sus labios. Le dije, con el convencimiento de que no me oiría: “Hijo, has estado toda la noche sin tomar nada. Intenta beber un poco de agua”. Al oír mi voz, abrió los ojos desmesuradamente, intentó beber sin quitarme la vista de encima, aunque no se si me podía ver, y así, con una mirada llena de sorpresa, de terror, de interrogantes, quedó muerto con su cara recostada en mi mano. Una mirada que parecía seguir preguntando aquel tantas veces repetido y nunca respondido: “¿Por qué, madre? ¿Por qué?”. Una mirada que tengo gravada en el corazón, como si estuviera hecha con un hierro candente. .....Saben, aquellas mujeres, y me refiero a las juezas que han intervenido en los juicios y han dictado sentencias favorables a los médicos que mataron a mi hijo, tienen la desfachatez y el cinismo de empezar sus sentencias, diciendo que, “es comprensible el dolor de una madre por la muerte de un hijo”. Pregunto, ¿que pueden saber ellas lo que se siente ante la muerte de un hijo, y además, en unas condiciones como en las que murió mi hijo? ¿Qué pueden sabe ellas? Porque no pueden pagar inocentes por culpables, pero sí, ellas tendrían que pasar por la misma experiencia dolorosa, terrorífica que sus protegidos hicieron pasar a mi hijo y a su 218 |
familia, y entonces veríamos si las sentencias serian las misma. Toda una burla cruel y sin conciencia la de estas mujeres juezas. Mi pobre madre, quedó destrozada; tan mayor como era ¡pobre mujer! Pero reaccionó como pudo y llena de entereza disimuló el gran dolor que sentía por mí. Sólo me preguntó: “¿Qué ya avisarás a los médicos y a la familia?”. Le dije que todavía no! Que estaríamos un ratito a solas con Arturo. Mi madre me lo agradeció. Eras las ocho y media de la mañana o más, no lo recuerdo con exactitud. Mi madre llenó de besos el rostro y las manos de su querido nieto. ¡Me daba tanta pena mi querida madre!… Yo me senté en la cama al lado de mi hijo. Lo contemplaba, y me daba tanta pena también, ¡tanta! Ahora si que descansaba, pero que crueldad tan grande, después de tanta lucha, de tantos esfuerzos, de soportar tantos sufrimientos y de no haber perdido nunca la esperanza… terminar así, muerto!… ¡Que sentimientos más extraños se despiertan!... ¡Tan contradictorios!... Ruegas a Dios para que se lleve a tu hijo, para que lo saque de aquel infierno y pueda descansar de tanto sufrimiento, y después, cuando Dios atiende tu suplica, te desesperar y te maldices por habérselo pedido. A pesar de mi desesperación, yo que soy de lágrima fácil, que nunca he podido contener el llanto cuando he sentido pena, ahora que tenía que haber explotado a llorar, ahora no lloraba…Esto parece ser que les pase a muchas personas, pero esto es una cosa muy mala, porqué este llanto que tenia que haber explotado al exterior, queda aprisionado y no podrás quitártelo nunca mientras vivas. Lo llevaras dentro, aprisionándote y ahogándote, y te hará revivir, un día y otro día, el momento de la muerte de tu ser querido, en este caso, del hijo tan amado. Después podrás llorar todo lo que quieres, y quizás el llanto te descargue de tanto dolor como sientes, pero aquel llanto que tenias que haber dejado escapar el día de su muerte, seguirá ahí, acompañando al puñal que se llevará clavado en el corazón por siempre. Es extraña la medida del tiempo .....Mientras contemplaba a mi querido hijo muerto, me vino el recuerdo de su primer día de escuela. No había cumplido los dos años. En aquella escuela - que no era una guardería -, no lo admitían precisamente, porqué 219 |
no había cumplido los dos años, pero lo vieron tan espabilado y tan decidido a querer ir al colegio, que les hizo mucha gracia y como caso especial lo admitieron. ..... .....Por la calle, yendo camino del colegio tan decidido, tan pulido, con su carterita, en la que no faltaba su libreta ni sus lápices de colores, llamaba la atención. Me decía cogiéndome de la mano: “Anyem, anyen, no tanquin la porta aquella gent i no poguem entrar!” (“¡Vamos, vamos, no nos cierren la puerta aquella gente y no podamos entrar!”) .....Iba todo contento por el camino, pero cuando llegamos y vio que lo iba a dejar, empezó a hacer “pucheros”, y empezó el drama. ¡Era tan pequeño!... La señorita, con mucho cariño se lo llevó para adentro de la clase, pero ya me pareció que la cosa no iría bien, pero como de la escuela no me dijeron nada, pensé que quizás estaba equivocada. Esperaba con impaciencia la hora de ir a buscarlo. Cuando me vio, entonces si que fue un dramón, lo que extrañó mucho a la señorita que me dijo que se había portado muy bien. Otras madres decían: “¡Oh, pobrecito! ¿Qué le pasa?”. Pero también les hizo mucha gracia la forma en que me cogió de la mano para llevarme deprisa a la puerta de salida, diciéndome “Anyem, anyem a casa. Aquesta gent només fa tonteries No m’agrada gens”. (“Vamos para casa porque esta gente sólo hace tonterías. No me gusta nada”).La verdad, es que ni a su padre ni a sus abuelas les hacía gracia que fuera al colegio tan pequeño, pero él quería ir. .....Arturo era un niño muy divertido y musical, tanto, que hasta cuando lloraba le ponía letra al llanto, primero, las a, e, i, o, u. Después, letras que él se inventaba. Era muy divertido Arturo. Lo recordaba tan pequeñito cantando y bailando aquel, “yo soy un chico yeyé”… ¡Pobre hijo mío!… .....Recordaba los días que estuvimos en Ampurias de vacaciones. Cada día, cuando iba a la playa, todos los del lugar y turistas, le miraban por lo gracioso que era. Tan cargado con todos sus bártulos de playa: el flotador, el cubo, la pala…, era como un enanito, todo hacia más bulto que él. Pero lo que más llamaba la atención, era que había una perrita perdida a la que él cada día le llevaba comida. Mi cuñado tenia un restaurante y tanto a la hora de comer como de cenar, recogíamos la comida, la más selecta, no 220 |
cualquier cosa, él estaba muy al tanto de que no le diéramos nada que le pudiera hacer daño, y se lo llevábamos. La perrita no se movía de la puerta de nuestro apartamento y cada día, cuando mi hijo iba a playa, le decía a la perrita: “Buenos días, “perla azucarada”. ¿Quieres venir a la playa conmigo?”. Y la perrita le seguía. Eso de “perla azucarada” se lo decía una prima a él, y él lo decía a todo aquel al que le quería decir una cosa cariñosa. La gente del pueblo y los turistas, se quedaban contemplándolo y complacidos me decían: “Que niño tan bueno tiene usted”. Después fue un drama tener que dejar a la perrita, pero se hicieron cargo otros vecinos del pueblo y se quedó tranquilo. ¿Y cuando fue a aprender a nada? Una parte de la piscina era a medida de los más pequeños, y él, con sus pies tocando al suelo de la piscina con los brazos extendido haciendo ver que nadaba y con aquello ojitos tan vivos, miraba a un lado y al otro para ver que no lo descubrieran. Las madres decían: “¡Mirad aquel pequeñajo que gracioso es!”. Y, el profesor: “Arturo, levanta los pies del suelo”, y él: “No puc! No puc, que m’ofegaré!”. (“¡No puedo, no puedo, que me ahogaré!”). Después fue un buen nadador… Hacia reír cuando hablaba medio catalán y medio castellano. Cuando íbamos con su padre en el coche, y él creía que tenia otro coche demasiado cerca, le decía: “¡Corre papa, corre que lo tiene a la “buera”! (Que lo tienes cerca, en catalán, a la “bora”). O, cuando íbamos a casa de la familia de mi marido a Aragón, todo y subiendo las escaleras que iban a los dormitorios, cogiéndose escalón a escalón, le iba diciendo a su prima que ya estaba arriba: “¡Carmen, ya pujooo! ¡Carmen, ya pujooo!”. Y cuando ya había llegado arriba, después del gran esfuerzo y con un gran suspiro, decía: “¡Carmen, ya he pujao!”. Nosotros íbamos tras él, porque eran escalones altos propios de las casa de pueblo y se podía caer, pero él no quería, él quería hacerlo todo solo. |
Fui recordando las fiestas en casa con sus amiguitos… Después, cuando ya más mayorcito, las fiestas con el conjunto que había formado con compañeros de la escuela. Él, era el pianista y el organista. Me vino a la memoria, también, el día del debut del conjunto musical. Fue en un Festival de la Cruz Roja, en unos de los pabellones del Paseo de Montjuich. Había un gran teatro. Un capitán de la Cruz Roja, amigo de la familia, le propuso a Arturo tocar en el festival, y él lo propuso a sus compañeros del conjunto. Aceptaron todos encantados. El teatro estaba lleno a rebosar, con muchas personalidades, tuvieron mucho éxito, muchos aplausos. Después, Arturo acompañó al órgano, como música de fondo, al capitán que recitó unas poesías muy bonitas. Fue todo muy bonito. También, desde el escenario, le hicieron una entrevista a Arturo como cabeza de grupo; salió muy bien parado. Fue un día muy feliz!… La música formaba tanto parte de la naturaleza de mi hijo, que cuando todavía iba con el “andador” - aunque empezó a andar antes del año, se le ayudaba con el andador, porque iba tan deprisa que se daba golpes contra los muebles, se caía… -, si oía, por ejemplo, por la televisión alguna música que le llamaba la atención, ya estuviera en la cocina conmigo, ya en su habitación o en cualquier otra parte de la casa, cogía el “andador”, lo levantaba como si fuera un “meriñaque”, e iba corriendo a plantarse delante del televisor a escuchar la música. Eso, sí: tenía que ser música clásica para que corriera, y una de las que más le gustaba era “El lago de los cisnes”. Cómo a veces sólo se trataba de un anuncio publicitario, cuando llegaba, ya había terminado, y haciendo un gesto, como diciendo, “ja he fet tard!” (¡ya he llegado tarde!), volvía a levantar el “andador” como un “meriñaque”, y volvía a sus “quehaceres”. Era muy divertido Arturito, como le llamaban cuando era tan pequeño. El día de Reyes, por ejemplo, le dejábamos lo juguetes en diferentes lugares de la casa. Cada vez que encontraba un juguete, hacia un grito de la emoción acompañado de unos movimientos como de baile rápido que nos hacía reír mucho… ¡Todo le hacía tanta ilusión!... Fueron pasando por mi cabeza los recuerdos de cuando se fue haciendo mayor, todas sus ilusiones, sus proyectos, los viajes que habíamos disfrutado todos juntos… Después, la gran desgracia de la muerte de su padre, y la gran desgracia de encontrar por el camino aquel par de bestias sin alma que expoliaron su vida de forma miserable y cruel… Alguna vez, había tenido la esperanza, como tenía mi madre, de que mi hijo, quizás no moriría, que la radiación se detendría…, sobre todo, en aquellos momentos en los que digo que, “mi hijo, era el Arturo de
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siempre”. Y, es qué, tenía conversaciones con él, que me hacían coger esta ilusión. Por ejemplo: En uno de aquellos días en los que se encontraba un poco más “fuerte”, y me pedía para salir a la calle a dar un paseo: Ese día, que estaba “muy claro de mente”, me preguntó, entre otras cosas, cómo iban los negocios, si todo iba bien, si yo podía con todo. Comentamos cosas de los negocios, le expliqué las novedades… Me preguntó por la tienda en la que él “trabajaba”, y si todo iba bien. Le dije que muy bien. (La tienda me la vendí poco después de que se manifestara la radiación y me informaran de que mi hijo no tenía solución.). Si alguien nos estuviera escuchando y no supiera nada de mi hijo, nunca hubiera podido imaginar la situación en la que se encontraba. Siguiendo con la conversación, ese día, mi hijo me dijo: “¡No sabes madre, cuantas ganas tengo de ponerme bien para poderte ayudar! No creas que no me haces padecer, ¡con tanto trabajo como tienes y yo tan inútil!”… Le decía que no se preocupara, porque él sabía que yo tenía toda la ayuda que necesitaba. Pero, insistía en que tenía que ayudarme. Lo decía tan triste y tan preocupado a la vez! ¡Era el Arturo de siempre! Pero…, de golpe y porrazo, cambió, y me dijo muy convencido y contento: “¿Sabes, madre, a quien encontré ayer por la calle? Encontré a Ramón. Me dio una gran alegría encontrarle. Nos sentamos a tomar un café en el “Paris”. Las cosas le van muy bien. La verdad es que me dio una gran alegría volverlo a ver!”. ¡Qué pena tan grande me dio mi hijo! Él, no pudo ver a Ramón, porqué aparte de que Arturo no podías salir solo a la calle, Ramón vivía fuera de Barcelona. Ramón era un amigo de la infancia. Habían ido a la escuela juntos, y también había estudiado música con Arturo, pero se inclinó por la Biología. Había ganando una beca y residía fuera de Barcelona. Se veían cuando Ramón venia a Barcelona y venia a casa a verle y a saludarnos. Pero mi hijo se creía que lo había encontrado por la calle el día anterior. El “Paris” era, o es, todavía existe, la cafetería donde a veces se reunía con los amigos estando él, “bien con su neurosis”. Cuando le preguntaba a su psiquiatra, porqué le pasaban aquellas cosas a mi hijo, me explicaba, que “el cerebro, a su manera, intentaba llenar los huecos que le había dejado la radiación con fantasías, que para él eran reales”. Al final, todo volvía a ser igual que antes… La poca esperanza que pudiera coger en algún momento determinado, acababa desvaneciéndose… 223 |
La rosa y el libro: Le recuerdo ese día, que no quiso coger la silla de ruedas, como cogido de mi brazo por un lado y con el otro apoyándose con el bastón, que íbamos tan despacio que creía que no íbamos a llegar nunca, pero a él le hacia ilusión comprarnos las rosas y pasear. Me dijo, que el libro ya me lo compraría otro día, porque “hoy no se encontraba muy fuerte y como que también tenía que comprar los libros para su amigos, así los compraría todos juntos”. Todo y así, quiso entrar en una pastelería para comprar “el pastís” del día de Sant Jordi. Así fue, mi hijo, hasta el final de su vida. Algunas noches, en las que nunca pudo conciliar el sueño ni una sólo noche entera por todos los dolores que sentía, me preguntaba: “Madre, ¿tienes ganas de hablar un poco conmigo?”. Le decía que sí, y entonces me explicaba las cosas que haría cuando estuviera bien… Siempre, con sus ilusiones!... Me decía lo mucho que nos agradecía todo los que hacíamos por él, “porque…, madre, ¡si supierais cuánto sufro!... Si no fuera por vosotros no lo podría resistir!”… Pero seguía diciendo, “que estaba seguro de que pronto se pondría bien”. Lo miraba y le veía tan acabado!… ¡Tanto!... Qué duro era oírlo sabiendo yo lo que se le esperaba! Nadie que no haya vivido esta terrible experiencia la puede llegar a imaginar. Y, los médicos malditos y los jueces malditos como ellos, ‘todavía quieren tener razón! .......Le recordaba, mirándose al espejo todos aquellos grandes esguinces que le bajan desde debajo del brazo - de las axilas -, hasta las costillas, el vientre, le bajaban por las piernas hasta la curvatura de las rodillas…, preguntándome: “Madre, ¿tú crees que esto tiene arreglo?”. Yo le decía que sí, que cuando estuviera bien del todo, le harían un tratamiento especial que le solucionaría aquel problema. Me decía que ojalá tuviera razón, “porque aquello era de un efecto!...”. Arturo, que nunca había tenido el más pequeño granito, ni el más mínimo problema de piel, ni en la pubertad en la que muchos jóvenes tienen el clásico acne. Tuvo siempre una piel muy limpia, y no se vaya a creer que se la cuidaba, la única crema que se ponía
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era la solar para no quemarse cuando iba a esquiar como todos. Ya nació siendo un niño muy pulido. También me pasó por el recuerdo, una de aquellas salidas en las que todavía no habíamos llegado a los episodios de las caídas incontroladas, en la que se obstinó en quererme enseñar un “bar” que él recordaba había estado antes, pero que ahora no se acordaba como se llamaba ni en donde se encontraba. Era difícil localizarlo. Y, entonces volvía a surgir la pregunta de siempre. “No entiendo lo que me pasa. ¿No quieres decir, madre, que tú y los médicos no me estaréis engañando? Porqué yo no entiendo esto que me pasa”. Me resultaba difícil darle una explicación que le pudiera resultar un poco coherente: creo que nunca lo conseguí… Al final, se pudo situar y encontramos el bar. El bar se llamaba, “Bar la Fira”. Era un “Bar” muy especial. No sé si todavía existe. En realidad, era un “Bar Museo”, y era muy especial, porque todo su mobiliario, las mesitas, asientos, barra de bar…, todo había sido de la “Sala Apolo” del “Antiguo Paralelo”, barrio muy típico de Barcelona, y muchos años atrás muy concurrido durante el día por familias con sus hijos. La “Sala Apolo”, era un espacio de atracciones en donde los niños disfrutaban mucho, yo de jovencita también había ido con amigos a disfrutar de estas atracciones. Creo que actualmente se quiere recuperar este barrio como un barrio familiar como era antiguamente, independientemente de los teatros de revistas, “el Molino”, etc… ¡Todo muy típico! En este “Bar”, también se exponían unas marionetas y autómatas pertenecientes a la “Sala Apolo”. Tanto las marionetas como los autómatas eran piezas antiquísimas, y la gente iba expresamente a contemplarlos. Arturo y yo, nos sentamos a tomar un refresco en un ambiente muy agradable. Siempre que mi hijo se empeñaba en mostrarme algo, “ese algo era muy especial”. Mi hijo nunca había perdido el interés por contemplar las cosas dignas de admirar. Seguramente, cuando él estaba bien - con su neurosis -, me invitaría a verlo, y yo le diría, “en otra ocasión, porque hoy tengo trabajo”. Solía ocurrir. .......Y, una de las cosas que también tengo clavadas en el corazón, es la de no haberle aceptado lo que hubiera sido el último regalo de su vida. Un día, estando tan acabado como estaba, como tantas otras veces, me pidió para ir a dar un paseo. Cerca de nuestra casa había una tienda de antigüedades. Nos paramos. Había expuesta una marioneta de porcelana muy bonita. Yo,
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dije en voz alta: “¡que bonita es!” Él me dijo: “entremos, mamá, que quiero ver una cosa”. Como le vi la intención, le dije que ya sabia lo que quería hacer - porqué esto me lo había hecho otras veces -, y que no iba a permitir que se gastara tanto dinero con aquella muñeca. Como estaba tan mal que no podía soltarse de mi brazo, se lo impedí. Le hice sentir muy, mal, casi se pone a llorar. Le hice sentir inútil, tan poca cosa!… Después, me maldije. ¡Pobrecito!, sólo quería demostrarme una vez más, su agradecimiento. Cuántos hechos y recuerdos me pasaban por la mente! Le recordaba en una de aquellas interminables ingresos en el hospital, como un día, con los ojos cerrados, estando semiconsciente, con los brazos extendidos, con las manos iba haciendo movimientos como si dirigiera una orquesta… ¡Era trágico! Seguía recordando cosas: Nuestros paseos por las Ramblas de las Flores, aquellos chocolates que nos tomábamos en el “Café de las Ópera”, delante del teatro del “Liceo”. Aquel “Café”, nos traía muy buenos recuerdos… .......Y, ¿el día que fuimos a pasar un fin de semana en casa de unos amigos que tenían un chalet muy bonito, con un gran jardín, con pinos centenarios, en Sant Pol de Mar? Todavía no entiendo como mi hijo lo pudo resistir si ya estaba en las últimas… La fuerza de voluntad que tenía impresionaba, las ganas que tenía de disfrutar de todo lo que podía, también…Y, despreciar las invitaciones que él agradecía tanto, por poco que pudiera, ¡nunca!… Algo que agradecía sobremanera, pero que últimamente le hacia padecer, porque decía que llevaba tiempo sin poder corresponder a tantas atenciones como recibía. Yo, lo de siempre, la mentira de decirle, “bueno,
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cuando estés bien del todo ya les compensarás aunque ya sabes que no lo hacen para que tú tengas que estar pendiente de devolverles nada”. “Ya lo sé madre, pero en esta vida hay que ser agradecido con las personas que en momentos difíciles se acuerdan de ti”. Así era Arturo… Y, me vino a la cabeza, ¿como no? la capacidad que tenía de emocionarse escuchando algún disco de ópera que me pedía que le pusiera. A veces lo escuchaba desde la cama, otras, sentado en una butaca en su habitación en la que tenía su buen equipo de música, otras, en el salón donde también teníamos otro buen equipo de música. En casa, toda la familia, éramos muy aficionados a la música… ¡Aquella “Madama Butterflay”, “La Bohéme” - una de sus preferidas -, “Tosca”, “Andrea Chénier”, “Paglihachi”, “Aída”, y tantas y tantas, todas tan bonitas!… Escuchando toda aquella música, mi hijo siempre me decía: “¡Oh, mamá! ¡Qué bonito es todo esto! ¿Qué gran inspiración tenían todos aquellos compositores!”... .......Entre las piezas de otro registro u otro género, escuchábamos a menudo las de nuestros cantautores, Joan Manuel Serra, como no! si mi hijo se sabia todas sus canciones, al igual que las de Luis Llach, aunque ahora apenas las recordaba, cuando las escuchaba se emocionaba. Una de las que más nos emocionada, era aquella composición monumental de Luis Llach, “Campanades a morts” (“Campanadas a muertos”). Siempre que la escuchábamos, los ojos nos “centelleaban”, a punto de saltar las lágrimas,
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sobre todo, en aquel pasaje que dice, y cómo lo dice su autor: “Assassins de raons i de vides, que mai tingeu repòs al llarg dels vostres dies i que en la mort us persegueixin les nostres momòries”. (“Asesinos de razones y de vidas que nunca tengáis reposo a lo largo de vuestros días y en la muerte os persigan nuestras memorias”). De este pasaje, aunque se que mi hijo, con su bondad, no quisiera, yo me he quedado con aquello que dice: “Y, que en la muerte os persigan nuestras memorias”. Es a lo que te obligan cuando sólo encuentras injusticia. No quiero dejar de decir, que entre estos recuerdos está muy presente la canción de Nino Bravo, “Al partir un beso y una flor”. Una canción que habíamos cantado muchas veces juntos. Aquel: “Al partir un beso y una flor un te quiero una caricia y un adiós”… Ahora pienso que, quizás, podía ser una despedida real de mi hijo, y yo no me daba cuenta!… No sé: pienso tantas cosa!… Para terminar con estos recuerdos que siempre viven en mí, contaré un hecho muy penoso también: el de la novia de mi hijo. Arturo quería mucho a su novia, como ella a él, pero Arturo quiso romper, porque decía que las personas que tienen problemas como el suyo hacen padecer a las personas que están a su lado y él no quería eso para la que fuera a ser su esposa. Quería que su esposa fuera plenamente feliz. Y, aunque yo le decía que no era del todo cierto, que lo que importaba era que se quisieran y ayudarse en los momentos difíciles que se pudieran presentar - además los dos tenían muy buen carácter, eran los dos unos románticos -, él insistía en que primero tenía que solucionar su problema. .......La noche de la “última cena con mi hijo, estando él aparentemente bien, en la que hablamos de tantas cosas”, él me dijo: “Ahora que tengo el problema resuelto, voy a intentar recuperar a mi novia, y si ella quiere podremos empezar de nuevo”. Ellos se querían. Pero no le dieron tiempo, porque al día siguiente de esta cena, como se recordará, fue cuando hizo su aparición la radionecrosis que le llevó a la demencia y a la tumba. Ella le escribió como un último intento de volver. La carta se quedó sin abrir entre otras muchas que él quería contestar pero que no pudo, y ella creyendo que mi hijo ya no quería saber nada, se marchó al extranjero. Su novia, una buenísima muchacha, se quedó con la pena de creer que mi hijo la había dejado de querer. Después, cuando se enteró a través de sus padres a los que les comuniqué que Arturo había muerto y el porqué había muerto, me escribió una carta tan sentida y tan llena de cariño tanto hacia mi hijo como hacia mí, que no me canso de leerla y la tengo guardada entre mis
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recuerdos más preciados. También los libros que le regaló con dedicatorias tan bonitas sobre la amistad, el amor, la naturaleza… Era una muchacha encantadora! Bien: Ahora si que tenía que dejar de pensar, ya no podía demorar por más tiempo lo que tanto me costaba hacer: Dejar a mi hijo y empezar a llamar a los médicos, a la familia, a los amigos, y…, a mi abogado. Mi madre, ¡pobre mujer!, seguía besando el rostro y las manos de su querido nieto. ¡Qué cuadro más triste y doloroso! Le di un beso en la frente de mi hijo que parecía que dormía, y me dispuse a hacer lo que debía y que me pesaba como una losa: enfrentarme a la realidad de la muerte de mi hijo! Una vez, en el Hospital del Mar, entre los médicos comentaron: “Cuando esto termine - naturalmente refiriéndose a cuando Arturo falleciera -, Isabel ya no se levantará más”. Yo, que les oí, les dije: “Me levantaré porque tengo que terminar con los malditos que le han hecho esto a mi hijo”. Pero, ahora que había llegado el momento, que duro y difícil me resultaba!… A nosotros, las víctimas, en este caso indirectas pero victimas al fin y al cabo de negligencias médicas, o de actuaciones criminales médicas, como es en el caso de mi hijo, no nos dejan descansar ni un sólo instante en paz, no nos dejan llorar el dolor en silencio, a solas, porque, así, con el puñal clavado en el corazón, hemos de empezar otra lucha que sin imaginártelo se te presentará larga, dura, llena de injusticias, de burla y provocación. Y esto lo tienes que hacer ya, porqué si no, la injusticia te podría prescribir. (¿…?) Empecé a llamar, primero de todo al hospital para que avisaran al doctor Oliveras, a la familia, vecinos que tanto apreciaban a mi hijo y que ya estaban pendientes. (Cuando venimos a vivir a esta casa, Arturo era muy jovencito). Y…, a mi abogado. Tenían que hacerle la “autopsia” a mi hijo”. Un hecho muy doloroso, pero necesario. .......Mi pobre madre, cuando oyó la palabra “autopsia”, se horrorizó, pero la pude convencer diciéndole que era necesario para que los que le habían matado pagaran por su crimen. Todo y así, me preguntó: “¿Pero tú crees que es necesario?”. Le contesté que sí! Ya que mi madre estaba temblando, intenté tranquilizarla. Mi madre era creyente y le dije que Arturo ya no
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estaba con nosotros, que estaba en un lugar donde sólo había paz y bienestar!… No sé si conseguí calmarla!… Odié con todas mis fuerzas a aquellos mal nacidos de Guix y Rubio, y no solamente por haber matado a mi hijo, sino por hacer padecer tanto a mi madre, “¡tanto! que le costó la vida”. Mi madre era una muy buena mujer, positiva, alegre que hubiera podido tener una vida feliz hasta el final de sus días, “ellos” consiguieron que estuvieran llenos de dolor y de amargura. Y les odié, porqué el cuerpo de mi hijo tuviera que pasar por una fría mesa de mármol en un centro de autopsias… ¡Les odié y les odio a muerte! Una vez avisada a la familia y amigos, la casa se llenó de gente rápidamente. El doctor Oliveras, vino lo más pronto que pudo para certificar su muerte. Me dijo, que el último día que le visitó ya lo vio muy mal, pero como hacia aquellas “recuperaciones”!… De todas formas, el doctor Oliveras, lleno de tristeza, me dijo: “Señora Navarra, tómeselo por el lado bueno. ¡Pobrecito! ha terminado de sufrir”. Si: había terminado de sufrir: ¡había muerto!... Entretanto esperaba el abogado para ir al juzgado a pedir que le hicieran la autopsia a mi hijo, estuve atendiendo a la gente, pero sobre todo estuve con mi hijo. Mi madre ni un solo instante se separó de él. A media tarde vino mi abogado a buscarme, Cuando pedimos al juzgado para que realizaran la autopsia a mi hijo, se quedaron sorprendidos, porque como había muerto en casa!… Lógicamente, les tuvimos que explicar el motivo, se quedaron como todo el mundo. Les costó creer lo que les contábamos. Nos dijeron que sobre las ocho del atardecer vendrían a recoger su cuerpo. Y así fue. Momentos terribles. Muy, muy duros… Desde que volvimos del juzgado hasta que vinieron a recoger su cuerpo, no me separé de él, estuve acariciándole, basándole, parecía que dormía, que respiraba, que de un momento a otro se iba a despertar… No podía creer que estuviera muerto. Pensaba: si su padre pudiera ver lo que nos está pasando, que amargura más grande sentiría! Aunque si su padre no hubiera muerto, nunca hubiera caído en las manos de los malditos que le mataron, de los malditos y asesinos Guix y Rubio. .......Al día siguiente de haberse llevado su cuerpo, me avisaron de que estaba en el “Tanatorio de Collserola”. La sala donde estaba mi hijo, estaba llena de flores, es decir, no cabían, tuvieron que habilitar otra sala. Había mucha gente, todos sus amigos… Al día siguiente su cuerpo fue incinerado, 230 |
y al otro, fui a buscar sus cenizas. Me acompañó mi hermano. Tuve la necesidad de dar una vuelta por la Sierra de Collserola. Recordé lo mucho que a mi hijo le gustaba la Naturaleza!… El doctor Ros que se encontraba fuera de Barcelona con su familia - mujer e hijas -, vino expresamente para estar con nosotros en estos duros momentos. ¡Un buen amigo! Pasaban los días, venia mucha gente a estar con nosotras para reconfortarnos. Mi madre tenía muchas, muchas amistades, era muy querida mi madre, ¡pobre mujer!, que sacaba fuerzas de donde podía para disimular su gran pena por mí. Mi madre, que como ya he contado era muy creyente, cuando murió mi hijo, quitó todos los santos y estampas que tenia en su tocador. Dios, la Virgen y los Santos, le habían fallado, pero después, volvió a ponerlos en su tocador. ¡Pobre mujer! ¡No sabia que hacer! Aunque, también, intentó mostrarse fuerte hasta el final de su vida por mí. Y, así, matando el tiempo, yo en medio de aquella soledad interior, iba mirando, repasando, todas sus pertenencias: recuerdos de sus viajes, regalos, tarjetas de felicitación de sus amigos, algunas muy divertidas… ¡Tantas cosas como tenía!: sus carpetas de estudios de fotografía, fotos, negativos, todo tan ordenado…, sus discos…, discos de opera, de jazz, de operetas, los clásicos, Mozart, Chopin, Litsz…, música moderna, los Beatles, Pink Floyd, Simon y Garfunkel, aquel “Europa” de Santana, y tantos otros que él interpretaba tan bien al piano y al órgano… En fin!… Muchas de sus pertenencias, como el tablero de ajedrez, con figuras muy bonitas, los esquís, y otras muchas, las regalé a sus amigos, algunas, cuando se casaron, sabía que lo agradecerían y las cuidarían con respeto. 231 |
Tuvimos que aprender a vivir sin mi hijo, algo muy duro y muy difícil, tan difícil que nunca se consiguió ni se consigue ni se conseguirá, pero.... Entretanto, esperábamos la autopsia que no llegaba: la tuve que reclamar. Y, entretanto, también, me decidí a llevar a cabo un trabajo muy difícil para mí, pero que consideré importante y necesaria: Empecé a escribir mi primer libro denunciando la muerte de mi hijo, titulado, “Arturo, mi querido hijo”. Pero, aquí, empezaría otro capítulo de éste mi nuevo libro. Aunque, todo lo que fue siguiendo después, contado en los capítulos siguientes, solamente fue dolor, injusticias, amenazas…, incluso investigación de mis “posibles bienes” por parte de los abogados de los médicos y DEXEUS, y…, la muerte de mi querida madre!… Se le desarrolló un cáncer fulminante. Los médicos me dijeron que, a las personas que son tan fuertes como era mi madre, cuando sufren un gran dolor en el alma, un gran disgusto como en este caso la muerte de su querido nieto, un hijo para ella, se les suele desarrollar un cáncer mortal. Como ya he escrito, ellos, los ¡malditos!, no solamente mataron a mi hijo, sino también mataron a mi querida madre. El vacío que deja la muerte de un ser querido, es muy difícil de soportar: la muerte del esposo…, padres…, hermanos…, pero si es la del hijo, nunca en la vida las podrás aceptar, por más esfuerzos que hagas, por más sustitutos que te inventes, por más que te empeñes en creer que podrás reencontrarlo en “la otra vida”. Y si encima esta muerte se produce de forma tan gratuita, injusta como puede ser una negligencia médica, por un “¡tanto se no da!” médico, como ha ocurrido con mi hijo, y encima no encuentras justicia por un “¡tanto se nos da!” judicial, la impotencia, el dolor y la rabia combina un cóctel explosivo que no se sabes cómo ni cuando puede explotar. Dicen que “perro ladrador, no muerde”. Y eso dicen que soy yo, un perro ladrador por mis “insultos” y “amenazas” que no se cumplen. Pero, el buen perro que ladra y no muerde, puede ser que un día deje de ladrar para morder, y la mordedura de este perro que durante años sólo ha recibido maltrato, injusticia, y palos duros por parte de quienes tenían el deber de protegerlo, los jueces, quizás no sea una mordedura tan suave, quizás… .......Nunca se puede pasar página por la muerte, por el asesinato de un hijo, y mucho menos cuando la justicia protege a los criminales y condena a las víctimas, que es lo que suele ocurrir en este mi querido, pero desgraciado
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país, y como me ha ocurrido a mí y a tantas personas como conozco. Quizás un día dejemos de ladrar… El Presidente del Gobierno Español, señor José Luis Rodríguez Zapatero, en uno de sus discursos dijo: “No permitiré que los jóvenes dejen sus esperanzas en la carretera”, refiriéndose a los jóvenes que mueren victimas de conductores irresponsables. Esto es de aplaudir, ¿cómo no? Pero es que ningún joven ni ninguna persona, joven o no, tiene que dejar sus esperanzas ni su vida gratuitamente en manos de agresores, pertenezcan al “estatus” que pertenezcan, y posean los títulos que posean. El señor José Luis Rodríguez Zapatero ha cumplido su promesa, se ha puesto manos a la obra y ha tomado medidas duras para los agresores en carretera: cárcel para los culpables y retirada de carné! Pregunto: ¿Por qué a unos sí y a otros no, y cuando para los otros, que somos nosotros, las leyes ya contemplan cárcel para los agresores? No sé, si el señor Rodríguez Zapatero, sabe que un título médico “no es un pasaporte” para poder cometer impunemente las mayores de las atrocidades, las mayores de las estafas, los mayores de los crímenes. Tenemos leyes que castigan a este tipo de agresores, y aunque deben ser revisadas y endurecidas, existen. Y, sin duda alguna deben de ser revisadas y extremadamente endurecidas sobre cualquier otra, porqué estos crímenes se cometes a través del “abuso de confianza”, hecho tan grave, que está tipificado en el “Código Penal”, como agravante del delito criminal. Quizás sería hora de que los Políticos se enteraran y, a su vez, lo recordaran a los Jueces, quienes están obligados a cumplir con las leyes que se aprueban en el Parlamento. No deben de olvidar nunca, que el “Derecho a la Vida” está protegido por ley, algo que se les olvida muy fácilmente cuando se trata de condenar las negligencias, o las actuaciones criminales médicas. A mi querido hijo y a tantos otros hijos como han sufrido la crueldad de ser víctimas de criminales sin escrúpulos, a los que les han negado su derecho al disfrute de la vida que les pertenecía por derecho, “sus esperanzas”, como dice el señor Rodríguez Zapatero, no les podemos devolver la vida. Ganar juicios o no, no nos va a devolver la paz, nuestros hijos seguirán ¡muertos! pero tenemos los mismos derechos que las demás víctimas y por ello reclamamos lo que por ley se les debe a nuestros queridos hijos muertos: ¡¡¡Justicia!!! ¡¡¡Justicia!!! |
Para proteger una actuación propia de los médicos de la Alemania NAZI, “quemar hasta la muerte el cerebro físicamente sano de mi hijo”, los JUECES, han llegado a los límites de la más extrema demencia judicial: A la protección descarada y sin ningún tipo de rubor del crimen puro y duro en su máxima expresión. Algún día tendrán que responder por este grave error! ¡Algún día!... ********** Para que nadie se crea que no sé reconocer el esfuerzo que tienen que hacer algunos jueces para cumplir correctamente con su trabajo, quiero dejar constancia de mi agradecimiento a los Magistrados de la Sala Quinta de la Audiencia Provincial de Barcelona en su momento, D. Modesto Ariñez Lázaro, Dña. Elena Guindunlain Oliveras y Dña. Nuria Zamora Pérez, quienes reabrieron la causa cuando en el primer recurso alegamos que “había indicios de criminalidad en la actuación de los doctores Benjamín Guix Melcior y Enrique Rubio García”, causa que había sido cerrada cautelarmente por el tercer Juez de Instrucción D. Juan Pablo Gonzalo Gonzálo. Habían pasado cinco años desde que se presentó la querella criminal. También mi agradecimiento a la cuarta Jueza de Instrucción, Dña. Montserrat Arroyo Romagosa, quien ordenó abrir la vista oral del juicio. Como se podrá leer en la “Acusación del Ministerio Fiscal”, los médicos Guix y Rubio fueron acusados de, “Imprudencia temeraria profesional con resultado de muerte”. Digo, esfuerzo, porque ante tanta protección como, de la que gozaban los acusados, Guix, Rubio y DEXEUS, sobre todo DEXEUS y Guix, reabrir una causa en estas condiciones tiene un gran valor. Protección que así se ha venido demostrando. Para llegar a juicio, todavía tendrían que pasar dos años más. Siete años en total de espera. Esta ya fue la primera injusticia judicial, después… .......Para llegar a juicio tuve que pasar por tres Jueces de Instrucción, el Recurso a la Audiencia y por la cuarta Jueza de Instrucción. El primer Juez de instrucción me pareció una buena persona. Cuando le dije que nos habían destrozado la vida, me dijo: “Ya lo creo señora, ya lo creo”. Incluso, cuando el abogado del doctor Rubio me preguntó si yo estaba delante cuando aplicaron la radiación a mi hijo, los dos a la vez preguntamos: “¿es que ustedes dejar estar delante a los familiares?”. No 234 |
sabemos exactamente el porqué, pero este juez al poco tiempo fue cambiado de lugar. El segundo Juez de Instrucción, dejo pasar el tiempo… El tercero, D. Juan Pablo Gonzalo Gonzálo, fue quien cerró la causa cautelarmente, “por falta de pruebas”, dijo. Hecho que indignó a los médicos tanto del Hospital del Mar como de los Centros en los que se habían realizado los TACS y resonancias magnéticas a mi hijo. Se preguntaron, que ¿cómo este Juez podía decir una cosa así, cuando “pruebas más claras como en el caso de Arturo Navarra, no había otras?”. La Audiencia reabrió la causa y la cuarta Jueza de Instrucción, la vista. Se celebró el juicio, pero las fiscales, dos, que durante las vistas – tres en total -, acusaron hasta el final con contundencia a los médicos Guix y Rubio de la muerte de mi hijo, diciendo tajantemente, que: “si no hubiera sido por la radiación que los acusados, los doctores Benjamín Guix Melcior y Enrique Rubio García aplicaron en el cerebro de Arturo Navarra Ferragut, Arturo estaría vivo y sería un muchacho feliz”, después no recurrieron a la sentencia absolutoria todo y que el Juez reconoce el daño mortal. ¿Qué pasó entre las fiscales y su jefe superior?... Es cierto que si no hubiera sido “tozuda”, como me dijo el Magistrado Vocal encargado de la Inspección de los Tribunales del Consejo General del Poder Judicial, en aquel entonces, señor Ramón Sáez (“No sea usted tozuda señora Ferragut y vaya por la vía civil que la tiene ganada”), en un principio hubiera ganado esta vía, pero el caso de mi hijo fue un asesinato y como tal debía ser juzgado y condenado. Lo que ha seguido después, ha sido el fruto de las migajas que me ha dejado la llamada justicia, pero que no pudiendo soportar que me querellara contra los jueces, han optado por condenarme. Así funciona nuestra llamada “Justicia” en nuestro querido país. Pero repito: Algún día los jueces que ha tapado este crimen de la manera más sucia y brutal, tendrán que responder por el grave error cometido! Quizás yo ya no lo vea; como muchos otros padres, he ido envejeciendo esperando justicia, y ochenta años son muchos años, pero… ¡Algún día los jueces, la Justicia, tendrán que responder! **********
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